– Oui m'sieur, tres jolie, tres bon marché.
– Combien?
– Cinq francs.
– Es barato -comentó Baltazar a sus amigos-. Nos cobra cinco francos por su hermana.
– ¿Y es realmente su hermana? -se asombró Abel, el Canijo.
– ¡Qué sé yo! -exclamó Baltazar, encogiéndose de hombros-. Deben de ser refugiados belgas.
– Vamos -dijo Matías.
– Ten calma, espera un poco -replicó Baltazar, volviéndose al chico para saber dónde se encontraba la hermana-. Oú est mademoiselle?
El francés, que acaso era belga, se apartó del muro y cruzó la calle.
– Venez! -dijo entrando en el patio de una casa baja del otro lado de la calle y haciéndoles una seña para que lo siguiesen.
Los portugueses se miraron y, con un paso lento y vacilante, fueron detrás de él. Llegaron a la casa, en realidad unas ruinas ya sin tejado, y encontraron al chico que los esperaba al fondo de unas escaleras, junto a la puerta de lo que parecía ser un sótano con acceso exterior. Bajaron las escaleras y el adolescente los invitó a entrar. Estaba oscuro en el sótano, pero pronto distinguieron una vela encendida en el rincón. Entraron y vieron a una muchacha sentada sobre una tela ancha, una almohada al lado, utensilios de cocina en otro rincón del sótano.
– Cinq francs pour ma soeur -repitió el muchacho, enseñando los cinco dedos de la mano.
Los cuatro portugueses miraron a la chica, esmirriada y menuda, que los miraba algo nerviosa, con los ojos cansados que iban de un soldado al otro.
– Promenade avec moi?
– Esta chiquilla no tiene más de catorce años -comentó Marias en voz baja, sacudiendo la cabeza.
– Es casi de la edad de mi hija -observó Baltazar, sin despegar los ojos de la chica. No le pasaron inadvertidos sus pequeños senos juveniles-. ¿Habéis visto sus tetitas? Parecen bellotas.
Marias, el Grande, se acercó, puso la mano en el bolsillo, sacó unas monedas y se las dio a la muchacha, quien guardó el dinero y comenzó a desnudarse.
– ¿Te lo vas a hacer con ella? -preguntó Vicente.
– ¿Estás loco? -respondió Marias, dando media vuelta y saliendo del sótano-. Vámonos.
El grupo abandonó el sótano y volvió a la calle, dejando a los adolescentes atrás.
– ¡Una niña de esa edad! -exclamó Baltazar-. Es pecado.
– ¿E ir de putas no es pecado? -quiso saber Abel.
– Ir de putas es una necesidad -explicó Baltazar-. Pero con niñas es pecado.
– Conozco a un tipo que se tiró a una de estas refugiadas -comentó Vicente, el Manitas.
– ¿Una chica como ésta?
– Sí, muy jovencita.
– ¿Y qué le pareció?
– Una maravilla -respondió Vicente-. Me dijo que estaba cachondo y que la refugiada se la puso bien dura.
Todos se rieron nerviosamente.
El barón Redier ya se había excusado ante los huéspedes y se había retirado a sus aposentos. Era un hombre de hábitos fijos, le gustaban los actos rutinarios, pasear por los mismos sitios, comer los mismos platos, dormir a la hora justa. Agnès se quedó en la sala con los dos oficiales junto a la chimenea, ella con un champagne en su mecedora, Afonso instalado en el canapé con el whisky de costumbre, Cook con un oporto en un sillón de caoba tapizado y con brazos labrados con formas serpentinas. El inglés cogió una caja de madera con puros, en cuya tapa se leía «Tabak-en-Sigaren», registrado por la P.G.C. Hajenius, la célebre casa de tabaco de la avenida Damrak, en Amsterdam. La abrió y ofreció Coronitas a sus dos acompañantes, que no quisieron. Acabó encendiendo él mismo uno de los cortos habanos, que aspiró con gusto, y el aroma cálido y agradable del puro llenó la sala con su perfume tropical. Conversaron sobre todo y especialmente sobre la guerra, el tema que dominaba sus vidas. El capitán se mostraba particularmente interesado en entender cómo veían la guerra los ingleses, si la encaraban de manera diferente a la de los portugueses, y la copa de oporto pareció haberle soltado la lengua al teniente Cook. Agnès intentaba igualmente entender si lo que le decían sobre las hostilidades era verdadero o falso, si los alemanes eran de verdad crueles y cobardes como los describía la prensa, si la guerra acabaría o no. El teniente Timothy Cook, con tres años de experiencia en el conflicto, se reveló como una verdadera mina de información.
– All lies -exclamó el teniente después de una bocanada, sin vacilar en considerar mentirosas muchas de las noticias publicadas en los periódicos. Comprendió la confusión de su inter- locutora y tradujo al francés-: Mensonges.
– Mensonges?
– Yes -asintió-. Los poilus llaman a eso bourrage de crâne. Es como si los periódicos fuesen una fábrica de producir mentiras.
– Par exemple?
– ¡Oh, qué sé yo, tantas cosas! Mire, una vez estuve en Champagne durante una semana, probando un Farman en un aeródromo francés, y las cosas se presentaban tranquilas. Pues leí en los periódicos que allí había habido una poderosa ofensiva alemana que acabó interrumpida sin que el ejército francés hubiese retrocedido un solo metro. All lies. Otra vez ocurrió lo contrario. Con ocasión de la ofensiva de Somme, en la que daba la impresión de que el Infierno había bajado a la Tierra, los periódicos divulgaron la noticia de que todo estaba tranquilo en la zona del frente.
Agnès se quedó mirándolo, confundida.
– Bien -concedió-. Pero ¿no es verdad que los boches son crueles?
– I say -replicó Cook-. No más que nosotros. Si aparecemos frente a ellos, intentan matarnos, pero ¿no es eso, al fin y al cabo, lo que también les hacemos nosotros? Para ser totalmente honesto, yo diría que algunos son unos very decent chaps. Un amigo mío que está en los Royal Welch me contó que, durante una ofensiva desastrosa en el sector de Béthune, millares de hombres nuestros se quedaron caídos en la Tierra de Nadie, heridos y agonizando. Pues los boches, suspendido el ataque, no dispararon un solo tiro durante la noche, dejando que nuestros camilleros fuesen a buscar a todos los heridos y hasta a muchos muertos.
– No me diga que a usted le gustan los boches…
– Don't get me wrong -dijo Cook, sacudiendo la cabeza-. Si me enfrento con uno, me resulta más fácil liquidarlo que hacerlo prisionero.
– ¿En serio?
– Hacer prisioneros da mucho trabajo -explicó, haciendo una breve pausa para aspirar su Coronita-. Algunos oficiales no vacilan en dar órdenes tajantes para que no se hagan prisioneros.
– Y eso quiere decir…
– Matarlos on the spot, no darle tregua a nadie -aclaró el teniente, que echó el humo retenido en los pulmones.
– ¿Ustedes hacen eso?
– Right ho! -confirmó-. Si tenemos prisa o estamos especialmente furiosos porque han matado a un amigo nuestro, eso se da por añadidura. Pero debo decirle que, a este respecto, los peores son, de lejos, los canadienses y los australianos, que tienen fama de matar a todos los boches que se rinden. Con ellos no se juega.
– Mon Dieu!
– C'est la guerre -concluyó Cook, utilizando la expresión entonces muy en boga siempre que se mencionaban las desgracias derivadas del conflicto.
Como ocurría cuando se hablaba de la guerra, la conversación se había adentrado en caminos desagradables. Afonso sintió que era necesario cambiar de rumbo. Por ello, aprovechó la pausa para intentar conocer a Agnès.