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Mucho, muchísimo, pareció extrañarle a la señora que la atendió que la pelirroja y espigada señorita de ojos verdes y perfecto acento insistiera tanto, pero bueno, qué podía hacer ella, le pagaban un sueldo por informar y no por preguntar. O sea que buscó direcciones de Residencias para jovencitas y, al llegar a lo de Residencias de, efe, ge, hache, i, etcétera, se encontró con algo que sólo podríamos calificar de muy Dupont, en francés, de muy Pérez, en castellano, y de muy Smith, en inglés, en fin que se encontró con toda una diarrea de RESIDENCIAS PARA SEÑORITAS.

– ¿Tiene preferencia por algún barrio, señorita? -le preguntó, ya casi con piedad, la Informadora.

– Con uno bien frecuentado bastará -le respondió Fernanda María, con la sonrisa pertinente en estos casos y la educación esa.

Realmente muerta de pena, ya, porque por bien frecuentado se puede entender también todo lo contrario, la Informadora del Servicio Nacional de Ferrocarriles de Francia le entregó un papelito a Fernanda María, con nueve pésimas direcciones y sus trágicos teléfonos correspondientes.

– Me suena esto de Pigalle -fue todo lo que comentó Mía, cuando le echó una ojeadita al papelito, con la sonrisa pertinentemente agradecida y un Merci beaucoup, madame… Et bonsoir, madame, merci.

Luego hizo feliz con la propina a un cargador parisino, por primera y última vez en esta vida, y se empinó y alargó integérrima a la izquierda (como Rafael Dulanto, cuando la imitó en una embajada banana), aunque por completo inútilmente, en vista de que el suyo era ya el primer lugar en la cola y el taxi que tenía a sus pies era también el primero en la cola de taxis y el suyo, jeune fille.

Y, como momentos antes la señora de la ventanilla Información-París, el viejo taxista, que de todo había visto en esta vida de conductor by night, et à Paris on voit des ces choses, merde, casi se muere de pena cuando la jeune fille, tan pecosita y jovencita y ojos verdes y flaquita, le dijo que sí, con pertinentísima insistencia y trocito de sonrisa amable, que cualquiera de esas nueve direcciones le convenían perfectamente, y que así se lo habían enseñado a ella en sus largos años de internado suizo.

O sea que ya muerto de pena, la dejó el viejo taxista, que hasta esta noche habría jurado que ya lo había visto todo en esta vida, porque eso de internado le resultó ser una forma muy cruel y eufemística de referirse al pan y al vino con nada menos que una muy pecaminosa dirección, en la que acababa de depositar diríase que a un ángel tan femenino y delgaducho y pelirrojo y niñita…

– Eh oui, on finit jamais d'apprendre, a Paris, merde… Et on aura tout vu… Et vaut mieux prendre sa retraite… Ah, merde, ça oui, et ce soir même, que je te dis -le concluyó, al cabo de un rato, el conductor nocturno a su esposa, muriéndose de pena mientras le pedía otro aguardiente muy seco y sus pantuflas para siempre, putain.

Y, aunque dice que exagero, pero que, en fin, ella entiende que así es la libertad en el arte, Fernanda Mía nunca ha negado por completo, digamos, el contenido de aquella extensísima canción-protesta, con música e ideas mías pero con experiencias y letra suyas (el disco se vendió bastante bien en España y México, sobre todo, y repartimos ingresos que, en más de una oportunidad, a Mía la ayudaron una pizquita en sus mudanzas mil), según la cual tardó, de puro decente y burguesita podrida y niña bien tenía que ser, íntegra una semana en darse cuenta del lugar tan dramático en que se había metido, algo así como una mezcla de Ejército de Salvación, burdel arrepentido ma non troppo, Amnistía Internacional, y Centro No Lucrativo de Rehabilitación Juvenil La Recaída. Y ya empezaba a llenarse de amigas bastante exageradas en el vestir y pintarrajearse, esto sí que es verdad, Juan Manuel, cuando a la que peor gusto tenía de todas, a la más pintamonos, pobrecita, con lo buena que era en el fondo, se le descubrió tremenda recaída en lo prohibido y en plena Résidence de jeunes filles, nada menos, donde había montado toda una trata femenina de blancas para fetichistas de la recaída clandestina, con pías oraciones y todo. Fernanda María de la Trinidad del Monte Montes, recién entonces, pensó que tal vez no sería mala idea llamar a su embajada y consultar, por un si acaso.

La sacaron de las orejas, por supuesto, y fue el propio Rafael Dulanto quien, por orden de su señor embajador, y con la más estricta reserva diplomático-policial, se encargó de recoger el equipaje de Fernanda María y de dejarla comodísimamente instalada en la residencia de la embajada, donde la señora embajadora lloró de pena y todo por los padres de Fernanda María, gente tan como nosotros, como debe ser, y se ocupó personalmente de vigilar día y noche, sobre todo de noche, a la párvula esta, no vaya a ser que, encima de lo que debe haberle costado su educación en Estados Unidos y Suiza a una gente que ya no está para esos sacrificios económicos y sobre todo que, si mal no recuerdo, son cuatro o cinco sus hermanas, o sea que con ella cinco o seis mujeres y ningún varón y es una fortuna ya muy dividida la de los del Monte Montes, no pues, no vaya a ser que encima de todo reincida Fernanda María en equivocarse, que así dice ella que ha sido todo, un error entre el francés de su internado y el más actualizado del mundo actual, aunque yo prefiero ver, para creer.

Pocas semanas después, Fernanda María resultó ser tan buena e inteligente y hacendosa, y haber estado tan pero tan equivocada, que el todo París centroamericano ya sabía la historia de la señorita del Monte Montes, en todo tipo de versiones e interpretaciones, pero siempre con felicísimo final de perdices mil, como en unas Mil y una noches, pero tan expurgaditas todas ya que tuvo que ser la propia Fernanda María la que les devolvió lo que de tremendo tuvieron sus siete noches entre el bien y el mal, con toditita su sal y su pimienta, para que fuera asimismo tremendamente divertido el asunto aquel tan feo en que se vio envuelta, de puro imbécil que la dejan a una esas buenas educaciones.

«Aunque ponga usted Fernanda del Monte, y punto, señor. Y aquí entre usted y yo, dejémonos ya de tanta joda de María de la Trinidad, de nombre, y de apellidos del Monte Montes, para colmo de males, porque así es la gente allá en mi pueblo, y a mucha honra, aunque aquí estamos en otro pueblo y yo lo que necesito es que mi nombre quepa en algún formulario…» A medio mundo le repetía esto Mía, mientras buscaba trabajo en cinco idiomas leídos y hablados que ni se nota cuál no es el suyo. Y todo el mundo quedaba como encantado de la vida con lo pelirroja y ojos verdes y narizudita linda que era la flaquita pecosa y tan despierta y vivaracha. ¿Qué era lo que buscaba exactamente Fernanda del Monte y punto, laboralmente? Pues cualquier cosa en la que pudiera ser muy útil y tomarse su tiempito libre para ir convalidando sus diplomas suizos y estudiar arquitectura pero sin costarle un centavo más a nadie nunca jamás, esto es lo que busco, señoras y señores, y se nombra In-de-pen-den-cia.

Y así, entre señoras y señores fue pasando una entrevista y un examen de prueba tras otro, Mía, y de la noche a la mañana y nuevamente como en Las mil y una noches, aunque nunca mejor dicho, en este caso, se convirtió en Correctora de estilo en jefe de Julio Cortázar, que trabajaba de Corrector de estilo en subalterno, en la Unesco, y asimismo le corregía el castellano de sus transmisiones para América latina a Mario Vargas Llosa y el de su redacción del Correo de la Unesco a los poetas Jorge Enrique Adoum, al que adoraba, y a otro al que no debía querer mucho que digamos, porque siempre se refirió a él con el calificativo de Argentino hasta la muerte, con un tonito bastante sentencioso en una persona tan per bene, en todo, como Mía, para qué, y eso a mí no me gustaba.

Porque fue entonces cuando la conocí por segunda vez, en lo que para mí, valgan verdades, era literalmente un mundo raro, un mundo que me quedaba grande, demasiado elegante, un mundo que comía y bebía en los lugares en los que yo, con muchísima suerte, lograba terminar una canción antes de que me sacaran a empujones, y ni siquiera con una pasadita de gorra.

Pero creo que ya es hora de que me vaya presentando, al menos como era entonces, creo yo. De nombre Juan Manuel Carpio, limeño de segunda generación, tórax andino y lo demás también aindiado, pues mi abuelo paterno era andahuaylino con quechua como lengua materna, y puneña, también con quechua predominante, mi abuela materna, aunque salieron adelante en su inmigración capitalina mis abuelos, y ya mi padre fue vocal de la Corte Superior y todo, y a mí me envió a la ya entonces cuatricentenaria Universidad Nacional Mayor de San Marcos, Facultad de Letras, especialidad de literatura, con una vocación atroz, y, yo diría, casi renacentista, pues nada humano me era ajeno, cuando de escritura se trataba, o sea desde la Biblia hasta el boom latinoamericano, que es más o menos por donde andaba yo cuando zarpé a Europa con mi primera guitarra, tras haber ganado dos juegos florales y haberme convertido, ya con mi diploma en el bolsillo, en el poeta joven del año en que se nos va a París, como César Vallejo, pero con guitarra.

Porque también compongo la música para mis poemas, aunque esto sí que autodidactamente, pero con un espíritu tan abierto y unos horizontes tan vastos que realmente, buen conocedor del francés y el inglés, y también chamuscador de mi poquito de italiano y alemán, he logrado apretar casi tanto como he abarcado. A saber: desde la Canción de Rolando hasta el Mío Cid, pasando por Georges Brassens, Noel Coward, Cole Porter, Frank Sinatra, Drunky Beam, Tony Bennet, Dean Martin, Sammy Davis Jr., Edith Piaf, Yves Montand, Aretha, Sarah, Billie, Ella y Marlene, Los Panchos, Nat King Cole bilingüe, México lindo y querido, Carlitos Gardel, Lucho Gatica, Daniel Santos, Beny Moré, Atahualpa Yupanqui, Raimon, Joan Manuel Serrat, Luis Llach, Paco Ibáñez, Pablo Milanés, Silvio Rodríguez, y un largo etcétera.