El Renault dobló en la esquina y se acercó al mercado, había más gente en las calles, se veían civiles, sobre todo viejos y niños. Al fondo reconoció una nuca, su corazón se aceleró, era Afonso. Agnès se llevó la mano a la boca, sobresaltada.
– Alphonse -murmuró.
Afonso estaba allí. Afonso caminaba por la acera inundada, veía su espalda, el coche se acercó, pasó junto a él, la francesa con el rostro pegado al cristal, con los ojos verdes bien abiertos, el automóvil se adelantó, ella se quedó mirándolo, confundida con el cristal, la nuca de él se hizo perfil y finalmente rostro. Afonso observaba distraídamente el suelo y tenía un cigarrillo en la comisura de los labios, pero el bigote era diferente y ella se dio cuenta, finalmente, de que no era él, no era Afonso, era otro, era un soldado canadiense. Agnès se recostó en el asiento, jadeante, asombrada, sorprendida consigo misma, con la mano en el pecho.
– ¿Me habré vuelto loca? -se interrogó-. Mon Dieu, ya lo veo por todas partes.
Matias, el Grande, se sentía cansado y con frío. Se mantenía alineado junto a los hombres del pelotón en la línea B, cerca de Deadhorse Corpse, integrando la formación de la tarde, denominada «A sus puestos», una rutina diaria directamente inspirada en el Stand To británico. El sargento Rosa dirigió la mirada al fondo de la trinchera, vio al capitán Afonso Brandão acercándose y les gritó a sus hombres.
– ¡Aaaaaa sus puestos!
El pelotón se cuadró de pie entre los hoyos cavados en el suelo blanco, haciendo sonar las botas y los metales de las armas y municiones con un fragor rápido, volvió el silencio y todos aguardaban la inspección del oficial. Afonso fue chapoteando por el barro y pisando copos de nieve hasta el punto donde los hombres se encontraban formados. Caminaba casi distraídamente, con un bastón de contera metálica que se balanceaba como un péndulo en el guante que cubría su mano izquierda, hasta que llegó junto al primer soldado del pelotón, Vicente, el Manitas, miró la Lee-Enfield e hizo una mueca de desaprobación, mientras un vaho de vapor le salía por la boca.
– Quiero este cañón limpio y aceitado.
– Sí, mi capitán.
El oficial pasó lentamente junto a los hombres del grupo, señalando con el bastón a un lado y a otro, poniendo reparos al equipamiento, a las armas, a las municiones, a los aparatos antigás. Reprendió a Baltazar, el Viejo, porque su respirador no estaba en la debida posición de alerta, puesto que, aunque la máscara estuviese suspendida por delante del pecho, como fijaba el reglamento, los muelles de la tapa se encontraban vueltos hacia fuera, lo que violaba las reglas establecidas. Afonso pasó delante de Matias, el Grande, e inclinó ligeramente la cabeza, en señal de que lo reconocía de la aventura de hacía dos semanas. Al final de la revista a los hombres, se detuvo junto al sargento Rosa.
– Sargento, quiero ver el material de la trinchera.
El sargento recorrió la trinchera con el oficial detrás. Le mostró las literas altas, los armeros, las bombas para sacar agua de las líneas, las piquetas y las azadas, los braseros, los pulverizadores Vermorel, las pistolas especiales para lanzar los «jerricanes» de iluminantes Verey, también llamados «Verey Lights» o «Very Lights», además de las sirenas Strombos y las campanillas de alarma. Lo más frustrante eran las bombas, que retiraban agua continuamente de las trincheras, por lo que los soldados seguían viendo el agua que brotaba del suelo fangoso o surgía del hielo acumulado, lo que volvía casi inútil todo el ejercicio. El capitán mandó limpiar algunas heces que vio incrustadas en las tablas de las pasaderas y ordenó que se reparasen dos banquetas estropeadas y un rollo de alambre de espinos que un Minenwerfer había roto dos horas antes, lo cual había provocado la aparición un cráter junto al parapeto de sacos de arena.
El sol, triste y agotado, se puso por detrás de las líneas portuguesas. La noche cayó, helada y oscura. El «A sus puestos» de la tarde terminó y se inició el periodo más difícil de la jornada. No había nada que el soldado temiese más que la noche, con sus misterios y peligros ocultos, con sus amenazas escondidas y sus silencios traicioneros. Afonso dio órdenes para que se apostasen cuatro centinelas de vigía, en vez de uno solo, como solía hacerse de día. Dos de los centinelas tenían que quedarse de pie, vigilando las líneas enemigas por el parapeto, y los otros dos podían sentarse en las banquetas. Al cabo de media hora, uno de los hombres de pie cambiaba de posición con uno de los sentados, y media hora después les tocaba el turno, a los dos restantes, de cambiar también de lugar. Se trataba de una forma de mantener siempre de vigía a un hombre con los ojos habituados a la oscuridad. A pesar de los mayores peligros de la noche, se dispensó a los snipers, dado que la visibilidad nocturna era nula y convenía proteger a los soldados.
Como comandante de la compañía de la derecha, a Afonso le correspondía asegurar los preparativos para la noche, previendo la posición de los centinelas, la fiscalización de la línea del frente y la divulgación de las órdenes del día. Esa noche había mandado efectuar varios trabajos de reparación de pasaderas, drenaje de trincheras y reposición de protecciones, además de ordenar la salida de varias patrullas de reconocimiento y otras de protección a los hombres que trabajaban con el alambre de espinos. Pero la orden más importante se refería a la salida de una patrulla de escucha, destinada a obtener informaciones sobre lo que ocurría en las posiciones enemigas.
El problema es que las noticias de Portugal concentraban la atención de todo el mundo; los soldados y oficiales especulaban sobre el futuro de su presencia en Flandes. Aún no se sabía a ciencia cierta cuál sería el rumbo de los acontecimientos, si el mayor Sidónio Paes vencería, si Portugal pondría término a su participación en la guerra, pero bastaba con que se planteara la hipótesis para minar el espíritu combativo. Nadie quería morir siendo tan próximo el regreso a casa, y por ello Vicente, el Manitas, y Abel, el Canijo, recibieron con disgusto la orden de prepararse para la incursión por la Tierra de Nadie. La orden vino de Afonso, pero la transmitió el sargento Rosa.
– Caramba, sargento, ¿por qué nosotros? -se quejó Vicente, gesticulando con vehemente indignación.
– Cállate y vístete -indicó Rosa, extendiéndoles a los dos hombres los impermeables blancos.
Estos uniformes se utilizaban con el fin de camuflarse en paisajes nevados y para que los soldados se confundiesen con el manto helado que lo cubría todo con una serenidad alba.
– Entonces, ¿por qué no viene también el capitán?
– Cállate y vístete.
– Siempre la misma mierda con los oficiales -murmuró Vicente, furioso, mientras se ponía los pantalones blancos con gestos bruscos-. Eructan después de comer filetes de pescado, y los que nos jugamos el pellejo somos nosotros. A ver si él tiene cojones para venir con nosotros.
– Ya te he dicho, Manitas, que te calles.
– Los gringos de la derecha ya han cambiado, mientras tanto nosotros aún estamos aquí, en esta pocilga, chapoteando en el barro como unos marranos.
Vicente se refería a la 25a División británica del XI Cuerpo, que ocupaba la línea a la derecha de Ferme du Bois y a la que, días antes, habían sustituido por la 42a División del XV Cuerpo del I Ejército de la BEF. Las tropas portuguesas empezaban a ver cómo sustituían a sus vecinos para que fuesen a descansar y aspiraban a lo mismo.