– Eso está bien. ¿ Y por qué están en Brookhaven?
– ¿Tiene usted ambiciones políticas, señor Fisk? ¿Alguna vez se ha planteado la posibilidad de liarse la manta a la cabeza y presentarse a las elecciones para un cargo en la Administración?
– La verdad es que no.
– Pues bien, hemos hecho nuestras averiguaciones y creemos que es usted un excelente candidato para el tribunal supremo estatal.
Fisk se echó a reír ante semejante disparate, aunque su risa nerviosa invitaba a pensar que lo supuestamente gracioso no lo era en realidad. Era muy serio. Podía continuar.
– ¿Averiguaciones?
– Desde luego. Dedicamos mucho tiempo a buscar candidatos que a) nos gusten y b) puedan ganar. Estudiamos a los rivales, las elecciones, la demografía, la política, en realidad, todo. Nuestro banco de datos es incomparable, así como nuestra capacidad para encontrar importantes recursos financieros. ¿ Le gustaría oír más?
Fisk se echó hacia atrás en su sillón reclinable, puso los pies en el escritorio y colocó las manos detrás de la nuca. -Por supuesto, cuénteme por qué está aquí.
– Estoy aquí para reclutarle para que se enfrente en las elecciones de noviembre a la jueza Sheila McCarthy del distrito sur de Mississippi -anunció con firmeza-. Puede batirla. No nos gusta ni ella ni su historial. Hemos analizado las decisiones que ha tomado en estos últimos nueve años en la magistratura y creemos que es una liberal acérrima que hasta ahora ha conseguido casi siempre ocultar su verdadera afiliación. ¿ La conoce?
Fisk casi temía contestar que sí.
– Nos hemos visto una vez, de pasada. En realidad no la conozco.
De hecho, según la investigación que Zachary había llevado a cabo, la jueza McCarthy había participado en tres resoluciones en casos relacionados con el bufete de Ron Fisk y siempre había fallado en contra. Fisk había defendido una de las causas, un proceso muy discutido sobre el incendio premeditado de un almacén. Su cliente había perdido por cinco votos a cuatro. Era bastante probable que no le tuviera gran aprecio a la única magistrada de Mississippi.
– Es muy vulnerable -dijo Zachary.
– ¿Por qué cree que puedo ganarla?
– Porque usted no tiene problemas para definirse como conservador, alguien que cree en los valores familiares. Además, nuestra experiencia nos permite dirigir campañas relámpago y disponemos de los fondos.
– ¿De verdad?
– Por descontado. Ilimitados. Somos socios de gente poderosa, señor Fisk.
– Por favor, llámame Ron.
«Te estaré llamando pequeño Ronny antes de que te des cuenta.»
– Sí, Ron, coordinamos la recaudación de fondos con grupos que representan a bancos, aseguradoras, compañías energéticas, grandes empresas, estoy hablando de dinero de verdad, Ron. A continuación, ampliamos el horizonte para incluir a grupos que nos son más afines: las asociaciones de cristianos conservadores, las cuales, por cierto, son capaces de reunir cantidades ingentes de dinero durante los momentos álgidos de una campaña. Además de representar el grueso de los votantes.
– Haces que parezca fácil.
– Nunca es fácil, Ron, pero no perdemos casi nunca. Hemos perfeccionado nuestras técnicas en más o menos una docena de elecciones por todo el país y nos estamos acostumbrando a cosechar victorias que sorprenden a mucha gente.
– Nunca he ejercido de magistrado.
– Lo sabemos y por eso nos gustas. Los jueces que han ejercido antes en los tribunales toman decisiones drásticas y las decisiones drásticas a menudo son controvertidas porque dejan rastro, facilitan un historial que los oponentes pueden utilizar contra ellos. Con el tiempo, hemos aprendido que los mejores candidatos son jóvenes brillantes como tú que no arrastran el peso de decisiones anteriores.
La inexperiencia nunca le había sonado tan bien.
Se hizo un largo silencio, que Fisk aprovechó para poner en orden sus pensamientos. Zachary se levantó y se acercó a la pared donde estaban expuestas sus credenciales: diplomas, menciones del Rotary Club, fotos en las que se le veía jugando al golf y algunas otras de la familia: la adorable esposa, Dore en; Josh, de diez años, con el uniforme de béisbol; Zeke, de siete, con un pez casi tan grande como él, y Clarissa, de cinco, vestida de futbolista.
– Bonita familia -dijo Zachary, como si no supiera nada de ella.
– Gracias -dijo Fisk, sonriendo complacido.
– Unos niños preciosos.
– Son los genes de la madre.
– ¿Es tu primer matrimonio? -preguntó inocentemente Zachary, como si tal cosa.
– Sí. Conocí a Doreen en la universidad.
Zachary ya lo sabía, eso y mucho más. Regresó a su asiento y volvió a adoptar la misma postura de antes.
– Hace mucho que no lo miro, pero ¿cuánto pagan ahora? -preguntó Fisk, en cierto modo incómodo.
– Ciento diez -contestó Tony, reprimiendo una sonrisa.
Estaba haciendo más avances de lo que hubiera imaginado.
Fisk hizo una pequeña mueca, como si no pudiera permitirse una rebaja salarial tan drástica; sin embargo, empezaba a marearse ante el mundo de posibilidades que se abría ante él.
– Entonces estáis reclutando candidatos para el tribunal supremo estatal-dijo, medio aturdido.
– No para todas las circunscripciones electorales. Aquí tenemos buenos jueces, a los que apoyaremos si les salen competidores, pero McCarthy tiene que dejar el cargo. Es una feminista y es muy blanda con los delincuentes. Vamos a sacarla de ahí y espero que su puesto lo ocupes tú.
– ¿Y si digo que no?
– Entonces iremos a por el siguiente de la lista. Tú eras el primero.
Fisk sacudió la cabeza, azorado. -N o sé, será difícil dejar el bufete.
Al menos consideraba la posibilidad de dejar la firma. El anzuelo estaba en el agua y el pez lo estaba mirando. Zachary asintió, dándole la razón, ofreciéndole toda su comprensión. El despacho de abogados estaba formado por un hatajo de burócratas muy quemados, que se pasaban el tiempo tomando declaración a conductores borrachos y resolviendo topetazos extrajudicialmente el día antes de ir a juicio. Fisk había estado haciendo lo mismo una y otra vez durante catorce años. Todos los casos eran iguales.
Escogieron un reservado en una pastelería y pidieron un helado con frutas y nueces.
– ¿Qué es una campaña relámpago? -preguntó Fisk. Estaban solos. Los demás reservados estaban vacíos. -Básicamente es una emboscada -contestó Zachary, calentando motores para su tema favorito-. Ahora mismo, la jueza McCarthy desconoce que tiene un rival. Cree, espera, de hecho está segura de que nadie va a enfrentarse a ella. Tiene seis mil dólares en su cuenta de campaña y no va a recaudar ni un centavo más si no es necesario. Digamos que decides presentarte. La fecha límite de presentación es de aquí a cuatro meses y esperamos hasta el último minuto para anunciar tu candidatura. Sin embargo, nos ponemos manos a la obra ahora mismo: formamos un equipo, recaudamos el dinero, imprimimos los carteles, las pegatinas de coche, los folletos, el material para la publicidad por correo. Grabamos los anuncios televisivos, contratamos a lo,s asesores, a los encuestadores y toda la pesca. Cuando te anunciamos, invadimos el distrito de publicidad. La primera arremetida se hace con el material amable: tú, tu familia, tu pastor, el Rotary Club, los Boy Scouts. La segunda es una mirada crítica, pero sincera al historial de McCarthy. Tú empiezas a hacer campaña como un loco. Diez discursos diarios, todos los días, por todo el distrito. Te llevamos de un lado al otro en aviones privados. Ella no sabrá por dónde empezar, se sentirá superada desde el primer día. El 30 de junio, recibes un millón de dólares para los fondos de tu campaña, cuando ella no habrá reunido ni diez mil. Los abogados litigantes se unirán y recaudarán algo de dinero para ella, pero será como un grano de arena en el desierto. Después del Día de los Trabajadores, el 1 de septiembre, empezamos a pegar fuerte con los anuncios de televisión. McCarthy es blanda con los delincuentes, con los gays, con las armas, está en contra de la pena de muerte… No podrá recuperarse.