Se quedaron los dos mirándose. Fue una mirada inesperada y el capitán se atolondró con aquellos ojos bonitos y tiernos que se fijaban en él, era un hombre tímido, la mirada se prolongó y él comenzó a sentir que su corazón latía, latía cada vez más, muy rápido, retumbando ahora en las sienes, casi al borde del sobresalto. Experimentó pulsiones contradictorias. Quería besarla, presentía que ella no se iba a resistir, había allí una fuerza magnética, un imán invisible los atraía, pero volvió en sí, pensó que ella era una mujer casada, ¿es que se estaba volviendo loco? Pocas horas antes había conversado con su marido. Además, ¿quién le aseguraba que no lo estaba confundiendo todo, que su deseo por ella no lo traicionaba, creando la ilusión de que ella también lo deseaba? Se sintió inseguro, qué escándalo si la besaba y llegaba a comprobar que ella en realidad no lo quería, que aquella mirada era sólo de simpatía, qué vergüenza faltarles el respeto a la anfitriona y a su marido en su propia casa. En resumidas cuentas, pensó, esta mujer era demasiado bella para él, pertenecía a otro mundo, era una princesa inalcanzable e inaccesible, un hada de sueños, y él no era más que un sapo, un portuguesito pretencioso que lo mezclaba todo. La mirada de la mujer sólo podía ser de cortesía, no había que confundir afabilidad con deseo. Apartó los ojos, turbado, quebrando el contacto visual.
Volvió la cabeza con naturalidad forzada y se salvó por el gong del Biedermeier, que sonaba en el comedor. Era el pretexto ideal, se concentró en los repiques del gran reloj de pared como si aquel sonido metálico y tranquilizador fuese lo más importante del mundo.
– Es tarde, m'dame, il faut dormir-dijo, levantándose con tal rapidez que hasta parecía tener algo urgente que hacer y no podía esperar más.
Agnès se incorporó despacio.
– Tiene razón, Alphonse -coincidió-. Es tarde. Á demain.
– A demain, m'dame.
Afonso caminó hacia la habitación desgarrado por la duda: ¿ella lo deseaba realmente o todo no había sido más que un equívoco, una impresión errónea? Reconstruyó la conversación palabra a palabra y el baile paso a paso, intentó leer su mirada y su tono, recordó cuidadosamente cada expresión, se esforzó en interpretar las intenciones por detrás del menor acto, del menor gesto, y concluyó que sí, tal vez, era probable que ella desease ser seducida. Pensó entonces que no era más que un tonto, tenía allí a una de las mujeres más bonitas e interesantes que jamás conocería, le parecía cada vez más evidente que ella sentía debilidad por él, y él sin duda por ella, pero no había sido audaz, se había retraído, había dudado, se había acobardado. Era, sin embargo, más que eso. Ahondó en la introspección y descubrió que, en cierto modo, estaba también haciéndose pasar por un caballero, por un gran gentleman, protegiendo a un hombre que, en el fondo, le resultaba incluso desagradable. ¡Qué estúpido! ¡Estúpido, estúpido, estúpido! Sacudió la cabeza, con los ojos perdidos en el suelo. Pero no merecía la pena llorar ahora sobre lo que no se había consumado, no se había atrevido a besarla y había perdido la oportunidad, tal vez para siempre. Se desesperó, sintió ganas de dar media vuelta e ir corriendo en su busca, implorar que lo perdonase… Qué desperdicio, quién sabe si no acabaría muerto dentro de unos días y lo que tenía que decir quedaría sin decir y sin hacer. Pero nada hizo, a no ser encogerse de hombros, resignado. Correr tras ella no era más que una fantasía, tenía que conformarse, qué remedio, paciencia, ya estaba hecho, acaso era mejor que hubiera sido así.
El capitán entró en la habitación que le habían asignado, la misma de hacía diez días, cuando se hospedó por primera vez en el Château Redier. Encendió la lamparilla, vio la maleta que Joaquim había dejado junto a la cama de estilo Luis XV, se quitó la chaqueta y la colgó en una silla. Se sintió triste y solo. Fue al cabinet de toilette, giró la palanca del grifo y se lavó la cara en la porcelana del lavabo art nouveau, orinó en el inodoro Oneas del recinto contiguo, un inodoro decorado y de tanto refinamiento que daba pena ensuciarlo. Volvió a la habitación, se sentó en la cama, se descalzó las botas, desanudó lentamente la corbata verde pálido, se quitó el uniforme y se quedó en calzoncillos. Temblaba de frío, se acostó y se cubrió, encogiéndose y ovillando el cuerpo para calentar mejor las sábanas y las mantas. Cuando disminuyó el temblor, dejó asomar su cabeza por encima de las sábanas, extendió el brazo y apagó la luz. A oscuras, cerró los ojos, suspiró y pensó en Agnès, fantaseando con una respuesta diferente a la oportunidad que creía haber tenido quince minutos antes, haciendo planes para el día siguiente, imaginando llevarla a un lugar discreto donde le confesaría su amor con palabras románticas e irresistibles. Se sintió más tranquilo cuando decidió que actuaría así, atrevido y arrojado, aunque supiese, en lo más íntimo, que verdaderamente jamás tendría el valor de hacerlo: cuando llegase la mañana vería todo con otros ojos, las temerarias decisiones de la noche se transformarían en ingenuas ilusiones infantiles.
Un chasquido proveniente de la puerta deshizo las fantasías como una nube que se disuelve en el cielo. Afonso alzó la cabeza y miró hacia la entrada. Por momentos le pareció que todo era normal, pensó que tal vez había oído crujir una madera, posiblemente un mueble, debido a los sutiles cambios de temperatura; en resumidas cuentas, un ruido habitual en un palacete de aquellas dimensiones. Pero un nuevo sonido, ahora algo diferente, más suave y prolongado, confirmó que algo realmente pasaba. Afonso se sentó en la cama, alerta. Un tenue claror de luz surgió verticalmente de la entrada de la habitación, era la puerta que se abría, despacio.
– ¿Alphonse?
Los ojos del capitán se desorbitaron.
– ¿Alphonse?
– Oui?
Una silueta entró con una vela en la mano, los contornos de luz revelaron las líneas graciosas de Agnès, las sombras danzaban en su rostro fino, la penumbra acentuaba las curvas de la cintura y de los muslos y la protuberancia de los senos firmes que se insinuaban bajo el vestido color crema. La baronesa se detuvo, mirándolo, frágil, casi recelosa, sumisa incluso. El la miró, sorprendido. Agnès sonrió con timidez y dulzura, se acercó a pasos leves, se miraron de cerca, con el corazón palpitante, a saltos, se apretaron, envolviéndose en un abrazo, se besaron, tímidamente primero, con ansiedad después.
Afonso comenzó por la mejilla, bajó hasta los labios, los descubrió húmedos y blandos, entró con su lengua, la boca era dulce, caliente, acogedora; encontró en ella un sabor meloso que lo dejó ebrio, borracho de placer, perdido en una dimensión que no sabía que existiera, como si lo hubiesen arrancado de la realidad y lo elevasen a la eternidad. Afonso era una golondrina; Agnès, el cielo; ella, un lago; él, un nenúfar. Sintió el suave terciopelo de los gruesos labios rojos que lo recibía con pasión y supo entonces, en ese preciso instante, como si se tratase de una revelación, que esos mismos labios de miel eran su hado, que aquella boca caliente se había hecho para ser su casa, que aquella mujer tierna había nacido para ser su destino.
El deseo creció, se volvió irresistible, arrebatador, incontrolable, la respiración pesada, jadeante. Ella sintió que sus piernas Saqueaban, cayó en la cama y se perdió en las sábanas. El capitán le lamió la oreja derecha, bajó hasta el cuello y después, liberando sus senos del camisón, recorrió los pezones erectos con la lengua, los chupó y los lamió, eran rosados y firmes. Metió la mano por debajo del camisón, la ayudó a quitarse las bragas y la acarició entre las piernas. Después, cuando la sintió muy húmeda, se quitó los pantalones del pijama y buscó la entrada.