– ¿Dónde está el oficial? -preguntó.
– No sabemos nada de él, mi capitán -respondió un soldado-. Lo hemos perdido, a él y al resto del pelotón, en medio de toda esta barahúnda.
– Vengan conmigo -ordenó.
Eran ahora seis hombres los que se dirigían al sector de Punn House. Afonso pensó que tal vez podrían compensar la diferencia, los combates también se hacen de momentos de inspiración y lo que lo inspiraba ahora era ayudar a los soldados a defender la línea y expulsar al enemigo, no quería ver a su batallón humillado en el comedor de los oficiales de la brigada ni disminuido a los ojos de los gringos. Cuando llegaron cerca de Punn House, oyeron explosiones de granadas de mano, el pop-pop-pop intermitente de las ametralladoras y el silbido de las balas que cruzaban el aire, zuuum. Algunas arrancaban trozos de madera de los esqueletos de los árboles carbonizados.
– Estamos cerca -avisó el capitán, que escondió el temor que le provocaban aquellos ruidos pavorosos.
El grupo se encontró con el pelotón de Punn House: Matías, el Grande, tumbado en el suelo con la Lewis apuntada hacia el camino que conducía a la línea del frente; varios sacos de arena amontonados deprisa casi hasta el tope del parapeto como para asegurar alguna protección; Baltazar, el Viejo, lo apoyaba con las municiones, mientras Vicente y Abel disparaban hacia la izquierda. En el suelo se extendía un quinto soldado, apretándose la barriga, agonizante, con la sangre que se le escurría por las comisuras de la boca.
– ¿Quién está dirigiendo esto? -preguntó Afonso, que no vio a ningún oficial ni sargento en el grupo.
– Yo, mi capitán -dijo Matías, levantando los ojos de la mirilla de la Lewis.
Afonso lo observó buscando sus galones y no encontró ninguno. Era un soldado.
– ¿Y por qué?
– El teniente está herido. Por su parte, el sargento se ha esfumado -explicó el soldado-. Como soy el más antiguo, asumí el mando.
Afonso consideró que no tenía sentido cuestionar la situación, los liderazgos naturales eran a veces los mejores, y optó por concentrarse en la tarea que tenía entre manos.
– ¿Los boches? -preguntó.
– Están allí, en Tilleloy Sur -indicó Matias-. Tienen una ametralladora apuntada hacia aquí y hemos decidido montar en este punto una posición defensiva.
– ¿Y la gente del 29?
– No lo sé, mi capitán. Deben de haber retrocedido.
– ¿Han abandonado el puesto?
Matias vaciló, captando la pregunta del capitán. Tilleloy Sur, siendo un reducto que se encontraba en mal estado de conservación, tenía ocho refugios con capacidad para albergar una guarnición de cincuenta hombres. Estaba aún defendido por una posición al descubierto para ametralladora y contaba con un polvorín y un depósito de agua. Se suponía que tomar un reducto de tal calibre no era fácil.
– No lo sé, mi capitán -dijo finalmente el soldado-. El ataque ha sido duro, francamente duro.
Afonso suspiró.
– Consígame un periscopio -dijo a uno de los soldados que hacía poco había encontrado en la trinchera. Miró al herido que agonizaba en el suelo, doblado sobre el estómago-. Aproveche para llamar a los camilleros y que saquen a este hombre de aquí -añadió, volviéndose hacia el soldado que se alejaba.
El soldado desapareció. Afonso distribuyó el grupo por el lugar, puso a dos hombres para que vigilasen el sector inmediatamente enfrente, con el fin de prevenir sorpresas, y a los restantes en el lado izquierdo. El soldado regresó entre tanto con un periscopio que, a pesar de su nombre pomposo, no era más que un palo con un espejo en la punta. Afonso lo levantó por encima del parapeto para observar mejor Tilleloy Sur. Al principio no detectó ningún movimiento, pero los destellos blancos que acompañaron una ráfaga enemiga le revelaron una ametralladora alemana camuflada junto a la base de un tronco de árbol, con el cañón apuntando en su dirección.
– Joaquim -llamó.
El ordenanza se acercó.
– Mi capitán.
– ¿Estás viendo ese tronco? -preguntó, mostrándole la imagen en el espejo del periscopio.
Joaquim miró y vio el tronco.
– Sí, mi capitán.
– Ve al puesto de señales y pide a la artillería que destruya el tronco -instruyó-. Cuando los cañones abran fuego, quiero que también dos Vickers disparen ininterrumpidamente sobre el tronco. ¿Entendido?
– Sí, mi capitán.
– Entonces ve deprisa antes de que ellos salgan de allí.
Joaquim echó a correr por la trinchera y desapareció en la primera curva. Afonso volvió al periscopio para observar Tilleloy Sur. Había detonaciones sucesivas de granadas incluso delante de la línea del frente: era la artillería del CEO cumpliendo con su reciente indicación e intentando aislar a los alemanes que habían entrado en la trinchera portuguesa.
Pasados unos minutos más, Afonso vio a grupos de alemanes que intentaban saltar el parapeto para regresar a las líneas enemigas.
– Capturen a esos boches -ordenó a sus hombres.
Los soldados dispararon inmediatamente las Lee-Enfield, Matias se levantó, apuntó la Lewis sobre el parapeto y, a pesar de la incomodidad de la posición y de los doce kilos de peso de la ametralladora, soltó algunas ráfagas. Los alemanes que pretendían escapar desistieron momentáneamente, asustados por la atención que habían atraído, pero la acción tuvo un precio. La ametralladora alemana escondida junto al tronco abrió fuego, las balas cayeron en la posición portuguesa, muchas silbando, algunas dando en los sacos de arena, en el barro y hasta en el parapeto; una alcanzó a Baltazar, quien cayó en el suelo agarrándose la mejilla izquierda. Los compañeros lo rodearon y comprobaron que tenía la piel rasgada junto a la oreja, una herida de la que brotó tanta sangre que, en rigor, era desproporcionada con respecto a la gravedad del daño.
Vicente, el Manitas, prestó los primeros auxilios a Baltazar, vendándole la herida, y Afonso aprovechó la pausa para explicar la táctica que adoptarían.
– Oigan bien -los interpeló-. Nadie se va a burlar de la gente de Braga. Cuando las granadas comiencen a caer sobre la ametralladora de los boches, avanzamos trinchera arriba y barremos todo lo que nos aparezca por delante, ¿entendido?
Los hombres asintieron con un gesto de la cabeza, pero sólo Matías, el Grande, parecía realmente motivado y empeñado en llevar a cabo el golpe de mano. Afonso lo intuyó y lo encaró, midiendo su corpachón enorme y su actitud resuelta.
– ¿Usted quién es?
– 216 .
– El nombre, hombre.
– Matías Silva, mi capitán.
– Pues bien, Matías -le dijo-, usted parece tener fuerza suficiente para llevar la ametralladora por las trincheras. Recargue inmediatamente la «Luisa» y, cuando yo le diga, avance conmigo disparando ráfagas sobre los boches, ¿está claro?
– Muy bien, mi capitán.
– El resto del personal que prepare las bayonetas.
– ¿Yo también, mi capitán? -preguntó Baltazar, el Viejo, con la mano sobre la oreja envuelta en una venda.
– Claro -repuso prontamente el capitán-. No quiero mariconerías aquí, en el 8. Que yo sepa, un arañazo en la oreja no le impide a nadie combatir.
Matías colocó un nuevo disco de balas en la Lewis, levantó la ametralladora y la apoyó verticalmente en la pared de la trinchera para que después le resultara más fácil cogerla y salir a tiros. Los otros hombres, incluido Baltazar, encajaron las bayonetas debajo del cañón de las Lee-Enfield.
Afonso volvió al periscopio y se quedó observando Tilleloy Sur. De repente, en medio del fragor de la artillería, comenzaron a alzarse nubes de humo y barro en torno al tronco donde estaba la ametralladora alemana emboscada y, acto seguido, las Vickers portuguesas abrieron fuego sobre la posición enemiga. Joaquim había comunicado bien las instrucciones de Afonso.