Por fin regresada de la cocina, de ayudar en todo: Fernanda María de la Trinidad del Monte Montes.
No me pidieron que cantara, felizmente, e incluso Rafael Dulanto tuvo el gesto de pedirme algo que yo encontré cosa de amigos, simbólica, noble, generosa: que le entregara mi fatigado abrigo y mi gorra de andar cantando y estirando la mano por París. Y esto, y unos cuantos pasos más que di para llegar al centro de la sala y saludar a todos, coincidió cronométricamente con el instante en que Fernanda María salía de la cocina y era la chica que yo había visto en Roma, meses atrás, y con el instante en que también yo me convertí para ella en el cantante que se equivocaba con las bonitas tan flaquitas de la Plaza España.
– Qué alegre -exclamó ella, con tal refinamiento, que ni se le notaron siquiera los signos de exclamación.
– It's the wrong time and the wrong place -escuché que comentaba alguien, por algún lado, con una voz muy grave y melodiosa, como quien sigue el sonido de un instrumento sumamente triste.
– Es Frank Sinatra -me aclaró Fernanda María, agregando-: Te juro que lo puse sin saber siquiera que estabas por llegar, o sea que si quieres lo quito, ahoritita mismo.
– Hola, Plaza España -le sonreí, acercándome para besarla entre amigos, en París, en las dos mejillas y eso, y diciéndole al mismo tiempo que a lo hecho, pecho, y que hay golpes, en la Plaza España, tan fuertes, yo no sé…
– Tienes toda la razón del mundo, ahí fue -me dijo Fernanda María, anunciándome sólo esta parte de su nombre y aprovechándose de que estábamos entre amigos y era ya casi Navidad y París y Notre Dame y esas cosas de la Plaza España, para colocarme una mano en cada hombro, inclinarse, bañarme en su perfume, y ahogar su cabellera roja y sus ojos verdes y su nariz del diablo, maravillosamente en el cojín de mi pecho, lado izquierdo.
– It's all right with me -comentó, melodioso y grave, Sinatra, entre resignado, buena gente, y su poquito de latin lover, también.
– Qué alegre -exclamó Fernanda, con la sordina de mi solapa puesta en sus labios, y agregando-: Tú déjamelo a mí, y vas a ver lo alegre que es.
Después, me fui bebiendo, por Luisa, y uno tras otro, cada vaso de whisky que tuve a mi alcance, mientras Fernanda María continuaba llamándole señor don Miguel Ángel Asturias a don Julián d'Octeville y González Prada, limeñísimo hijo de un francés que llegó al Perú a fundar la bolsa de Lima y casóse con la hermana de nuestro ilustre don Manuel González Prada, histórico ciudadano y pensador que se pasó la vida furioso, por aquello de nuestro infame pacto nacional de decir las cosas a media voz, que asimismo mandó a los viejos a la tumba y a los jóvenes a la obra, y a su sobrino Julián lo mandó a París, a componer sinfonías, y mientras éste la llamaba a ella mademoiselle del Sacromonte, mientras una y otra vez el Maestro Bailarín intentaba bailar de nuevo con Fernanda María, y mientras ella intentaba inútilmente pasarse la noche pegadita al desastre que era yo por entonces.
Bailamos una sola vez, y por supuesto que con Frank Sinatra refiriéndose con su voz más grave a que aquel 23 de diciembre de 1967, y el departamento con vista maravillosa de Rafael Dulanto, no eran precisamente el momento ni el lugar más apropiados para conocernos, pero que bueno, habría que conformarse.
– It's poignant and it's sad -me dijo Fernanda María, alzando su cabellera roja de mi solapa izquierda y clavándome tal mirada de ojos verdes, que sólo así entendí que poignant, en inglés, quiere decir amargo y algo más, y triste y algo más, e hiriente y algo más.
Y, desde esa noche, esta canción titulada It's all right with me, ha sido, para Fernanda María y para mí, eso que los seres que se aman llaman Nuestra canción, y bailan hasta que la muerte los separe, y aunque ya no controlen su orina y eso. En fin, que esta canción, que en castellano podría traducirse por otra que habla de una sombra de odio, o algo así, que se cruzó en el camino de Dos almas que en el mundo, había unido Dios…, siguió incluso después, cuando la voz de Frank Sinatra desapareció y la orquesta que lo acompañaba continuó pautándonos la vida con sus últimos compases, y tanto que Fernanda María y yo nos pusimos de acuerdo en que, para bien o para mal, nuestra historia había comenzado, esta vez sí, con nombres y apellidos, y en que, así como ella tenía su Prehistoria para mí, yo también la tenía para ella, porque hablándole de la gente que iba a asistir esa noche a su fiesta prenavideña, Rafael Dulanto le había dicho, hace unos días, y mostrándole una foto en la que estábamos Luisa y yo:
– Mira, a este muchacho también lo voy a invitar.
– Y esta mujer tan increíblemente bella que está a su lado, ¿quién es, Rafael? -le preguntó ella.
– Quién era, mejor dicho. Pues nada menos que la esposa del muchacho que voy a invitar. Lo abandonó de la noche a la mañana, y el pobre anda que para qué te voy a contar.
– Qué extraño, Rafael…
– Qué extraño qué, Fernanda…
– Pues que siento como si a esa mujer la odiara con toda mi alma y de toda la vida.
– Ni que la conocieras, oye…
– Ni en pelea de perros, pero…
– Pero qué.
– Mira, Rafael. Óyeme bien, por favor. Óyeme como el hermano mayor que no tengo, y eso. Y como el hombre que hasta me ha rescatado de los bajos fondos…
Bueno, digamos que…
– Dios mío, qué horror. Mejor no digamos nada.
Se mataron de risa, recordando lo de la Residencia de señoritas, en el café Old Navy, boulevard Saint Germain, pleno corazón del Barrio latino, Mía y Rafael, que pensar que ya murió, y:
– Bueno, sí, hermano mayor. Yo a este hombre que está en esta foto con esta rubia de-tes-ta-ble, lo conozco o lo quiero… Perdón…
– Mira, Fernanda. Explícate un poquito más lento y más claro, por favor. Porque como que tu hermano mayor te está resultando bien bruto.
– ¡Que yo a este hombre lo conozco y lo quiero desde antes de conocerlo y de quererlo, carajo, Rafael! ¡Si es facilísimo!
– Eso mismo. Facilísimo. Y ahora sí que ya está todo requeteclaro, claro que sí. Pero yo sigo en Babia, con tu perdón…
– Y además lo conozco desde antes de conocerlo desde antes. ¿O no conoces tú el poema ese de Gertrude Stein: A rose is a rose is a rose is a rose is a rose is…?.
– Basta ya, hermana mía, que me estás mareando.
– Y a mí también este vino tinto, pero pidamos otro y brindemos por…
– Juan Manuel Carpio. Peruano…
– Y trovador globe trotter, de gorra extendida y monedita… ¿No te acabo de decir que por ahí, por algún lado, como que lo conozco desde que nací?
– Pidamos otro tinto rápidamente, hermanita, por favor…
It's all right with me… Recuerdo -y aún se me bañan los ojos en lágrimas de amor, de amistad, de hermandad, de complicidad, de misterio y de confianza, y de tú y yo algo tenemos de todo eso, algo y mucho, Mía- que esto le dije, también yo, a Fernanda María, aquella madrugada del 23 de diciembre… Bueno, aquella madrugada ya del 24 de diciembre y tremendamente jingle bells y triste en que recorrimos abrazadísimos de frío y de mi borrachera el zigzagueante y breve camino que llevaba hasta su casa linda para mí, mundo raro para mí, mucha casa, mucho París, mucha muchacha flaquita y linda para mí, mucha pelirroja pecosa del alma para mí, en el número 17 de la rue Colombe, y cruzando el Sena sin mirarlo, porque también el agua que pasa bajo sus puentes se había llevado a Luisa, no sólo un avión…
Pero bueno, estaba también all right with me, y subimos a tomar la del estribo, como quien dice, y de alguna manera aún no he vuelto a bajar más de aquel cuarto, quinto, sexto piso, púchica que ya ni me acuerdo, pero qué manera de recordarlo y llevarlo en el alma siempre.
Y esto, muy precisamente esto, es lo que yo entiendo por llevar en el alma siempre. Consiste, para empezar, en sentirme verdaderamente querido por lo que valgo, o sea nada, esa noche de diciembre y Navidad de mierda de 1967 en París, en que mientras me hundía en el sofá más cómodo en que en mi vida había hundido mi naufragada humanidad, una muchacha ya casi doble te ayuda a quitarte el abrigo y te jura que esa mañana, no bien se despierte, va a correr a comprarte una gorra nueva y muy Merry Christmas, porque Dios mío, sólo a ti se te ocurre andar con una gorra tan revieja, aj, qué asco, Juan Manuel Carpio, y ahora déjame que te sirva algo y si quieres te caliento también algo de comer, porque en toda la noche no has probado un bocado… Debería estar ofendidísima, ahora que lo pienso, porque casi toda la comida la he llevado o la he cocinado yo.
– Caliéntame un whisky sólo con hielo, entonces…
– Oye, fui yo quien dijo primero que para mí estaba all right, pero…
– All whisky, por favor…
– Lo que el señor mande, sí.
Me quedé dormido con media botella del estribo, pero no sin antes haber andado con la carota medio hundida en el corazón delicioso y como delicadísimo de Fernanda María, medio como auscultando, en realidad, el asunto tan raro ese de que su nariz me encantase, de que en mi vida, ni siquiera en la canción al respecto, había visto unos ojos verdes como aquellos ojos verdes, de mirada Fernanda María, de que una cabellera tan roja y tan bella ni en el cine en tecnicolor-pantalla panorámica, la había visto jamás, de que estaba profunda, conmovedora, terrible, total, comodísima, somnolientísima, patética, y bostezadísimamente de acuerdo en quedarme dormido en aquel fuera de lugar y en el momento menos apropiado, también, y mientras desde aguas muy arriba del río Sena, no, tan feo no podía ser el río Sena, o sea que era desde las inmundas aguas del río Rimac muy arriba, cruzando el Atlántico y llegando a Lima, que me estaba haciendo ese adiós tan triste pero tan pelirrojo y tan cómodo y tan tierno, Luisa…