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El hombre extendió un sobre amarillo. Afonso cogió el sobre, lo rasgó y se dispuso a leer el mensaje. Irritado, sus mejillas enrojecieron; Pinto se dio cuenta.

– ¿Algo grave?

– Estos tipos son unos cabrones -farfulló Afonso-. Esto no se hace.

– ¿Qué?

– Escucha -dijo, y leyó el mensaje en voz alta-: «Se deben tomar todas las medidas para el combate. Toda la artillería bombardeará durante media hora al enemigo a las diecisiete, a las diecinueve y a las veintiuna horas». -Levantó la cabeza y agitó el mensaje-. ¿Qué me dices?

– ¿En la víspera de la Navidad?

– Estos tíos están locos.

– Pero ¿qué bicho los ha picado?

– Yo lo sé. -Afonso suspiró y se levantó del catre, para salir del puesto-. Quieren asegurarse de que no habrá confraternización y han decidido ofrecer a los boches granadas como regalos de Nochebuena. Y a nosotros que nos zurzan.

– ¿Y ahora?

– Y ahora vamos a comunicarle a la gente que se prepare para la fiesta. Va a ser un jaleo de cojones.

Matías, el Grande, se acomodó lo mejor que pudo junto a los sacos de tierra de la línea B, en Copse Post, entre Port Arthur y Richebourg Avoué. El sargento Rosa había pasado por allí para comunicar que habría combate, la artillería iba a entrar en acción y era inevitable la contraofensiva enemiga, por lo que debían tomar las precauciones necesarias. En verano y en otoño, un aviso sobre la inminente entrada en acción de la artillería conduciría a todo el mundo a los refugios, pero en invierno, con el agua y el barro invadiéndolo todo, los refugios no ofrecían ninguna seguridad. Construidos en tierras arcillosas y con las paredes de barro, lo normal era que se desmoronasen completamente cuando los alcanzaba una granada alemana. No era la primera vez que morían así varios hombres, ahogados en la ola de fango que se abatía bajo el impacto de una explosión próxima. De ahí que, en invierno, el último sitio adonde iban los soldados durante un bombardeo enemigo eran justamente los refugios, a menos que se los construyese de hormigón. Preferían quedarse al aire libre, pegados a las paredes de las trincheras, rezándole a la Virgen para que los protegiese de las bombas y de las esquirlas.

– Manitas -interpeló Matias-. Pásame un cigarrillo.

Vicente sacó del bolsillo de la chaqueta un paquete de cigarrillos franceses, los Gauloises Bleues, y le dio uno a Matias.

– ¿Quieres fuego? -preguntó Baltazar, el Viejo, el veterano del grupo.

– Sí.

– Entonces espera a que la artillería abra fuego -respondió el serrano, que soltó una sonora carcajada.

Matias meneó la cabeza, paternalista.

– Eres realmente muy gracioso.

Baltazar tosía y se reía al mismo tiempo, divertido por la broma y sintiendo ya los síntomas de la tuberculosis. Abel, el Canijo, encendió una cerilla y Matias acercó la punta del cigarrillo, aspirando con fuerza.

– ¿Qué hora es? -quiso saber Vicente.

Matias consultó el reloj.

– Falta un minuto.

Se quedaron callados, temiendo la inminencia del estruendo.

– ¿Nos darán realmente bacalao para cenar? -preguntó Vicente, que rompió el tenso silencio.

– He ido a la cantina y Matos lo ha confirmado -dijo Matias-. Bacalao con patatas y aceite. Y habrá vino.

– Seguro que es una trola -rezongó Vicente, desconfiado de la calidad del tinto-. ¿ Y de postre?

– Arroz con leche.

– ¿No hay torrijas? -preguntó Abel, rascándose la cabeza piojosa-. Para mí, una Navidad sin torrijas no es Navidad.

– Joder, Canijo, mira que estás exigente -intervino Baltazar, ya recuperado del ataque de risa y de tos-. Dentro de poco vas a exigir cama con sábanas lavadas, almohadas y pijama. Y si estás agarrado a una tía con un respetable par de tetas y un buen felpudo, aún mejor.

Un violento rugido interrumpió abruptamente la conversación. El aire estalló y se sacudió, agitándose en ondas sucesivas, tremendas, y la tierra se puso a temblar bajo el impacto de los estallidos.

– Ha comenzado -gritó Vicente, más para sí mismo que para los demás.

Las detonaciones venían de atrás, seguidas por un zumbido que sobrevolaba las líneas y explosiones que se sucedían del lado alemán. Las baterías portuguesas se encontraban diseminadas por la línea de las aldeas, hacia la retaguardia, y disparaban furiosamente sobre las posiciones enemigas. Eran piezas de 75, de tiro tenso, y obuses de 4,5 pulgadas, con fuego más prolongado. Cada cañón descargaba cuatro tiros por minuto los primeros diez minutos, lo que provocaba un caos aterrador.

– ¿Habéis visto esta mierda? -preguntó Baltazar entre el rugido de la artillería portuguesa-. Qué falta de categoría, bombardear de esta manera al enemigo el día de Nochebuena. ¿Qué van a pensar los boches?

– Sí -coincidió Matías, el Grande-. No es nada católico. Van a creer que somos unos salvajes.

– Esto es realmente un golpe bajo.

– Bombardear a los boches en la víspera de Navidad nos va a traer mala suerte -vaticinó Vicente, impresionado por el cañoneo.

– Cállate, Manitas.

– Esperad a ver -repitió Vicente, alzando el índice como quien lanza una advertencia-. Esto nos traerá mala suerte.

Al cabo de diez minutos, el bombardeo disminuyó de intensidad. De cuatro tiros por minuto, la artillería portuguesa pasó a dos tiros por minuto. El estruendo siguió siendo violento, pero se notaba que ahora se había vuelto algo menos cerrado. Transcurrida media hora, el ataque se suspendió abruptamente.

El silencio volvió a las trincheras y los lanudos se quedaron apoyados en las paredes de barro, los sonidos de las baterías retumbaban aún en los tímpanos, todos esperando nerviosamente la respuesta de los alemanes.

– Deben de estar todos cabreados -susurró Baltazar, temiendo que hablar alto fuese la gota de agua que colmase el vaso de la paciencia del enemigo-. Esto va a traer tela, ya veréis.

Siguieron esperando, pero nada, los alemanes no se movieron, ni un tiro. Nada. Esperaron, esperaron, pero sólo respondió el silencio.

– Tragaron y callaron -comentó por fin Vicente, en el fondo sin creer que eso fuese verdad, era tal vez un deseo, una súplica, una esperanza.

Al cabo de quince minutos, sin embargo, empezaron finalmente a creer que no habría contraofensiva inmediata y se relajaron un poco, fumando un cigarrillo tras otro. Inesperadamente, Baltazar lanzó un grito de alarma.

– ¡Atención, gas!

Los compañeros dieron un salto y miraron con ansiedad alrededor, asustados, procurando evitar en vano la temida nube de color, mientras las manos acudían frenéticamente en busca de las máscaras.

– ¿Gas? ¿Dónde?

Baltazar hizo presión con su barriga y, con un ruido aparatoso, liberó la flatulencia retenida en los intestinos.

– Gas alubia -exclamó el Viejo antes de echarse a reír de nuevo a carcajadas-. Categoría, categoría.

Los hombres se miraron, agobiados, y volvieron a sentarse. Matias suspiró y se quedó meneando la cabeza, con una sonrisa condescendiente dibujada en los labios.

– Muy gracioso.

Instantes después, el sargento Rosa apareció en el lugar y se sentó en cuclillas junto a los hombres. Venía jadeante, el temor de la contraofensiva alemana lo obligaba a correr agachado, lo que resultaba agotador. Aprovechó la pausa en la ronda para recuperar el aliento.

– ¿Y? -jadeó-. ¿Novedades?

– Los boches están quietos, mi sargento -informó Matias.

– Ya me he dado cuenta.

– ¿Por qué razón hay tan pocos hombres nuestros en las trincheras, mi sargento?

– La brigada dio orden de dispersar a la gente por los campos, allá atrás, en la línea de las aldeas, por si se produce la contraofensiva de los boches.

– ¿Y nosotros?

– Alguien tenía que quedarse en las trincheras, ¿no? Les ha tocado a ustedes y a unos cuantos más.