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– Right ho! -confirmó Cook-. Son los campeones de la improvisación, y eso se puede pagar caro cuando se está en una guerra.

– Tal vez amen demasiado la vida y entiendan que hay cosas más interesantes que andar matándose los unos a los otros -aventuró la francesa, que miró a Afonso como alentándolo.

El portugués aprovechó la alusión.

– Quítennos el amor, el vino, nuestro pan, el chorizo y el sol, y nos quitan la alegría -observó con una sonrisa.

Era una oportunidad para cambiar de tema, lo que Agnès y Afonso deseaban ardientemente, pero el barón Redier no lo permitió.

– Deme un ejemplo de desorganización portuguesa -solicitó el barón al teniente inglés.

– La cuestión de la limpieza de las trincheras -respondió Cook casi de inmediato.

– ¿La limpieza?

– La limpieza. Este es un aspecto que parece irrelevante para definir un buen ejército y, no obstante, es de enorme importancia. Por las normas de higiene es posible descubrir los niveles de organización, disciplina y motivación de un ejército.

– ¿Las trincheras portuguesas son sucias? -preguntó el barón, con una mueca maliciosa.

– Las portuguesas y las francesas -se adelantó Cook para no dejar que el barón se burlase del capitán.

La mueca de Redier se deshizo y su rostro reveló un súbito rubor irritado que el teniente inglés ignoró. Si le hacían preguntas, respondía, y ¿qué culpa tenía él de que las respuestas no le agradasen a quien preguntaba?

– ¿Las francesas?

– Right ho! -confirmó Cook-. Después de visitar varias trincheras, aliadas y enemigas, mis amigos del Royal Flying Corps y yo ya hemos elaborado una lista de las más limpias, por orden decreciente. ¿Quiere saber cuáles son?

– Bien sûr.

– Very well -dijo el teniente, que adoptó el gesto de quien está haciendo un esfuerzo de memoria-. Los ases de la limpieza son los ingleses y los protestantes alemanes, especialmente los prusianos. Después vienen los galeses, los canadienses y los irlandeses protestantes. Los siguen los católicos irlandeses y los católicos alemanes, como los bávaros. A continuación, los escoceses, los franceses y los belgas. En el escalón más bajo están los hindúes. Después, los argelinos. Por último, los portugueses, los ases de la mugre.

Se hizo el silencio.

– Eso no es muy agradable -cortó Agnès, agobiada por el rumbo de la conversación y por los comentarios del teniente, que consideró desagradables e innecesarios.

– Me pidieron la verdad y la he dicho -repuso Cook, haciendo un gesto de impotencia-. El capitán Afonso ya conoce mis opiniones y, por lo que he podido captar de su reacción, creo que incluso está de acuerdo.

Afonso sintió que tenía que decir algo. Carraspeó, afinando las cuerdas vocales antes de hablar.

– Es un hecho que las trincheras portuguesas están lejos de ser un modelo -admitió-. Tenemos un problema con nuestro cuadro de oficiales que, en general, no cree en la participación de Portugal en esta guerra. Los hombres se están cansando, aún no se ha hecho roulement de las tropas y hay un gradual deterioro de la disciplina. Como consecuencia, por ejemplo, las letrinas no están convenientemente limpias y la basura se acumula en las trincheras. Además, no existe en Portugal el hábito de ducharse regularmente. La campaña de los higienistas, que se extendió por Europa en el siglo pasado, no ha llegado a nuestro país, donde se considera que el baño es un placer narcisista de mujeres ociosas y fútiles, casi un pecado. Hemos impuesto a nuestros soldados la obligación de una ducha semanal, pero a la mayoría le parece una exageración y muchos evitan el agua, consideran incluso que la suciedad es la mejor defensa contra las enfermedades, y para colmo, con el frío que hace y que no estamos habituados, los soldados huyen del baño como el demonio de la cruz. Es un problema que tenemos que resolver.

– Pero fíjate, Afonso, en que aún son peores vuestros oficiales -insistió el inglés-. Los soldados, por lo menos, muestran buena voluntad, pero los oficiales portugueses…

– Lo admito -coincidió el capitán-. Tenemos muchos oficiales disgustados por el esfuerzo de la guerra, son poco puntuales, no ejecutan inmediatamente las órdenes que reciben, se pasan la vida hablando mal de todo y les importa muy poco el bienestar de sus hombres. Con oficiales así, es francamente difícil motivar a los soldados.

– Para ser totalmente justo, hay otro problema que no has mencionado y que contribuye mucho a aumentar el problema -replicó el teniente Cook.

– ¿Cuál?

– La naturaleza de las propias trincheras ocupadas por vuestras tropas -dijo el oficial británico-. La entrega del sector de Neuve Chapelle a los portugueses fue un regalo envenenado. Neuve Chapelle está situada en un barrizal bajo, dominado por las cumbres de Aubert-Fromelles, una posición elevada que ocupan los erries. Cuando llueve, los hombres que defienden Neuve Chapelle tienen que lidiar no sólo con el agua que les cae encima, también con la que viene del sector boche a través del foso que baja por el camino Estaires-La Bassée. La consecuencia es que las trincheras están siempre inundadas de agua y barro; así pues, vuelven vano cualquier esfuerzo de limpieza. Por ello, quien se encuentra en Neuve Chapelle está condenado a vivir como una rata.

Pero el barón Redier ya nada oía, se sentía ahora más preocupado por la observación sobre lo que ocurría en las trincheras francesas e insistió dirigiéndose a Cook:

– Usted ha colocado las trincheras francesas sólo un punto por encima de las hindúes.

– Yes.

– C'est pas posible! -exclamó, sacudiendo la cabeza y negándose a aceptar tal comparación.

– Y, no obstante, es verdad.

Afonso decidió acudir en auxilio de su anfitrión.

– Mire, monsieur le barón, es un hecho que las trincheras portuguesas y francesas son más sucias que las inglesas, y que nuestros hábitos de aseo son menos firmes que los de nuestros aliados -dijo-, pero es una exageración reducir la calidad de un ejército a la limpieza de las trincheras y a los hábitos de higiene de los hombres. Los ingleses pueden ser muy limpios y organizados, pero, desde el punto de vista militar, los franceses ofrecen mejores tácticas de combate.

– Ah bon?-soltó el barón, recuperando su autoestima.

– Los ingleses creen en el sistema de llenar la línea del frente de soldados cuando ataca el enemigo, pero los franceses ya se han dado cuenta de que eso es disparatado y, tal como los alemanes, concentran sus fuerzas en la retaguardia -concluyó el capitán.

– ¿Cuál es la diferencia?

– La diferencia es que los ingleses pierden inútilmente muchos hombres en los bombardeos preliminares del enemigo, mientras que los franceses y los alemanes los protegen en la retaguardia y sólo los mandan a las primeras líneas cuando es realmente necesario. Es más inteligente.

El barón miró al teniente Cook con expresión de triunfo.

– Alors?

– I agree -repuso el inglés, coincidiendo con la observación de Afonso-. El capitán y yo hemos hablado mucho sobre este asunto, nuestras tácticas son excesivamente inflexibles y conservadoras. Lamentablemente, nuestros altos oficiales son todos de la vieja escuela y se resisten a los modelos innovadores y más dinámicos. Como diría nuestro amigo Afonso, es un problema que tenemos que resolver.

– Y lo peor es que nuestro ejército está bebiendo de la doctrina inglesa -dijo el capitán portugués riéndose-. Así pues, imitamos a los ingleses en lo que tienen de peor y no los imitamos en lo que tienen de mejor.

El alargado reloj de caja alta colgado de la pared, un antiguo regulador vienés Biedermeier, soltó un chasquido y, acto seguido, marcó ruidosamente las nueve de la noche, con su esfera plateada y su mecanismo de grande sonnerie que funcionaba a la perfección. Agnès pensó que ya era hora de acabar con las comparaciones entre ejércitos. Se dio cuenta de que, cuando los interlocutores eran de nacionalidades diferentes y decidían ser sinceros, estos diálogos resultaban a veces humillantes para algunos. Hacía falta tacto, algo que, de manera manifiesta, estaba ausente en aquella mesa. La cena había concluido, así que convenía aprovechar los oportunos gongs del Biedermeier para acabar con el tema y que no volviese a surgir. Terminados los gongs, la francesa se levantó de la mesa, decidida a no perder la oportunidad que se le presentaba.