La francesa, a su vez, tenía también la mente concentrada en Afonso, en las palabras que pronunciaba, en su manera ágil de razonar. Era la primera vez desde el noviazgo con Serge que mantenía una conversación tan interesante con alguien, un diálogo que la liberaba de aquellas cuatro paredes castradoras y, trasponiendo una maravillosa ventana imaginaria, la lanzaba intrépidamente en un viaje hecho de encantamiento y magia, un deslumbrante periplo por el inspirador mundo de las ideas, un universo rico, pleno de pensamientos audaces, de novedades palpitantes, de revelaciones sorprendentes. Se acordaba de haber tenido esa sensación cuando visitó la Exposición Universal de París o cuando su padre le enseñó los secretos del vino. También vivió las mismas emociones de descubrimiento al asistir a las clases de Medicina y en el momento en que conoció a Serge y su visión sublime del mundo de las artes. Ahora llegaba este capitán portugués a despertarle esos sentimientos, ese gusto por el conocimiento, por el análisis, y Agnès deseó ardientemente quedarse allí toda la noche descubriéndolo.
Tal vez presintiendo que una perturbadora química nacía entre el oficial y su mujer, el barón decidió poner un fin abrupto a la velada. Bebió de un trago todo el cognac y se levantó con vigor.
– Es tarde. Marcel va a acompañarlo a su habitación -dijo y, mirando hacia la puerta, elevó la voz-: ¡Marcel!
El mayordomo tardó unos instantes en aparecer.
– Acompaña al señor a sus aposentos -ordenó-. Señor capitán -dijo, despidiéndose de su invitado con una señal de la cabeza. Miró a su mujer-. Viens, Agnès.
La francesa se quedó un instante en la mecedora, como si vacilase. Se incorporó despacio, casi contrariada, y miró al capitán portugués.
– Bonne nuit, Alphonse -susurró con su voz tierna y serena-. À demain.
– M’dame! -exclamó Afonso, que se puso de pie de un salto e hizo una reverencia galante.
Marcel lo guio por los pasillos del palacete, indicándole el cabinet de toilette y sus aposentos. La habitación asignada era suntuosa, tan lujosa que, por momentos, el oficial se sintió uno de aquellos hombres del cuartel general que hacían la guerra cómodamente instalados en un palacete, uniformados con pijama y calzados con pantuflas. El ambiente era refinado. Molduras ovales decoraban las paredes con retratos pintados que ilustraban rostros y hechos de las sucesivas generaciones de Redier, la familia que había dado nombre al château. En el centro de la habitación se destacaba, imponente, una cama de estilo Luis XV, toda hecha en nogal, con la imagen de una concha esculpida en la madera de la cabecera.
El cuarto de baño era grande y frío. Sujeto a la pared había un lavabo art nouveau, con el soporte de hierro forjado hecho de curvas y arabescos, en una y otra dirección, además de un espejo redondo en el centro flanqueado por dos lámparas. Afonso las encendió. El lavabo tenía un grifo dorado de palanca, con el pico largo de níquel curvado hacia abajo. Lo abrió, sintió el líquido helado que le quemaba los dedos, se pasó agua fugazmente por la cara, como un gato, cogió el savon au miel que estaba en el hueco circular del lavabo y se frotó las palmas de las manos, sintió la fragancia del jabón y se lo pasó por el rostro, se frotó la cara con agua y se secó con la toalla. Miró de reojo la bañera Chariot instalada junto a la ventana, toda ella hecha de hierro fundido, el interior blanco, el exterior de rosa intenso, las patas doradas. Decidió darse un baño allí al día siguiente, ahora no, sentía la vejiga hinchada. Salió del cabinet de toilette y fue al cuartito adyacente donde se encontraba el retrete, la taza de porcelana estampada con un elegante grabado floral, un largo tubo de níquel sujeto a la pared conectaba la taza con la cisterna blanca de hierro fundido fijada junto al techo y sostenida por dos soportes dorados de girasol. Levantó el asiento de caoba, orinó y, al final, tiró de la cadena que caía de la cisterna y brotó el agua con fragor dentro de la taza.
El capitán regresó a la habitación sin que se le ocurriera lavarse de nuevo las manos, se sentía satisfecho con estos lujos; esto sí, esto sí que era vida, los demás rondando las letrinas y él allí complaciéndose en aquel palacete; la gente tumbada en pajares o revolcándose en el barro de las barracas rústicas y él con una habitación para su uso personal digna de reyes. Suspiró con alegría. «¡Ah, caramba! ¡Vaya vida!», murmuró. Tenía que aprovechar bien aquel momento. Se desnudó, deshizo la cama y se acostó, tiró de las mantas hasta taparse casi la cabeza. Se llenó los pulmones con el aroma fresco de las sábanas lavadas e inmaculadamente blancas, sintió el calor que circulaba por su cuerpo encogido, respiró con tranquilidad, cerró los ojos y se durmió en un instante, mientras resonaba el murmullo lejano de los cañones como olas que rompían, fustigando imaginarios peñascos de la costa, la furiosa tempestad se transformaba en una distante y amodorrada marea que lo mecía en su agitado sueño de soldado.
Una criada despertó por la mañana al oficial portugués y le llevó leche, café, tres tostadas, un poco de mantequilla y una mermelada, que devoró con avidez. Afiló la navaja y se afeitó con agua fría, se vistió y salió de la habitación. En medio del pasillo vio a Marcel transportando ropa de cama.
– M'sieur, oú est Joaquim?
– Pardon?
– Joaquim, le portugais. ¿Dónde está?
– Ah -comprendió Marcel-. Attendez, s'il vous plait.
El mayordomo dejó la ropa en una silla alta del pasillo, dio media vuelta y, acelerando el paso, desapareció por la escalinata. Afonso siguió en la misma dirección, bajó las escaleras y desembocó en el foyer. Agnès apareció en la puerta del salón y se apoyó en la jamba.
– Bonjour, Alphonse.
– Bonjour, m'dame.
– ¿Ha dormido bien?
– Magníficamente, merci -dijo, observándola con curiosidad. Era francamente una mujer hermosa, con sus ojos verdes aún más brillantes a la luz del día. Por la noche parecía una gata, tentadora y misteriosa, pero ahora la veía como un ángel, en una actitud inmaculadamente divina y graciosa-. Et vous?
Agnès se encogió de hombros.
– Ça va.
Afonso apreció sus modales suaves y dulces, la belleza tranquila, la actitud cariñosa y levemente triste. La admiró y se sintió interesado en conocerla mejor. Pero una voz detrás de él, en portugués, desvió su atención.
– ¡Mi capitán!
Era Joaquim, haciendo el saludo militar.
– Ve a buscar el coche -ordenó el oficial.
– Está allí fuera, mi capitán.
Marcel abrió la puerta y Afonso se volvió hacia Agnès.
– M'dame, muchas gracias por su hospitalidad -agradeció, cogiendo la cartera y el billeting certifícate que llevaba guardado en el bolsillo-. Veamos, un oficial es un franco, y un soldado, veinte céntimos. Por tanto, entiendo que le debo un franco y veinte céntimos.
La baronesa avanzó un paso, ignorando las monedas que él le extendía pero cogiendo el billeting certifícate. Estudió el documento con curiosidad, era el certificado de alojamiento y estaba firmado por el maire y por el comandante del batallón, además de autenticado con el sello del CEP. Alzó los ojos del papel y miró al capitán.
– ¿Volverá esta noche?
– No, m'dame.
– ¿Y por qué?
– Parto hoy para las trincheras.
Agnès apretó los labios.
– ¿Va a estar allí mucho tiempo?
– Una semana, m'dame.