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– ¿Al senador Rudd le interesa este asunto? -preguntó Fisk, inocentemente.

Tony lo miró con recelo. ¿Cómo se podía ser tan ingenuo? -Por supuesto. El senador Rudd está muy relacionado con los tipos que acabas de conocer. Mantiene un historial de voto perfecto en lo que se refiere a esa gente. Fíjate que he dicho perfecto. No de un 95 por ciento, sino perfecto. Uno de los únicos tres que hay en el Senado, y los otros dos son principiantes.

¿Qué diría Doreen de esto?, pensó Ron. ¡Iba a comer con el senador Rudd, en Washington! Estaban cerca del Capitolio cuando la limusina torció hacia una calle de un solo sentido.

– Nos bajamos aquí-dijo Tony, antes de que el conductor tuviera tiempo de apearse.

Se dirigieron a una puerta bastante estrecha, junto a un viejo hotel conocido como el Mercury. Un portero ya mayor, vestido con uniforme de color verde, frunció el ceño al verlos acercarse.

– Venimos a ver al senador Rudd -dijo Tony, con sequedad, y el ceño se suavizó ligeramente.

Una vez en el interior, los acompañaron a través de un comedor desierto y sombrío y cruzaron un pasillo.

– Son las estancias privadas del senador -le dijo Tony, en voz baja.

Ron estaba francamente impresionado. Se fijó en la alfombra gastada y en la pintura desconchada, pero el viejo edificio todavía conservaba un aire de elegancia decadente. Tenía historia. Se preguntó cuántos tratos se habrían cerrado entre aquellas paredes.

Entraron en un pequeño comedor privado al final del pasillo, donde se desplegaba la ostentación del verdadero poder. El senador Rudd estaba sentado a una mesita, con el móvil pegado a la oreja. Ron no lo conocía personalmente, pero desde luego le resultaba familiar. Traje oscuro, corbata roja, una lustrosa mata de cabello canoso, bien peinado hacia un lado, que se le aguantaba con cantidades ingentes de fijador, y un rostro grande y redondo que parecía expandirse con los años. No menos de cuatro de sus gorilas y ayudantes revoloteaban a su alrededor como abejas enfrascados en inaplazables conversaciones por el móvil, seguramente entre sí.

Tony y Fisk esperaron, observando el espectáculo. El gobierno en acción.

De súbito, el senador cerró el teléfono y las otras cuatro conversaciones concluyeron casi en ese mismo instante.

– Fuera -farfulló el hombre, y sus subalternos se desperdigaron como ratones asustados-. ¿Cómo estás, Zachary? -preguntó, levantándose.

Se llevaron a cabo las debidas presentaciones y charlaron sobre banalidades unos momentos. Daba la impresión de que Rudd conocía a todo el mundo en Brookhaven, tenía una tía que había vivido allí y era todo un honor recibir a ese señor Fisk del que tanto había oído hablar.

– Volveré dentro de una hora -dijo Tony en cierto momento, y desapareció.

Lo sustituyó un camarero vestido de etiqueta.

– Siéntate -insistió Rudd-. La comida no es gran cosa, pero al menos hay intimidad. Como aquí cinco veces a la semana.

El camarero obvió el comentario y les ofreció los menús. -Es precioso -dijo Ron, mirando a su alrededor, fijándose en las paredes, llenas de estanterías abarrotadas de libros que nadie había leído o les había sacado el polvo en un siglo.

Estaban comiendo en una pequeña biblioteca. No le extrañaba que fuera tan íntimo. Pidieron sopa y pez espada a la parrilla. El camarero cerró la puerta al salir.

– Tengo una reunión a la una -dijo Rudd-, así que vayamos al grano.

Se puso azúcar en el té helado y lo removió con la cuchara de la sopa.

– Perfecto.

– Puedes ganar las elecciones, Ron, y Dios sabe que te necesitamos.

Lo había dicho el rey, y horas más tarde podría repetírselo a Doreen hasta la saciedad. Era la garantía de un hombre que no había perdido nunca, y según esa salva inicial, Ron Fisk era un candidato.

– Como ya sabes -continuó Rudd, porque en realidad no estaba acostumbrado a escuchar, sobre todo en conversaciones con políticos de poca monta-, no me inmiscuyo en las elecciones locales.

El primer impulso de Fisk fue echarse a reír, a mandíbula batiente, pero enseguida comprendió que el senador hablaba muy en seno.

– Sin embargo, estos comicios son muy importantes.

Haré lo que esté en mi mano, que no es poco, ¿verdad?

– Por supuesto.

– He hecho amigos poderosos en este mundillo y estarán encantados de apoyar tu campaña. Solo tengo que hacer un par de llamadas.

Ron asentía con educación. Dos meses atrás, Newsweek había publicado un artículo de portada sobre las montañas de dinero que movían los grupos de presión en Washington y los políticos que las utilizaban. Rudd era el primero de la lista. Había recibido más de once millones de dólares para su campaña, a pesar de que era muy poco probable que hicieran falta unas elecciones. La idea de un rival viable era tan ridícula que ni siquiera se tomaba en consideración. Estaba a las órdenes del gran capital -banca, aseguradoras, petroleras, industria minera, defensa, farmacéuticas-, no había sector empresarial que escapara a los tentáculos de su máquina de recaudar dinero.

– Gracias -contestó Ron, sintiéndose obligado a hacerlo.

– Mis amigos pueden reunir mucho dinero. Además, conozco a gente en las trincheras. El gobernador, los legisladores, los alcaldes. ¿Has oído hablar alguna vez de Willie Tate Ferris?

– No, señor.

– Es un alcalde que lleva ya cuatro mandatos en el condado de Adams, tu distrito. He sacado a su hermano de la cárcel en dos ocasiones. Willie Tate pateará las calles por mí. Además, es el político más influyente de la zona. Una llamada y el condado de Adams es tuyo.

Chasqueó los dedos, como si los votos ya estuvieran en las urnas.

– ¿Has oído hablar de Link Kyzer? ¿El sheriff del condado de Wayne?

– Tal vez.

– Link es un viejo amigo. Hace dos años necesitaba coches de patrulla, radios, chalecos antibalas, armas y demás. El condado no le daba ni una mierda, así que me llama. Vaya Homeland Security, hablo con unos amigos, hago un poco de presión y el condado de Wayne recibe de repente seis millones de dólares para luchar contra el terrorismo. Ahora tienen más coches patrulla que policías para conducirlos. Su sistema de radio es mejor que el de la Marina y, mira por dónde, los terroristas han decidido no acercarse por el condado de Wayne.

– Se echó a reír de su broma y Ron se sintió obligado a acompañarlo. No había nada como gastarse unos cuantos millones del dinero del contribuyente-. ¿Necesitas a Link? Pues ya tienes a Link y el condado de Wayne -le prometió Rudd, mientras tomaba un buen sorbo de té.

Con dos condados bajo el ala, Ron empezó a pensar en los restantes veinticinco del distrito sur. ¿Iba a pasar la hora siguiente escuchando batallitas para cada uno de ellos? Esperaba que no. Llegó la sopa.

– Esa chica, McCarthy -dijo Rudd, entre sorbos-, nunca ha estado a bordo de nuestro barco.

– Crítica que dejaba traslucir que el senador Rudd no recibía su apoyo-. Es demasiado liberal. Además, de hombre a hombre, no está hecha para la toga negra. Ya me entiendes.

Ron asintió con la cabeza levemente, sin apartar los ojos de la sopa. No le extrañaba que el senador prefiriera comer en privado. Ron comprendió que Rudd ignoraba el nombre de pila de McCarthy y que, de hecho, sabía muy poco de ella, salvo que era mujer y, por tanto, en su opinión estaba fuera de lugar.