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– Es una nueva corriente artística, muy chic, muy avant garde -explicó Agnès-. Ese cuadro es de Robert Delaunay; lo compré hace unos cuatro años en la galería Kahnweiler, en París.

– Pero es horrible -dijo Cook con una mueca de rechazo.

– Yo diría que es diferente, original tal vez.

– Pero la naturaleza no es así, el cielo no es así, todo está mal pintado.

– No está mal pintado -aseguró la francesa-. La idea del cubismo no es representar el objeto tal como lo vemos, sino tal como lo conocemos. El cielo tiene varios tonos de azul porque sabemos que el cielo es así, la intensidad de su luz varía con la luz del día.

– It's ghastly! -repitió el oficial británico, aún horrorizado por lo que observaba e insistiendo en la idea de que no veía ninguna virtud artística en el cuadro. Para no dar tiempo a que le exhibiese más objetos de esa clase, susceptibles de ofender su sensibilidad estética, Cook apagó en el cenicero lo que poco que quedaba del Coronita, se levantó del sillón y bostezó-. Amigos míos, ha sido una reunión agradable, pero ya son las once de la noche y tengo sueño. Mi admiración, madame, y mi agradecimiento. Afonso, old chap. Cheerio and behave yourself!

– Bonne nuit!

– Hasta mañana, Tim.

El inglés se fue. Agnès y Afonso se quedaron solos.

Los lanudos caminaban ahora por las animadas aceras de la principal avenida de Merville, evitando el pavimento embarrado de la calle, ocupado por caballos y algunos carruajes, y el movimiento del centro del pueblo los puso más alegres. Siguieron por la avenida hasta llegar a un edificio color ladrillo frente al cual se aglomeraba un considerable número de soldados: era la puerta del burdel. Le Drapeau Blanc estaba escrito en un letrero rojo encima de la entrada.

– Vaya -comentó Baltazar-. ¡Cuántos tipos necesitados!

Los soldados hacían cola; eran seguramente más de un centenar. Se mezclaban ingleses, escoceses y portugueses en medio de gran algazara, cada uno esperando su turno, casi todos en grupo, siendo raros los hombres que aguardaban solos. Se multiplicaban los chistes y las carcajadas. Las propias autoridades francesas habían montado el burdel para servir a las tropas de aquel sector, y Le Drapeau Blanc era sólo uno de los muchos existentes en la retaguardia de las líneas aliadas. Había burdeles para oficiales, más discretos y caros, donde hasta se conversaba con las prostitutas, mientras que los soldados se contentaban con versiones industrializadas y expeditivas, sin tiempo para grandes charlas porque el tiempo urgía y la clientela estaba a la espera, verdaderas fábricas de sexo masificado y en serie.

Matías y sus amigos se unieron a la cola. Delante de ellos había unos ruidosos escoceses, fácilmente reconocibles por los kilts de lana Black Watch del regimiento highlander y boinas Tom O'Shanter. Los escoceses se reían estúpidamente y daban señales de estar ebrios. Pero, al rato, Matías reconoció a dos camaradas del 8 y fue a su encuentro.

– ¿Y? -los saludó-. ¿A por putas?

– Así es -confirmó uno de los portugueses, un muchacho llamado Víctor-. Pero esto aún llevará un buen rato.

– Sí, hay mucha gente -confirmó Matías-. ¿Cuántas putas hay ahí dentro?

– Me han dicho que tres.

– Tres… -repitió Matías, haciendo mentalmente la cuenta.

– No te esfuerces, ya hemos hecho el cálculo -dijo Víctor-. Somos ciento veinte y ellas son tres, da cuarenta hombres para cada puta. A cinco minutos por polvo, da doscientos minutos más o menos.

– Doscientos minutos, más el tiempo que se pierde para quitarse la ropa y volver a vestirse -observó Matías.

– No, no -aclaró Víctor meneando la cabeza-. Esta cuenta ya incluye todo eso.

– Ah, vale -se admiró Matías-. Por tanto, sólo tenemos que esperar tres horas.

– ¡Y eso si quieres! -Víctor se rio.

Matías regresó a su lugar en la cola y les contó las novedades a sus compañeros. Sólo Baltazar pareció desanimarse.

– Tal vez deberíamos volver atrás y tirarnos a la refugiada -bromeó-. Siempre sería más rápido y barato.

Se quedaron esperando, viendo avanzar la cola lentamente y a los clientes ya saciados salir de Le Drapeau Blanc, con la felicidad estampada en el rostro, su autoestima creciendo desde los pantalones. No había dudas de que aquellas prostitutas ofrecían un servicio eficiente. En una visita anterior al burdel de Merville, a Matías lo informaron de que cada una de ellas servía al equivalente de casi un batallón por semana. Trabajaban mientras tenían fuerzas y ánimo. El límite normal eran tres semanas, después de las cuales ellas izaban la bandera blanca y, cansadas, se retiraban con el deber patriótico cumplido, pero sobre todo con unos buenos ahorros, aseguradas, probablemente, hasta el final de la guerra.

Mientras esperaban, los cuatro empezaron a hablar sobre las cualidades de las mujeres francesas en la cama, las expertas en juegos, las desvergonzadas y las púdicas, o las falsas púdicas. Estos eran asuntos con los que los hombres soñaban o de los que alardeaban con gusto. En general, preferían evitar las estadísticas, no fuese a darse el caso de que alguno de los colegas contase performances sexuales superiores, aunque ficticias. Ir con las francesas, incluidas las prostitutas, era un tema de especial orgullo entre ellos, y los más experimentados no se negaban a los comentarios. En este punto, Baltazar, el Viejo, decidió hacer una comparación con las portuguesas y descubrió que sus comentarios críticos, aunque seguidos con atención, no eran rebatidos ni corroborados por sus amigos. El hecho le resultó intrigante y los presionó hasta arrancar de Vicente una confesión que lo dejó muy sorprendido.

– Mi primera mujer la encontré aquí, en Francia -murmuró Vicente, el Manitas, con la cabeza gacha, casi avergonzado-. Nunca lo he hecho con una portuguesa.

Baltazar se quedó mirándolo, atónito.

– ¿Has venido virgen aquí?

Vicente asintió con la cabeza.

– ¿Qué edad tienes?

– Veinte.

– Válgame Dios, hombre, quien te viese no lo diría -comentó el veterano-. Cada quince días vienes de putas: da la impresión de que te has pasado toda tu vida así, desde la cuna, dale que te pego.

– ¿Sabes, Baltazar? -explicó Vicente-. Cuando se'stá en las trincheras se piensa mucho, uno piensa en la muerte, piensa en todo.

– ¡Y claro que lo sé, hombre!

Todos sabían lo que era pensar en las trincheras, durante las largas horas que pasaban esperando, hechas de puro hastío, y a lo largo de los interminables minutos de bombardeo, consumidos en el puro horror. Nadie ignoraba que había una elevada posibilidad de no salir vivos de Francia, o de salir mutilados e inválidos, y que el tiempo huía, era escaso. ¿ Cómo pasar por encima del hecho de que tal vez nunca llegarían a experimentar las cosas buenas de la vida, de que posiblemente les robarían la juventud en el lapso de pocos días, de que se les quebraría eventualmente el futuro por una bala traicionera o por una esquirla perdida? En las trincheras, el sexo era una obsesión universal, siempre presente en el lenguaje de los hombres, nunca olvidada en la mente, en los gestos, en la memoria y en el deseo. Había que aprovechar mientras era posible, mientras estaban vivos y con el cuerpo entero, mientras tenían fuerzas para aferrarse a la vida como quien abraza a su madre. Todos habían visto a demasiados amigos segados, nadie quería morir virgen. Pero lo cierto es que sólo los oficiales disponían de oportunidades genuinas de conseguir verdaderas novias francesas. A los soldados, entorpecidos por el frío y el hambre, embrutecidos por la guerra y siempre ocupados escondiéndose en las trincheras o empeñados en trabajos de fortificación en la retaguardia, les quedaba generalmente el amor comprado en una cama gastada de un burdel cualquiera. Los que llegaban vírgenes de Portugal se ocupaban deprisa del asunto en el prostíbulo o en un corral con una campesina más arisca o necesitada de dinero, no fuesen los alemanes a anticiparse y a privarlos de disfrutar de aquel fruto hasta entonces prohibido. Y hasta los muchos que ya practicaban el sexo desde antes, por estar casados o por haber encontrado mozas que no temían pecar antes del matrimonio, no se privaban de los goces de la carne siempre que se ofrecía la oportunidad, aunque a cambio de unos francos ofrecidos en un rincón oculto de unas ruinas miserables, temiendo también que les quedase poco tiempo para disfrutar de aquel placer efímero.