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– Bien…, eh… sí -titubeó Afonso, turbado por el ejemplo.

Agnès sonrió.

– Veo que mi ejemplo lo ha dejado un poco…, ¿cómo diría? Un poco cohibido -comentó ella con malicia.

– Eh… En fin, no estoy habituado a escuchar…, a escuchar a una señora… En fin…

– ¿Lo ve? Su autocensura se encuentra muy activa -observó Agnès, alegremente-. No se preocupe, eso sólo demuestra que usted es un hombre decente, muy civilizado.

– En fin… -soltó Afonso con alivio, el elogio le sentó bien.

– Pero déjeme que le diga. -Agnès se dio prisa en añadir, divertida al saber que iba a impresionarlo de nuevo-. El sexo es un elemento fundamental en el comportamiento de los hombres y de las mujeres, ¿sabía? -Afonso meneó la cabeza, pasmado, incapaz ya de emitir tan siquiera un gruñido-. Freud descubrió que la sexualidad constituye un factor dominante y ocupa un lugar central en toda la experiencia humana. El comprobó que las personas tienen comportamientos sexuales desde que son bebés, lo que…

– Eso no puede ser -interrumpió Afonso, recobrando el habla-. ¿Los bebés?

– Comprendo su incredulidad, mucha gente reacciona así, pero la verdad es que los bebés ya manifiestan sexualidad. ¿Nunca ha oído hablar del complejo de Edipo?

– No.

– Existe un mito griego que cuenta la historia de un hombre, Edipo, que, sin querer, cumplió una profecía antigua matando a su padre y casándose con su madre. Freud, pues, opina que a todos los hombres les gustaría hacer lo mismo, matar a su padre y casarse con…

– Ah, disculpe, m'dame, pero eso es ir demasiado lejos. ¿Tiene algún sentido esa idea? A mi entender, es un perfecto disparate decir que yo quiero matar a mi padre y casarme con mi madre, eso es realmente…, no lo sé, pero no me parece admisible.

– El complejo de Edipo es una metáfora, Alphonse, y así debe entenderse. Lo que Freud quiere decir con esto es que los hombres tienen deseos sexuales inconscientes que se remontan a la infancia, deseos de casarse con su madre, no porque sea la madre, naturalmente, sino porque ella es la mujer que conocen.

Para casarse con ella, sin embargo, los hombres tienen que eliminar a su rival. ¿Y quién es él? Es el hombre que está con la mujer que ellos desean. Es el padre.

– Pero ¿está diciendo que yo tengo ese deseo?

– Calma, no lo estoy acusando de nada -sonrió Agnès-. Sé que usted es un hombre muy íntegro, un hombre incluso muy interesante. Pero lo que estoy diciendo es que Freud identificó ese deseo inconsciente, repito, inconsciente, en el comportamiento masculino. Puede estar seguro, no obstante, de que tengo la convicción de que su padre no tiene nada que temer de usted, la autocensura de esos deseos inconscientes funciona, en usted, muy bien.

Afonso la miró y el rostro se le iluminó con una sonrisa.

– Me doy cuenta de que se está quedando conmigo.

– No, le aseguro que Freud piensa todo lo que le he dicho, y claro que sí, me estoy quedando con usted -aclaró con una sonrisa-. Lo curioso es que los hombres siempre se ponen furiosos por este tema, usted es el primero en darse cuenta de que no soy más que una provocadora.

– Ah, sí, usted es una gran provocadora…

Ella le lanzó una mirada maliciosa.

– ¿Y puedo provocarlo aún más?

Afonso se sonrojó nuevamente. «¿Con qué saldrá ahora?», pensó.

– Haga el favor. Provóqueme, vamos. Estoy dispuesto.

– ¿Quiere bailar conmigo?

– ¿Cómo?

– Sé que no viene a cuento de nada, pero me apetece. ¿Quiere bailar conmigo? Supongo que sabe bailar…

– Eh…, bien…, yo… creo que me defiendo.

La baronesa se levantó y abrió un mueble apoyado en la pared. Sacó de su interior un enorme gramófono y lo colocó sobre la mesa junto a la chimenea. El gramófono estaba formado por una caja de madera con una manivela que salía de uno de los lados, se trataba del manubrio que permitía dar cuerda al motor.

La caja tenía un plato por encima y una gran bocina en el extremo, que se alzaba como una oreja gigante cuya forma imitaba la de una flor, diseño típico del art nouveau.

– Éste es un gramófono Pathé -explicó Agnès-. ¿Qué música le gusta bailar?

Afonso se levantó.

– No lo sé, ¿qué música tiene?

Agnès se acercó a los discos y los revisó.

– Fox-trot, sinfonías, valses…

– Tal vez un fox-trot, ¿no?

– Sí, me gusta mucho, pero tal vez sea demasiado ruidoso a esta hora, ¿no cree? -Se detuvo en otro disco-. Éste es fascinante, La mer, de Debussy. -Sacudió la cabeza-. Es brillante, simula los sonidos del agua, pero no sirve para bailar. -Miró a Afonso-. ¿Por qué no un vals?

– Puede ser.

La francesa eligió un disco y lo puso sobre el plato del gramófono. Puso la aguja de la bocina sobre el borde del disco e hizo girar la manivela. La melodía surgió de la bocina abierta en flor, ondulante, bella y armoniosa.

– Strauss -dijo ella, dirigiéndose al capitán.

Los sonidos de la orquesta de Viena llenaron la sala. Afonso la tomó entre sus brazos y comenzaron a bailar, los ojos de uno fijos en los del otro, los cuerpos mecidos al ritmo del vals, unas manos juntas, las manos libres buscando los cuerpos, la derecha de él en la cintura de ella, la izquierda de ella en los hombros de él. Bailaron sin decir nada, sin dejar de mirarse, insinuantes los ojos, maliciosos, provocadores, navegando en la ola de la música. El vals aceleró y Afonso la atrajo más hacia sí, los vientres se juntaron y se rozaron las ropas. Perdieron la noción del espacio y del tiempo, remolineando en la sala al son del vals que se oía en el gramófono, deseando que aquel momento se prolongase, se eternizase, sublime, arrebatador, perenne, inolvidable. La melodía les llenó el alma y los arrastró hacia un universo aparte, un mundo sólo suyo, encantado, hecho de belleza y sueño, éxtasis y magia. Afonso se sumergió en los ojos verdes y observó la boca entreabierta de Agnès, sus labios aterciopelados que brillaban como pétalos húmedos, invitadores, acogedores. Se acercó ligeramente con la cabeza, vaciló, ella se quedó con los ojos muy abiertos, fijos en él, él la sintió irresistible, sintió que había llegado el momento, era la hora de que el deseo se adueñase del cuerpo.

– ¿Le apetece algo más, madame?

Una voz masculina quebró como un trueno el momento mágico. Afonso y Agnès se sobresaltaron y miraron a la puerta. Era Marcel, el mayordomo. La baronesa se desprendió bruscamente del capitán.

– No, Marcel, gracias. Buenas noches.

– Buenas noches, madame -dijo Marcel con los ojos escrutadores-. Buenas noches, monsieur.

El mayordomo se retiró lentamente, algo frío, dejándolos turbados. Se hizo un breve silencio, cohibido y embarazoso, se sentían como niños pillados en una travesura.

Agnès desconectó el gramófono y Afonso regresó a la chimenea, era necesario avivar el fuego. Removió la madera de la leña y las llamas se elevaron: creció el fuego y el calor. Durante unos segundos sólo se oyeron los chasquidos de las chispas. Satisfecho, el capitán volvió a su lugar, en el canapé, y se sentó.