Y la decisión última, el fallo inapelable, la sentencia de aquel concienzudo jurado sentimental y tolerante fue que alquilaría un departamento bastante grande y cómodo en Cala Galdana, primera línea de mar y todo, en fin lo justo, y lo más equitable y equilibrado, también, para que ahí nadie se ensimismara o se pusiera mustio, ni quisiera matar a nadie, tampoco, en las felices y ansiadas aunque delicadas semanas que íbamos a estar juntos, y para que la linda Mariana se pasara íntegro el tiempo sonriente y cariñosísima, como era ella, y para que tanta vacación ante tanta agua del mar Mediterráneo, o sea todo lo contrario de las feroces costas pacíficas de sus océanos natales y habituales, obrara el milagro de que el pobrecito tarantulado parara de una vez de rascarse y dejara vivir en paz a su madre en mis brazos.
Porque valgan verdades, no bien Mía me llamó para decirme qué día, a qué hora, y en qué vuelo aterrizaban en Mahón, y no bien le hube contado lo de un departamento frente al mar y con muchas habitaciones con vistas para que el pobrecito de Rodrigo y los pobrecitos de nosotros, etcétera, ya no pude dormir más en «Canseco», por culpa de Flor a Secas, ni tampoco en el hotel en que alquilé un cuarto para dormir algo, siquiera, aunque esta vez por culpa de que se me hacían eternos los días que faltaban para volver a abrazar a Mía, así como después fueron eternas las horas y sucesivamente fueron eternos los minutos y los segundos, y eterno el aterrizaje del avión, y la recogida de equipajes, más la aduana, eternas ambas porque finalmente llegaban en un vuelo internacional, y así, tras haber vivido una suerte de De aquí a la eternidad, y, en absoluto «presa de mil contradicciones», por primera vez en mucho mucho tiempo, no bien vi aparecer a mi flaca pelirroja esbelta pecosita y elegantísimamente narigudita Fernanda María de la Trinidad del Monte Montes, no bien la vi mirar buscándome ansiosa, verme y sonreírme exacta a ella misma desde siempre, la convertí en la pelirroja Deborah Kerr del beso más largo de la historia del cine y el borde del mar, en De aquí a la eternidad, y empecé a besarla eternamente al borde del mar en Cala Galdana, y la besé y la besé tal como la besé también los días y sus noches siguientes, o sea hasta convertirme yo en el Burt Lancaster de aquella película que marcó mi adolescencia, con lo cual ya se pueden imaginar ustedes cómo y cuánto nos besamos Mía y yo, al borde del mar y no, porque ella de blanquinosa y bonita y pelirroja y distinguida, pues tanto y hasta mucho más que Deborah Kerr, pensándolo bien, pero lo que es yo, de Burt, esto sí que ya es bastante más difícil, debido a que mis abuelos paternos inmigraron a Lima de Andahuaylas y hablando aún más quechua que castellano, y también mis abuelos maternos inmigraron así, pero de Puno, y de ahí el tipo tan aindiado que me caracteriza en la funda de mis discos y la tapa de mis cassettes, sobre todo de perfil, que es el lado que más explota mi agente. O sea, pues, que lo de ser Burt Lancaster y además espigadísimo y además atlético y en truza, al borde de un mar norteamericano, incluso, di-fi-ci-lí-si-mo, si no im-po-si-ble. Y, sin embargo, nuestros besos lo lograron. Al borde del mar, y no, con olas, y no, en la playa, y no, en la arena, y no, de aquí a la eternidad, y no, y en nuestras tiernas noches de amor y de búsqueda del tiempo perdido, y sí. Y qué alegre, qué alegre, qué alegre y qué alegre, fue el comentario que más le escuché decir a Mía, en público y en privado, mientras Mariana y Rodrigo se perdían por unas alejadas rocas, rascándose cada vez menos, él, disfrutando cada vez más de aquel verano, ella, y sólo reaparecían a las horas de las comidas, disfrutando como nunca de una vacación, Mariana, con sus nueve añitos ya, y rascándose cada vez menos él, con sus ya, pues sí, ya tiene sus doce añitos, caray, parece mentira, Juan Manuel…
– ¿Qué parece mentira, Mía? ¿Que haya cumplido los doce años o que se rasque cada vez menos por minuto?
– Las dos cosas, Juan Manuel Carpio, qué alegre.
Nos traían erizos para el almuerzo y la comida, los hermanitos, y los preparaban a la chilena, o así decían ellos, celebrando, probablemente sin darse cuenta, siquiera, par de angelitos, la única contribución que hizo jamás su padre a su educación y cultura. Y alegremente los comíamos y alegremente los digeríamos y alegremente el postre y la sobremesa con mi guitarra arrulladora, también, pero un día amaneció en que, excepcionalmente, aunque debo confesar que la vida es así porque aquella excepción se repitió luego más de una vez, Fernanda no dijo qué alegre al despertar la mañana conmigo a su lado, aunque sí me sonrió y me deseó amable los buenos días con beso en la frente, y me agradeció por enésima vez la invitación a primera línea de mar con tal cantidad de vistas, en fin, lo nunca visto, Juan Manuel Carpio. Pero la muy desgraciada y siempre adorada, hasta hoy no me ha contado por qué varias veces no dijo, matinal, desnudita y soñadora, qué alegre es abrir los ojos a tu lado con vista al mar, mi amor, aunque yo siempre he sospechado que fue porque, de golpe y porrazo, debí dejar de parecerme eternamente a Burt Lancaster, y, tras haber soñado con Flor a Secas, en voz alta, recuperé íntegro lo aindiado y poco esbelto de frente y de perfil que le debo a los seres que me trajeron al mundo, en Lima, ya en segunda generación urbana, por más que luego lograran darme íntegra una educación blanca y costeña, y tan occidental y cristiana como la que ya había recibido mi padre, que hasta vocal de la Corte Superior de Justicia llegó a ser, cuando en el Perú esto significaba algo, además. Y, como mi padre en el campo de las leyes, también yo destaqué muchísimo, pero en la facultad de Letras, especialidad de literatura, en la Universidad Nacional Mayor de San Marcos, la más antigua de América y mi eterna alma máter, y hasta gané dos juegos florales seguidos, siendo además declarado poeta joven del año, por unanimidad, poco antes de zarpar rumbo a Europa, aunque el poeta y alumno Carpio más bien canta y no declama, un poco como Brassens en Francia, aunque, valgan verdades, Carpio toca todavía mejor la guitarra, y la música que compone, señores miembros del jurado, autodidactamente, además, tiene…, tiene…, sí, tiene algo de Atahualpa Yupanqui y hasta de Edith Piaf, me atrevería a decir, si me fuerzan un poquito…
– Lo que tiene, con su permiso, señor decano, es un gran porvenir por delante. Y debería viajar, por ejemplo, a París, porque yo creo que lo único que le falta es un poquito más de hambre, como a nuestro inmortal César Vallejo con aguacero en la Ciudad Luz…
– Usted limítese a sus actas, señor secretario…
En fin, As time goes by, que se dice.
Pero debo decir, también, en honor a la verdad, que qué no hice desde aquella primera mañana en que Mía no me dijo qué alegre, antes y después de darme sus Gracias a la vida, que me ha dado tanto. Empecé, por ejemplo, a encontrarlo yo todo qué alegre, incluso fingiendo que aún dormía y soñaba en voz alta con ella y Burt Lancaster a su lado, o sea el mío y yo, pero, o Fernanda era la mujer más inteligente e intuitiva del mundo, o yo soñaba pésimo en voz alta, porque lo cierto es que cuanto más soñaba y soñaba, incluso con la voz de mis mejores conciertos, arrullándole además inéditas canciones de amor, sin lugar a dudas fruto de un soñar largo y profundamente enamorado, más aindiados amanecíamos el día, yo, y hasta la vista al mar. Y terminé, también, por ejemplo, porque ya ni me acuerdo de la cantidad de trucos ni del orden en que los utilicé, para que, a diario, Fernanda volviera a decirme qué alegre, al despertar la mañana, literalmente terminé intentando violarla dormido como un tronco, aunque siempre imitando en mis sueños al más fino, elegante y refinado Burt Lancaster del Gatopardo, pero lo menos que puedo decir es que, ya no sólo sus muslos, como en el poema de García Lorca, sino Fernanda enterita se me escapaba como el más sorprendido de los peces. Y así hasta que una mañana, ya no sólo me harté de despertar tan aindiado como siempre, sino que, cual Burt Lancaster furioso en película de serie negra, se me salió el indio, como decimos en el Perú, y:
– ¡Carajo! -le grité-. ¡Flaca de mierda! ¡No me he gastado un platal en alquilar este departamento para que te me pongas a extrañar al alcohólico de Enrique!
El resto, cualquiera se lo puede imaginar. De aquí a la eternidad se convirtió ipso facto en la versión invertida de Gilda, o sea Mía en Glenn Ford y yo en Rita Hayworth, y la bofetada de la película me sonó tan fuerte en la mejilla que, en la cama camarote de su dormitorio, despertaron, sobresaltados y nerviosos, Mariana y Rodrigo, más un día nubladísimo, al abrir las vistas, y ya desde el desayuno de fingidas sonrisas, fracasados abrazos, y besitos-umhuufff, te como, Rodrigo, picadito de mi corazón, sin resultado alguno, el tarantulado empezó a rascársenos casi tanto como el día en que aterrizó en Menorca y, esa misma noche, a la hora de la comida, ya se nos estaba rascando casi tanto como el día en que lo vio el médico en Londres, por primera vez, lo cual me dio tanta pena que estuve horas rascándome la cabeza y piensa y piensa en una salida negociada a una crisis tan grave como estremecedora. Debo confesar, eso sí, que Mía también se rascó muchísimo la cabeza y que a cada rato los dos nos mirábamos nuevamente con amor y compinchazgo, y que, por momentos, hasta estuvimos a punto de convertirnos en pensantes estatuas de Rodin, a fuerza de rascarnos.
Y tengo el inmenso honor y placer de haber sido yo quien vio tierra primero, aunque bueno, esto ya medio mundo lo sabe, como también sabe, porque Fernanda y yo lo hemos contado en mil y una entrevistas, al menos por el urbi et orbi hispanohablante, cómo empezó todo aquel día feliz de Cala Galdana, en que yo grité: «¡Tierra! ¡Tierra! ¡Se me acaba de ocurrir una idea genial, Mía!», poniendo en marcha todo un proyecto literario y musical, que no sólo le resolvió para siempre todos los problemas económicos a Mía, con el paso de los años, sino que ha logrado que hoy ya haga rato que Rodrigo y Mariana sean dos cum laude de Harvard y hasta posean sendas fincas de vacación veraniega en la costa salvadoreña. Él es especialista en seguir ganando dinero en la bolsa de Nueva York, y ella en adorar a un hijito que tiene por nombre de pila mi nombre y apellido, o sea que se llama Juan Manuel Carpio y se apellida primero Monte Montes y después, la verdad, nadie se acuerda muy bien cómo se apellida la criatura, araucanotamente, eso sí.