– ¿Hoy habría actuado de otro modo?
– Sí, sin duda. Si fuese hoy, me quedaría en París y acabaría la carrera, costara lo que costase. -Suspiró-. Pero la vida es así y las decisiones, bien o mal, ya han sido tomadas.
– Por lo que me dice, debo suponer que no tiene ningún amor en su vida.
– Se equivoca. Tengo un gran amor. -¿Sí?
– Sí. La medicina.
– Ah, está bien -exclamó Afonso, aliviado.
– ¿ Sabe lo que me apasiona de la medicina?
– No.
Agnès alzó dos dedos.
– Esencialmente dos cosas -explicó-. En primer lugar, y como ya le dije, mantengo desde niña una fascinación por Florence Nightingale, me parece algo extraordinario ayudar a los demás cuando están enfermos, atenuar su sufrimiento. Eso me llevó al campo de la salud. En segundo lugar, creo que pesó mucho el gusto por la ciencia que adquirí cuando visité la Exposición Universal de París en 1900.
– Ya me he dado cuenta de que le gusta el aspecto científico de la medicina…
La baronesa adoptó una actitud pensativa.
– Sí, es eso. A pesar de ser una persona moderadamente religiosa, sé que, en la vida, no podemos estar siempre esperando el auxilio divino, Dios ayuda a quien se ayuda a sí mismo. Los que no entienden eso no entienden nada de la vida. Lo cierto es que, durante mucho tiempo, nuestros antepasados no comprendían esa simple verdad y sufrieron mucho por el exceso de confianza en la intervención divina. ¿Sabe, Alphonse? Antiguamente la medicina estuvo asociada a la superstición, los antiguos creían que las dolencias provenían de la acción de los espíritus malignos. En el Neolítico, por ejemplo, llegaban a hacer agujeros en el cráneo de los pacientes para expulsar a esos espíritus, fíjese.
– ¿Y los curaban?
Agnès se rio.
– Claro que no. Con esos métodos, mon chère Alphonse, es evidente que los enfermos morían del remedio, no de la enfermedad. Pero después, pasado este periodo rudimentario, la ciencia empezó a avanzar gradualmente. A la par de los hechizos surgieron procedimientos pragmáticos y racionales para tratar enfermedades fácilmente diagnosticables o para prevenir la aparición de otros males. La Biblia, por ejemplo, está repleta de instrucciones en cuanto a la higiene, en cuanto a la necesidad de mantener a enfermos en cuarentena y en cuanto a la obligación de desinfectar los objetos tocados por los enfermos. Pero el gran paso, la ruptura de la medicina con la religión y la superstición, se dio en Grecia. Supongo que, gracias a sus estudios clásicos, sabe lo que ocurrió en este periodo…
– Lamentablemente conozco poco de medicina. Me acuerdo de que los filósofos griegos consideraban que los enfermos eran víctimas de desequilibrios del cuerpo.
– Pues los griegos aportaron realmente una posición nueva. Las más famosas escuelas de Medicina de Grecia estaban situadas en Knidos o en Kos. Fue en Kos donde nació Hipócrates, considerado el primer médico moderno.
– ¿El del juramento?
– Sí, el autor del famoso texto de ética médica, conocido como juramento de Hipócrates. Está claro que los griegos decían muchos disparates. Por ejemplo, creían que la salud dependía fundamentalmente de un equilibrio entre cuatro humores presentes en el cuerpo humano, sobre todo la sangre, la flema, la bilis negra y la bilis amarilla. Como resultado, los tratamientos que prescribían se limitaban a dietas, a vómitos forzados y a sangrías, procedimientos que se efectuaban supuestamente para reequilibrar los humores del cuerpo. Enfermizo, ¿no le parece?
– Pero mire que no hace mucho tiempo aún se hacían esos tratamientos. Mi padre me contó que, cuando era pequeño, lo sangraban siempre que caía enfermo. Decían que era para reequilibrar los humores y eliminar los venenos.
– Sí, los tratamientos prescritos por los griegos se mantuvieron válidos hasta el siglo pasado, fíjese, aunque estas ideas comenzaron a replantearse en el siglo xviii.
– Por tanto, la medicina no evolucionó tampoco con los griegos…
– No -dijo Agnès, sacudiendo la cabeza-. La medicina evolucionó con los griegos, dado que fue entonces cuando, por primera vez, se estableció que las enfermedades no derivaban de acontecimientos sobrenaturales, sino que tenían una explicación física. Hasta ese tiempo, se encaraba a los enfermos como pecadores castigados por los dioses o como gente poseída por demonios, idea que los griegos combatieron. El problema es que la medicina entró en retroceso en la Edad Media, dominada por el oscurantismo del que no se cansaba de hablar mi antiguo profesor de Anatomía. Los textos griegos entraron en el mundo árabe y regresaron a Occidente en mano de los monjes benedictinos, que tradujeron al latín los documentos árabes y así adquirieron conocimiento de lo que habían escrito Hipócrates y los demás médicos griegos. El atraso fue tal que las escuelas de Medicina no surgieron hasta el siglo xii, y hubo que esperar al Renacimiento para que finalmente se comenzase a estudiar el cuerpo humano. Y en ese momento sí se dio de verdad una gran evolución. Se descubrió que las enfermedades surgían de microorganismos, se entendió que la sangre circulaba y, en fin, se volvieron más comprensibles el cuerpo humano y sus funcionamientos y patologías.
– Descartes escribió que el cuerpo funciona como una máquina…
– Justamente, Alphonse, comenzó a analizarse el cuerpo como un sistema. Los médicos descubrieron el sistema digestivo, el sistema metabòlico, el sistema sanguíneo, el sistema respiratorio, el sistema nervioso. Además, apareció la química, los médicos empezaron a usar productos químicos para reequilibrar los sistemas. Surgieron también especialidades como la neurología, la patología y otras. Después, con mi coterráneo de Lille, Louis Pasteur, vinieron las vacunas y la ciencia se hizo cargo por completo de la medicina, acabando de una vez con las supercherías del pasado.
– Estoy impresionado -exclamó Afonso con sincera admiración-. Ya he visto que conoce bien la historia de la medicina.
– Estoy obligada a conocerla -sonrió Agnès-. Fueron tres años en la Sorbona, ¿no? Algo tenía que aprender.
– ¿Y cuál es su especialidad?
– Bien, cuando estaba en la facultad aún no había llegado a hacer ningún curso de especialización, estaba en la parte general. Pero confieso que me sentía tentada a dedicarme al estudio del psicoanálisis.
– ¿ Psicoanálisis?
– Es un ámbito nuevo, desarrollado por Freud. ¿Ha oído hablar de él?
– Vagamente. Es un hipnotizador, ¿no?
Agnès se rio.
– Sí, él utilizó la hipnosis en la terapia, pero ha dejado ya de lado ese recurso.
– ¡Disculpe, pero eso es tremendo! ¿Cómo un médico espera curar una fiebre con hipnosis?
La francesa volvió a reírse.
– No, Alphonse, Freud no trata las enfermedades del cuerpo. Trata las enfermedades de la mente.
– ¿De los locos?
– Sí, pero no solamente de los locos, existen también personas con perturbaciones o traumas, casos a los que la medicina no ha logrado dar respuesta. Pues Freud descubrió que muchos males de la mente nacen de traumas producidos en el pasado y que, si una persona consigue resolverlos, se curará. El problema es que mucha gente no tiene conciencia de los traumas que ha sufrido, porque los reprime y aloja en el inconsciente, así que el trabajo del médico consiste en localizar esos traumas para resolverlos. Freud comenzó usando la hipnosis, pero ahora se ha volcado en otros métodos, como la asociación de ideas y la interpretación de los sueños.
– ¿El también cree que los sueños son profecías?
– No, todo lo contrario. El piensa que los sueños no revelan lo que va a ocurrir en el futuro, sino lo que a las personas les gustaría que ocurriese en el futuro. ¿Entiende la idea? Los sueños nos revelan lo que nuestra autocensura nos oculta. Por ejemplo, imaginemos que a usted le gusta mucho una mujer y sueña que está haciendo el amor con ella. -Afonso se sonrojó-. Su sueño no es una profecía, no revela que usted va a hacer el amor con esa mujer. Lo que revela es que le gustaría hacer el amor con ella. Cuando se despierta, y si es una persona decorosa, evita imaginar esa situación. Significa que su conciencia reprime tal deseo. Pero, en el momento en que se sumerge en el sueño, la conciencia también duerme y el subconsciente ocupa su mente. El subconsciente sabe que a usted le gustaría hacer el amor con esa mujer. Entonces, como la conciencia ya no está activa para censurar ese deseo, el subconsciente lo manifiesta a través del sueño. ¿Comprende?