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– Todos a vigilar al enemigo -ordenó el sargento.

Un oficial apareció en ese instante en la línea. Era el teniente Cardoso, que estaba cumpliendo su turno de guardia en la línea del frente y llevaba la máscara en la mano.

– Sargento -llamó-. ¿Todo está bien?

– Sí, mi teniente -confirmó el sargento Rosa, que, nuevamente, se quitó la máscara.

– ¿Todos en sus puestos?

– Sí, mi teniente -repitió-. He llamado a los hombres del refugio y he colocado a una sección allí atrás, en la Vickers. Pero tal vez sea mejor hacer que vengan más hombres, ahora que el bombardeo se ha atenuado. Nunca se sabe qué es lo que va a hacer el enemigo.

– Vaya, yo me quedaré aquí -ordenó el teniente.

El sargento volvió a ponerse la máscara y regresó a la trinchera de comunicación, semidestruida. Se acercó a la segunda línea para convocar a más soldados que se encontraban en los refugios.

En la línea del frente, el teniente Cardoso se colocó la máscara y dispuso a los hombres a lo largo de la trinchera. Matías se instaló en la esquina más próxima a la trinchera de comunicación de Punn House, atento a lo que ocurría en la Tierra de Nadie. Enfrente había mucho humo, resultado de las múltiples granadas que fueron cayendo en el lugar, en particular junto al alambre de espinos de las líneas portuguesas. En algunos puntos, hasta la línea de alambre de espinos se había roto y el suelo se abría en cráteres excavados por las bombas de la última media hora.

Matías sintió que se empañaban los cristales de la máscara. Cogió los pliegues del respirador y limpió exteriormente los cristales sin quitarse la máscara. Respirar por la boca lo cansaba, pero no tenía remedio. De repente, vio un bulto asomar entre el humo, a la izquierda, y otro se insinuó al lado. Matias reconoció los contornos inconfundibles de los cascos pickelhaube. Apartó la boca de la válvula respiratoria.

– ¡Boches! -anunció con un susurro enérgico pero ahogado por el respirador; apuntó en la dirección en la que había identificado al enemigo.

Eran los primeros alemanes que veía de cuerpo entero al natural y en actitud de combate, sin tratarse de prisioneros o bultos huidizos que se escabullían de lejos en algún punto de las líneas enemigas. Le extrañó el característico casco gótico de cuero cocido, ya que habían sustituido el pickelhaube, el año anterior, por cascos más modernos de acero: seguramente aún no habían equipado a esa fuerza con ese nuevo modelo, no les interesaba, eran alemanes y punto. Los hombres volvieron las Lee-Enfield hacia la Tierra de Nadie, con el corazón sobresaltado. El teniente Cardoso llamó a Daniel, el Beato, con un gesto, señaló uno de los cohetes apoyados en la trinchera, haciéndole una señal para ordenarle que los lanzase. Sacó el revólver e indicó los bultos.

– ¡Fuego! -ordenó el teniente, con la voz también distorsionada por la máscara de lona.

Matias sintió que el fusil saltaba de sus brazos por el impacto del tiro, las detonaciones de su arma y de las de sus compañeros retumbaban ruidosamente en sus tímpanos y le alteraban los nervios. Los bultos se tiraron al suelo y una ametralladora enemiga abrió fuego sobre la posición de Punn House, lo que hizo saltar barro alrededor. Los portugueses se encogieron detrás del parapeto, con la respiración acelerada por el miedo y por la tensión de tener que colocar deprisa una nueva bala en el cargador. Los fusiles tenían un sistema de repetición y, por ello, debían recargarlos manualmente. Al mismo tiempo que sus camaradas, y en medio de una anárquica sinfonía de clics metálicos, Matias abrió deprisa la culata de la Lee-Enfield, tiró de ella, dejó que el muelle del cargador empujase la bala siguiente hacia el cañón, cerró la culata. Todos esperaron el paso de las balas de una nueva ráfaga disparada por la ametralladora enemiga, se incorporaron, lanzaron un tiro más sin blanco preciso hacia la posición donde estaban los alemanes y volvieron a agacharse para recargar los fusiles. Hacía frío, pero todos sudaban a chorros.

Con una pistola semiautomàtica en la mano, el teniente Cardoso no tenía que preocuparse por recargar el arma. Estaba ocupado en vigilar el movimiento enemigo y ansioso por verse libre de la claustrofóbica máscara antigás. Miró atentamente alrededor y concluyó que la nube tóxica ya se había alejado. Arrancó parcialmente el respirador, inhaló una pequeña bocanada de aire, con miedo, no ocurrió nada, comprobó que, de hecho, el aire era respirable y, más confiado, se quitó toda la máscara. Los hombres lo imitaron, aliviados por verse libres del incómodo dispositivo de respiración, y sintieron cómo la brisa fresca chocaba con el sudor y les helaba la piel.

– Cuidado con la ametralladora a la derecha -alertó el teniente, advirtiendo inútilmente sobre la actividad del arma enemiga.

Daniel, mientras tanto, consiguió encender el reguero del cohete y éste saltó al aire con un movimiento brusco, como los cohetes de los días de feria en Palmeira, y acabó detonando arriba, sobre la línea, con un pop luminoso e inofensivo.

Acechando las líneas desde su puesto, el capitán Afonso Brandão ya se había dado cuenta de que, por la inusitada intensidad, aquél no era un bombardeo normal ni una represalia por las tres salvas de las cinco de la tarde. Pero cuando vio estallar el cohete en el cielo, enfrente, lanzando un resplandor rojo sobre el sector de Punn House, entendió que la infantería enemiga estaba avanzando. El cohete lanzaba un SOS.

La artillería alemana volvió a abrir fuego, barriendo la retaguardia portuguesa, y los cañones del CEP respondían con disparos que regaban las trincheras enemigas. Nuevos destellos rojos iluminaron los cielos a la derecha, algunos sobre Ferme du Bois: más SOS. Afonso corrió hasta el puesto de las señales con su ordenanza, Joaquim, detrás. Los dos llegaron al lugar, el capitán se agachó para entrar por la pequeña puerta y se encontró con el oficial de enlace de la artillería sentado en la jaula de las palomas mensajeras, los teléfonos encima de una caja.

– ¿Ustedes están ciegos o qué? -gritó el capitán-. Los cañones están disparando al sitio equivocado.

El oficial de enlace, un teniente, lo miró sin comprender.

– Mi capitán… -dijo titubeante.

– Le estoy diciendo que hay que corregir el tiro de la artillería -dijo impaciente y nervioso-. Deme un teléfono.

– Aquí está, mi capitán -indicó el teniente, que cogió el auricular de uno de los aparatos que establecían enlace con los cañones.

Afonso cogió el teléfono y logró que le respondiesen del otro lado.

– Aquí el capitán Afonso Brandão, de la Infantería 8 -se identificó-. Hagan el favor de dejar las trincheras enemigas y bombardeen inmediatamente la Tierra de Nadie frente a las líneas en Punn House, Church y Chapelle Hill, que acaban de lanzar un SOS.

La artillería tenía las coordenadas previamente registradas y Afonso colgó sin titubeos, volviéndose hacia el telegrafista en busca de informaciones adicionales.

– ¿Y?

– Las compañías de la línea han telegrafiado confirmando el avistamiento de tropas enemigas y anunciando la presencia de nubes de gas en las trincheras -indicó el telegrafista-. Y la brigada pide informaciones sobre lo que está ocurriendo.

– Telegrafíe a todos los puestos para que se coloquen las máscaras de gas y pongan a todos los hombres en las trincheras, y avise a la brigada de que los alemanes están atacando con infantería en Neuve Chapelle y Ferme du Bois -ordenó el capitán-. Dígale a la brigada que solicito que los batallones de apoyo se preparen para ayudarnos.