Los Chevallier fueron a almorzar unas crêpes au fromage et au jambon al restaurante entre el Palais du Costume y el edificio de Postes et Télégraphes, con vistas al lago y a la Torre Eiffel.
– Papá, ¿qué dice monsieur Dongot de las personas que vio por allí? -quiso saber Agnès mientras saboreaba el queso derretido dentro de la crepe.
– ¿Que vio dónde? ¿En Indochina?
– Sí.
– Dice que son unos salvajes, unos primitivos, parecen unos chinos oscuros y sólo comen arroz.
– ¿Son simpáticos?
– Da la impresión de que a monsieur Dongot no le gustan demasiado. -Guiñó el ojo-. Pero eso no quiere decir nada: probablemente a ellos tampoco les gusta monsieur Dongot.
Cogieron después un pequeño y simpático tren que circulaba por el perímetro de la Exposición y, confortablemente instalados en los asientos de los alegres vagones, admiraron la asombrosa torre, de cerca era sin duda mayor y más imponente de lo que parecía de lejos o en las ilustraciones y postales. Siguieron por el Quai d'Orsay para apreciar los palacios y pabellones a lo largo del Sena, donde estaban las delegaciones internacionales, el Reino Unido, España, Estados Unidos, Grecia, Portugal, Austria, y también las pequeñas delicias, cosas mignonnes como la Maison du Rire, el Grand Guignol, la Roulotte, la Chanson Française, los Tableaux Vivants, el restaurante rumano, el bistrot checo. Recorrieron la Esplanade des Invalides, con sus palacios consagrados al mobiliario, a la tapicería, a la porcelana, a la cristalería, y dieron media vuelta, nuevamente el Quai d'Orsay y después la plaza grande y bulliciosa del Champ-de-Mars, dejando atrás el monstruo de Eiffel y sumergiéndose en la larga alameda de plátanos gigantes, un jardín geométrico con césped, arbustos y arriates floridos, alrededor los elegantes edificios art nouveau de la Exposición Universal, una maravilla babilónica ornada de palacios colosales, todos animados por múltiples banderas tricolores, a la izquierda el magnífico Palais des Mines y de la Métallurgie, después el chic Palais des Fils, Tissus et Vêtements, seguido del imponente Palais des Industries Mécaniques, enfrente el imperial Palais de l'Electricité y el soberbio Château d'Eau. «Esperen hasta la noche, mes dames et messieurs, esperen hasta la noche para ver al hada electricidad iluminando estas maravillas, hasta la noche, sí, cuando la noche se hace día y el hombre triunfa sobre las tinieblas», clamó el guía. Agnès soñó con estas palabras, soñó con la noche iluminada por aquella hada encantada; mientras soñaba el tren sorteó una curva y pasó delante del quimérico Palais des Industries Quimiques, los kiosques à la musique siempre ejecutando ruidosas marchas militares, después el agitado Palais des Moyens du Transport, seguido por el macizo Palais du Génie Civil, finalmente el fino Palais de l'Enseignement, Sciences et Arts; el pintoresco tren completó el paseo y volvió a la Torre Eiffel, dirigiéndose ahora de nuevo hacia el Quai d'Orsay con destino a los Invalides, pero los Chevallier ya habían visto todo, ya era suficiente, ahora querían quedarse por aquí, era hora de ver las cosas más de cerca.
Se apearon y alzaron la cabeza, observando la enorme torre de hierro que escalaba el cielo frente a ellos.
– On y va?-preguntó Paul, desafiando a la familia a subir a lo alto de la torre.
– ¡Sí, vamos! -gritó el pequeño Gaston con entusiasmo, que daba saltitos de excitación.
– Ouuuiiii! -asintió François.
Las niñas y su madre se miraron, recelosas.
– ¿No será peligroso? -preguntó Agnès, que se acordó de las conversaciones en la tienda de su padre, sobre todo del argumento según el cual la torre estaba condenada a caerse por desafiar las leyes de la gravedad.
– Qué disparate, niñas -protestó Paul-. ¿Hemos venido a París y no vamos a subir a la torre? Para colmo, podemos ir en ascensor, es algo muy moderno, ya veréis.
Agnès siguió vacilante, con miedo a subir a semejante altura, pero, movida por la curiosidad, se unió al grupo: al fin y al cabo, era una aventura que compartiría más tarde con sus compañeras del instituto, si no subiese, se burlarían de ella todo el año. Los Chevallier se colocaron en la larga cola para subir a lo más alto de la torre. Cuando les llegó el turno, entraron en una gran caja acristalada. Se cerraron las puertas, la caja dio un tumbo, se estremeció y, ante la gran admiración de todos, comenzó a subir lentamente. Michelle se puso nerviosa y se tapó los ojos, pero su marido y sus hijos se mostraban excitadísimos, el ascensor se había inventado hacía pocos años y su instalación en la torre probaba que allí se había concentrado toda la tecnología punta. Subieron al primer piso, visitaron la sala de espectáculos, pasaron por los dos restaurantes y por el bar angloamericano, fueron a apreciar la vista y después se reunieron nuevamente en la cola del ascensor.
– Esta torre es una ciudad -comentó Paul, fascinado-. Una verdadera ciudad. ¿Habéis visto que allí hay también una tienda de tabacos y una de fotografías?
Se elevaron hasta el segundo piso, asombrados porque allí también había tiendas, un bar y una imprenta donde se imprimía una edición especial de Le Figaro. Dieron un nuevo paseo para observar París y se colocaron una vez más en la cola del ascensor para subir al tercer y último piso.
– Me parece que esta vez no subo -dijo Michelle, que cogió de la mano a Gaston y François.
– ¿Y por qué? -se sorprendió Paul.
– Es muy alto, me da miedo.
– A mí también me da miedo, papá -añadió Agnès.
– Pero ¿qué es lo que os da miedo, mon Dieu?
– Dicen que esto puede caerse.
– Pero ¡qué manía! Si se cae, ya estamos aquí, da igual que estemos en el segundo o en el tercer piso, es lo mismo. Además, ¿no queréis ir a visitar el sitio más alto del mundo?
– ¡Yo quiero ir, yo quiero ir! -gritaron Gaston y François a coro, sin parar de dar saltos.
Era una idea tentadora la de visitar la cúspide del mayor edificio del mundo y, a duras penas, Agnès se dejó convencer. A pesar de las vacilaciones, se armó de valor y fue a la cola con su madre y su hermana, la madre se quedó en el segundo piso con los dos hermanos, ellos llorando por quedarse atrás, Michelle diciéndoles que eran demasiado pequeños para aquellas alturas. Paul y las dos hijas entraron en el ascensor, Agnès cerró los ojos mientras subía la enorme caja, sólo los abrió cuando estuvo arriba para ver, recelosa y maravillada, la ciudad que se extendía a sus pies más allá de los cristales de protección, el Sena serpenteando lánguidamente con sus barcos de vapor o de vela, el Arco de Triunfo transformado a la distancia en un monumento minúsculo en el centro convergente de la Place de l'Etoile, el Sacré Coeur al fondo, Nôtre-Dame y el Louvre del otro lado; el Panteón, más alejado. Vista desde lo alto, París se asemejaba a una ciudad de juguete, una maraña de miniaturas que eran verdaderas réplicas de originales famosos, todo parecía cerca, de una sola mirada se veía el Bois de Boulogne y el Jardin des Tuileries, las personas no eran más que puntitos que se deslizaban por las aceras y se aglomeraban como un hormiguero por todo el Champ-de-Mars, el Trocadero, el Quai d'Orsay, los Invalides. La rueda gigante de la Grande Roue girando más allá de la Avenue de Suffren con sus vagones que se alzaban despacio, perezosamente, casi hasta los cien metros de altura, «qué miedo debe dar estar ahí arriba», comentó Agnès con mirada de espanto, ella también aquí arriba, pero en suelo firme, no en la desconcertante ondulación de la rueda gigante.
Esa noche fueron a cenar al restaurante Kammerzell, en cuyas paredes se anunciaban los sorprendentes espectáculos de Ballon Cinéorama. Hacía ya seis años que se hablaba de una importante innovación, la de las fotografías animadas, y esa novedad constituía uno de los platos fuertes de la Exposición Universal. Paul leyó en un folleto distribuido en el Kammerzell que las había inventado un «electricista» estadounidense llamado Thomas Edison, quien bautizó su sistema con el nombre de «kinetoscope». Decía el folleto que Étienne Marey hizo la primera demostración en Francia, y ese mismo año proyectó un film chronophotographique en la Academia de las Ciencias. A Agnès todo eso le pareció extraño y comentó que era imposible, las fotografías no podían moverse, y todos coincidieron con ella; sin embargo, los carteles en el restaurante y el folleto aseguraban lo contrario. A pesar de haber ido ya a París en años anteriores, Paul aún ignoraba aquella novedad y decidió informarse con el camarero cuando éste se acercó con la bandeja cargada de choucroute y cerveza.