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– ¡Pero eso es una maravilla! -dijo fascinada la baronesa-. ¡Usted es un políglota formidable!

– Tante grazie, signorina, le displace si non parlo francese? -soltó el portugués, con una buena pronunciación del italiano.

– Oh la la! -Agnès se rio, aplaudiendo y mostrando sus dientes blancos y bien alineados.

Hubo una nueva ronda de brindis, y Afonso soltó unas frases más en italiano, palabras que nadie comprendía pero que produjeron su efecto en aquel juego subliminal de seducción que se había establecido entre los dos. Cuando se agotaron los italianismos, el barón se dirigió al teniente inglés.

– Todo esto venía a propósito, no me pregunten cómo, de su experiencia en la Fuerza Aérea.

– Right ho! -exclamó Cook, como quien regresa a la Tierra-. ¿Por dónde iba?

– Por la Fuerza Aérea. Vino de Brasil y se alistó en la Fuerza Aérea para ir a la guerra.

– Oh yes! -dijo-. Me alisté en el Royal Flying Corps y de ahí pasé a Francia. En aquel momento, hace tres años, los aviones parecían hechos de cartón y sólo servían para vuelos de reconocimiento. Mi primer vehículo fue un Farman HF-20, de fabricación francesa, comprado a la Aéronautique Militaire, la fuerza aérea francesa. Después comenzaron a aparecer nuevos aviones y tuve un Nieuport 11, también francés, un gran avión, que estaba armado con una Vickers y ya servía para combate.

– ¿Y mató a muchos alemanes? -quiso saber Agnès.

– Estuve encargado en general de operaciones de reconocimiento. Mis misiones consistían en fotografiar las trincheras, comprobar lo que ocurría detrás de las líneas enemigas y, últimamente, sobrevivir a los ataques antiaéreos de los jerries. Pero en una ocasión llegué a derribar un Fokker.

– ¿Un qué? -interrumpió el barón.

– Un Fokker, un avión alemán.

– Pero ¿los aviones de los boches no son los Tauber?

– También -contestó Cook entre risas-. Los Tauber son uno de los modelos boches, casualmente el que conocen los civiles, pero tienen otros aparatos, como los Fokker, los Gotha, los Halberstadt, los Albatros y otros.

– ¿Y tenía miedo? -preguntó Agnès, insistiendo en la cuestión que había planteado antes.

– Always -asintió el teniente inglés, que adoptó enseguida una actitud pensativa-. Pero hubo una ocasión en que tuve más miedo de ser capturado vivo que de morir.

– ¿Cuándo?

– Las operaciones de reconocimiento son muy ingratas en el Somme a causa del tiempo. Siempre está nublado, las nubes son bajas y ocultan las líneas enemigas, por lo que no hacen posibles las fotografías aéreas. El año pasado, debido a la ofensiva en el Somme, recibimos la orden de fotografiar las posiciones enemigas. Nos cansamos de sobrevolar las líneas, sin éxito alguno, porque las nubes permanecían cerradas. Un día estábamos jugando al football cerca del aeródromo cuando comenzaron a sonar las sirenas. Había habido un claro en las nubes y teníamos que aprovecharlo. Fuimos corriendo hasta el aeródromo y yo, sin tiempo para cambiarme de ropa, salté al cock-pit vestido como estaba para jugar al football. Allí arriba hacía un frío tremendo y, castañeteando los dientes, con las rodillas desnudas y viendo las explosiones de las granadas del ataque antiaéreo a mi alrededor, comencé a sentir un miedo terrible a ser alcanzado y a tener que aterrizar detrás de las líneas enemigas. ¿Se imaginan a los boches yéndome a buscar al avión y viéndome salir con pantalones cortos, vestido como un footballer?

Todos se rieron, divertidos. El teniente inglés mantuvo una actitud impenetrable, como si hubiese contado algo grave. Sorbió un trago de tinto y retomó la palabra.

– Este año fui abatido durante el gran dogfight del 26 de abril, aquí cerca. Fue una batalla aérea en la que intervinieron noventa y cuatro aviones, el mayor dogfight de la historia de la guerra. El Royal Flying Corps fue diezmado, yo me quedé sin avión y, como hablaba portugués y el Cuerpo Expedicionario Portugués acababa de llegar a Flandes, me destacaron como oficial de enlace. Et voilá.

Todos los comensales callaron. La historia del vuelo con ropa de football había sido graciosa, pero el final no. Se hizo un silencio embarazoso y fue Afonso quien, interesado en el detalle deportivo del relato, volvió a sacar el tema.

– ¿Le gusta jugar al football?

– Sólo al association football.

– ¿Hay más tipos de football?

– Sí-asintió Cook-. Está también el rugby football.

– Bien, me refiero al que se juega con los pies.

– Ambos se juegan con los pies, por eso se llaman football -dijo el inglés entre risas.

Afonso se quedó cortado.

– Pero ¿cuál es la diferencia entre ellos?

– El association football sólo autoriza a sujetar la pelota con las manos al goalkeeper, mientras que el rugby football permite que todos los jugadores cojan la pelota con la mano, aunque los goals se marquen con el pie.

– ¡ Ah! -entendió Afonso-. Entonces en Portugal sólo conocemos el association football.

– Justamente es el que me gusta a mí -exclamó el inglés-. Es menos violento, están prohibidos los empujones y también las obstrucciones, no es como el rugby football, más propio de energúmenos rústicos que de verdaderos gentlemen.

El capitán se dio cuenta de que los anfitriones no entendían la conversación y, diplomáticamente, refrenó su entusiasmo. Quería contar las aventuras de su infancia detrás de una pelota de trapo, los desvaríos de su juventud dando puntapiés a un canto rodado y hasta los grandes matches a los que asistió en Campo Pequeño, en las Salésias y en la Quinta da Feiteira, pero se contuvo.

Agnès aprovechó la oportunidad para dejar de lado el tema deportivo, que decididamente no le interesaba.

– Entonces usted está ahora con los portugueses -dijo, dirigiéndose al teniente inglés.

– Yes.

– ¿Y le gustan?

– Right ho! -asintió mirando a Afonso-. Son simpáticos, unos verdaderos jolly good fellows, y, además, no hay que olvidar que son nuestros más antiguos aliados.

– Son buenos soldados… -dijo la anfitriona, entre interrogativa y afirmativa.

La respuesta fue inesperada.

– Well, no exageremos.

– ¿No son buenos soldados?

– Mire, para que haya buenos soldados hace falta sobre todo que haya buena organización. Enséñeme un ejército bien organizado y yo le enseñaré buenos soldados. La organización produce disciplina, motivación y esprit de corps. Los portugueses son unos merry men, unos hombres relajados, tímidos y pacíficos, pero su organización, lamento decirlo, deja mucho que desear.

Afonso se mantuvo callado. Ya había conversado una vez con Cook en el comedor de los oficiales de la brigada sobre este tema y conocía sus poco diplomáticas opiniones, por lo que estas palabras no eran una novedad para él. El teniente inglés se expresaba con un candor apabullante, casi cruel, pero el capitán pensaba, en lo más íntimo, que lo que decía era verdad. En la fase de instrucción, Afonso había pasado una temporada en las trincheras inglesas y sabía cuán diferentes eran de las portuguesas en términos de organización, disciplina, higiene y trabajo.

– Los portugueses son desorganizados… -soltó Agnès, sonriente, como quien dice que no se trata de un pecado muy grande.