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Al quedarse a solas de nuevo con sus clientes, Tony pareció repentinamente cansado.

– Mirad, sé que es mucho de golpe. Debéis perdonarme, pero todo el mundo está muy ocupado y el tiempo es fundamental. Pensé que una sola reunión sería más productiva que tener varias por separado.

– No te preocupes -dijo Ron; el café estaba haciendo efecto.

– Recordad, esta es vuestra campaña -continuó Tony, muy seno.

– ¿Estás seguro? -preguntó Doreen-. Pues no lo parece.

– Ya lo creo, Doreen. He reunido al mejor equipo que puedas encontrar, pero podéis prescindir de quien queráis ahora mismo. Solo tenéis que decirlo y me pongo de inmediato a buscar un sustituto. ¿Hay alguno que no os guste?

– No, solo es que…

– Es abrumador -admitió Ron-, nada más.

– Por supuesto que lo es, es una campaña muy seria.

– Las campañas serias no tienen por qué ser abrumadoras.

Sé que soy un novato en esto, pero no soy idiota. Hace dos años, en la campaña de McElwayne, el aspirante recaudó y se gastó unos dos millones de dólares e hizo una buena campaña. Nosotros estamos barajando cifras mucho mayores. ¿De dónde va a salir el dinero?

Airado, Tony cogió sus gafas de lectura y una de las carpetas.

– Bueno, creía que lo habíamos visto -dijo-. Vancona ha repasado las cifras.

– Sé leer, Tony -le contestó Ron, con brusquedad, desde el otro lado de la mesa-. Ya he visto los nombres y los números, pero esa no es la pregunta. Lo que quiero saber es por qué esas personas están dispuestas a aflojar tres millones de dólares para apoyar a alguien del que ni siquiera han oído hablar.

Tony se quitó las gafas lentamente, con cierta exasperación.

– Ron, ¿acaso no lo hemos discutido ya montones de veces? El año pasado, Visión Judicial invirtió casi cuatro millones de dólares para que un tipo saliera elegido en Illinois. Nos gastamos cerca de seis millones en Texas. Son cifras escandalosas, pero ganar se ha puesto muy caro. ¿ Quién firma los cheques? Los tipos que conociste en Washington, el movimiento a favor del desarrollo económico, los cristianos conservadores, los médicos que creen que el sistema abusa de ellos, personas que piden un cambio y que están dispuestas a pagar por él.

Ron bebió más café y miró a Doreen. Se hizo un largo silencio.

– Mira, si quieres dejarlo, solo tienes que decirlo -dijo Tony, con suavidad, arrellanándose en la silla y aclarándose la garganta-o No es demasiado tarde.

– No vaya dejarlo, Tony -contestó Ron-, pero esto es demasiado para un solo día. Todos esos asesores profesionales y…

– Yo me ocuparé de esa gente, ese es mi trabajo. El tuyo es salir ahí fuera y convencer a los votantes de que eres su hombre. Los votantes, Ron y Doreen, jamás verán a esas personas. Ni a ellos ni a mí, gracias a Dios. Tú eres el candidato y será tu rostro, tus ideas, tu juventud y tu entusiasmo lo que los convencerá. No yo. No unos cuantos asesores.

El cansancio se apoderó de ellos y pospusieron la conversación. Ron y Doreen recogieron las voluminosas carpetas y se despidieron. Regresaron a casa en silencio, aunque bastante tranquilos. Cuando atravesaron el desierto centro de Brookhaven, habían vuelto a recuperar la emoción ante el reto que tenían por delante.

Su señoría Ronald M. Fisk, juez del tribunal supremo del estado de Mississippi.

16

La jueza McCarthy entró despreocupadamente en su despacho a última hora de la mañana del sábado y lo encontró desierto. Dio un rápido repaso al correo mientras encendía el ordenador. Una vez conectada, revisó su cuenta oficial de correo electrónico, donde recibía la habitual correspondencia judicial, y su dirección personal, donde le había llegado un mensaje de su hija en el que esta le confirmaba la hora de la cena de esa noche en su casa, en Biloxi. También tenía mensajes de dos hombres, uno con el que había estado saliendo y otro con quien tal vez podría hacerlo.

Se había puesto unos vaqueros, unas zapatillas deportivas y una chaqueta de montar de tweed marrón que su ex marido le había regalado hacía años. Los fines de semana no había normas en el vestir, porque por allí solo aparecían los letrados.

El suyo, Paul, apareció de la nada sin hacer ruido. -Buenos días -la saludó.

– ¿Qué haces tú aquí? -le preguntó.

– Lo de siempre, repasar expedientes.

– ¿Algo interesante?

– No. -Le lanzó una revista sobre el escritorio-. Este está de camino. Podría ser divertido.

– ¿Qué es?

– El gran veredicto del condado del Cáncer. Cuarenta y un millones de dólares. Bowmore.

– Ah, sí -dijo ella, recogiendo la revista.

Todos los abogados y jueces del estado aseguraban que conocían a alguien que sabía algo sobre el caso Baker. Los medios de comunicación le habían concedido una amplia difusión, tanto durante el proceso como, sobre todo, después de la sentencia. Paul y los demás letrados solían comentarlo. Lo seguían con atención, anticipándose a la llegada de los escritos de apelación con varios meses de antelación.

El artículo informaba sobre todo lo relacionado con el lugar de los vertidos, Bowmore, y el litigio que siguió. Había fotos de la pequeña ciudad, medio deshabitada y con las ventanas de las casas tapadas con tablas; fotos de Mary Grace contemplando la valla de alambre de cuchillas que rodeaba la planta de Krane y sentada con Jeannette Baker a la sombra de un árbol, cada una de ellas con una botella de agua; fotos de una veintena de las supuestas víctimas: negros, blancos, niños y ancianos. Sin embargo, el personaje principal era Mary Grace y su importancia crecía a medida que el artículo avanzaba. Era su caso, su causa. Bowmore era su pueblo y sus amigos estaban muriendo.

Sheila terminó de leerlo y de repente le aburrió estar allí.

Tardaría tres horas en llegar a Biloxi. Salió del tribunal sin toparse con nadie más y puso rumbo hacia el sur, sin ninguna prisa. Se detuvo a repostar en Hattiesburg y, llevada por un impulso, torció hacia el este, con una repentina curiosidad por el condado del Cáncer.

Cuando le correspondía presidir un juicio, la jueza McCarthy solía pasear por la escena del suceso para echar por sí misma un vistazo furtivo al lugar. Los detalles imprecisos acerca de la colisión de un camión cisterna en un puente muy transitado se esclarecieron después de pasarse una hora en dicho puente, sola, de noche, a la misma hora en que se había producido el accidente. En un caso de asesinato, desestimó la alegación de defensa propia del acusado después de aventurarse en el callejón donde había sido descubierto el cadáver. La luz se proyectaba con fuerza a través de una de las ventanas de un almacén e iluminaba la escena. Durante el juicio por una muerte en un paso a nivel, condujo por aquella carretera de noche y de día, se detuvo en un par de ocasiones para dejar pasar a los trenes y acabó convencida de que toda la culpa recaía en el conductor. Opiniones que se guardaba para ella, por descontado. El jurado era el juez de hecho, no el magistrado, pero una extraña curiosidad solía atraerla a la escena donde se había cometido el crimen. Quería saber la verdad.

Bowmore era un lugar tan inhóspito como describía el artículo. Aparcó detrás de una iglesia, a dos manzanas de la calle principal, y bajó a dar un paseo. Era muy poco probable que hubiera otro BMW descapotable rojo en el pueblo y lo último que deseaba era llamar la atención.

Tanto el tráfico como el comercio languidecían para ser sábado. La mitad de los escaparates estaban cubiertos con tablones y solo unos cuantos de los que sobrevivían estaban abiertos. Una farmacia, un economato y otros cuantos comercios menores. Se detuvo en el despacho de F. Clyde Hardin amp; Associates. Recordaba que el artículo lo mencionaba.

Igual que el Babe's Coffee Shop, donde Sheila se sentó en un taburete de la barra con la esperanza de enterarse de algo sobre el caso. No la defraudaron.