Cuando ya la gente empezaba a dar la reunión por concluida, Willy Benton se puso en pie en uno de los extremos de la mesa y solicitó un momento de atención. Tenía un papel en las manos, escrito por delante y por detrás.
– Es un pagaré, una garantía de una línea de crédito del Gulf Bank de Pascagoula -anunció, y más de un abogado consideró la posibilidad de esconderse debajo de la mesa. Benton era conocido por pensar a lo grande y por el dramatismo de sus intervenciones-o Medio millón de dólares -dijo, lentamente, mientras la cifra resonaba por toda la habitación- a favor de la campaña para la reelección de Sheila McCarthy. Yo ya lo he firmado y voy a pasarlo por la mesa. Somos doce y se necesitan diez firmas para que sea efectivo. Cada uno responderá de cincuenta mil dólares.
Silencio sepulcral. Todos se miraban nerviosos. Algunos ya habían contribuido con más de cincuenta mil dólares, otros con mucho menos. Algunos se gastarían esa misma cantidad en combustible para su avión privado al mes siguiente, otros tenían que vérselas cada dos por tres con sus acreedores. Independientemente del estado de sus cuentas en esos momentos, a todos y cada uno de ellos les entraron ganas de estrangular a ese bastardo.
Benton tendió el pagaré al pobre desgraciado que tenía a su izquierda, uno de los que no tenían avión privado. Por fortuna, ese tipo de situaciones se darían pocas veces a lo largo de su carrera. Si firmaban, serían los tipos duros que no temían abandonarse a la suerte. Si lo pasaban sin firmar, más les valía largarse a casa y dedicarse al negocio de las inmobiliarias.
Firmaron los doce.
28
El nombre del pervertido era Darrel Sackett. La última vez que se le había visto tenía treinta y siete años y estaba en una prisión del condado a la espera de un nuevo juicio, acusado de abuso de menores. Desde luego parecía culpable: frente achatada, mirada inexpresiva, ojos saltones agrandados por unas gafas con cristales de culo de botella, barba irregular de una semana, una gruesa cicatriz en la barbilla… Un rostro que pondría en alerta a un padre o a cualquiera. Pedófilo con largo historial, había sido detenido por primera vez con dieciséis años. A esa primera detención le habían seguido muchas otras y había sido condenado al menos en cuatro ocasiones en cuatro estados diferentes.
Los votantes censados del sur de Mississippi conocieron a Sackett, con su rostro aterrador y sus antecedentes penales, a través de una llamativa publicidad por correo enviada por una nueva organización, esta vez una llamada Víctimas en Rebeldía. La carta de dos páginas era a la vez una biografía de un criminal y un resumen de los terribles errores del sistema judicial.
«¿Por qué está libre este hombre?», decía la carta. Respuesta:
Porque la jueza Sheila McCarthy revocó una condena de dieciséis cargos por abuso de menores. Hacía ocho años que un jurado había condenado a Sackett y el juez lo había sentenciado a cadena perpetua sin libertad condicional. Su abogado -pagado por los contribuyentes- apeló el caso, que llegó al tribunal supremo, donde «Darrel Sackett cayó en los comprensivos brazos de la jueza Sheila McCarthy». McCarthy condenó a los honrados y trabajadores agentes que le habían arrancado una confesión completa. Los reprendió por lo que ella consideraba incorrectos métodos de búsqueda e incautación de pruebas. Arremetió contra el juez que había presidido el juicio, una persona muy respetada y conocida por su mano dura con los delincuentes, por admitir como prueba la confesión y los objetos encontrados en el apartamento de Sackett. (El jurado quedó visiblemente afectado cuando se le obligó a ver el alijo de pornografía infantil de Sackett encontrado por la policía en un registro «legal».) McCarthy aseguró que sentía desprecio por el acusado, pero su excusa fue que no le quedaba más remedio que revocar la sentencia y exigir la repetición del juicio.
Sackett fue trasladado de la prisión estatal a la del condado de Lauderdale, de la que escapó una semana después. No se sabía nada de él desde entonces. Estaba ahí fuera, «un hombre libre», sin duda ejerciendo su violencia contra niños inocentes.
El último párrafo acababa con la habitual perorata contra los jueces liberales. En la letra pequeña se decía que el panfleto contaba con la aprobación de Ron Fisk.
Se habían omitido convenientemente varios hechos relevantes. Primero, que el voto del tribunal fue de ocho a uno a favor de la revocación de la sentencia y de la repetición del juicio. Las diligencias policiales habían sido tan chapuceras que cuatro jueces habían redactado dictámenes concurrentes incluso más duros que el de McCarthy para condenar la confesión forzada y el registro injustificado e inconstitucional. La única opinión disidente había sido la del juez Romano, un insensato que jamás había revocado una sentencia criminal y que en privado juraba no tener intención de hacerlo nunca.
Segundo, Sackett había pasado a mejor vida. Había muerto hacía cuatro años en una reyerta en un bar de Alaska. La noticia de su muerte no había llegado a Mississippi y cuando se archivó su expediente en el condado de Lauderdale, no hubo ningún periodista presente que diera fe de ello. Gracias a su investigación exhaustiva, Barry Rinehart sabía la verdad, aunque no Importara.
La campaña de Fisk estaba por encima de la verdad. El candidato estaba demasiado ocupado para preocuparse por los detalles y había depositado toda su confianza en Tony Zachary. La campaña se había convertido en una cruzada, una llamada de las alturas, y si algunos hechos se tergiversaban ligeramente o incluso se pasaban por alto, estaba justificado por la importancia de su candidatura. Además, se trataba de política, un mundo donde todo valía, y si algo sabían era que el otro bando tampoco estaba jugando limpio.
La verdad nunca había detenido a Barry Rinehart. Lo único que le preocupaba era que pillaran sus mentiras. La historia era más impactante si un loco como Darrel Sackett estaba ahí fuera, suelto, vivito y coleando y dedicándose a sus indecentes hazañas. Un Sackett muerto era una idea reconfortante, pero Rinehart prefería el poder del miedo. Además, sabía que McCarthy no podía contraatacar. Había revocado la condena, así de sencillo. Cualquier intento por explicar sus razones sería inútil en un mundo de anuncios de treinta segundos y citas cortas con gancho.
Después del impacto del anuncio, a McCarthy solo le quedaría intentar borrar a Sackett de su mente.
Sin embargo, después del impacto, se sintió obligada a revisar el caso. Vio el anuncio en internet, en la página de Víctimas en Rebeldía, después de recibir una llamada desesperada de Nat Lester. Paul, su letrado, encontró el caso y lo leyeron en silencio. Sheila lo recordaba vagamente. En los ocho años que habían pasado desde entonces, había leído cientos de escritos y redactado cientos de dictámenes.
– Hiciste lo que había que hacer--dijo Paul, cuando acabó.
– Sí, pero ¿por qué ahora parece una terrible equivocación? -dijo ella.
Había estado trabajando duro y tenía la mesa llena de libretas de media docena de casos. Estaba aturdida, desconcertada. Paul no contestó.
– Me pregunto qué será lo siguiente -dijo Sheila, cerrando los ojos.
– Seguramente un caso de pena de muerte, y volverán a escogerlo con sumo cuidado.
– Gracias. ¿Algo más?
– Por supuesto. Hay un montón de material en estos libros. Eres jueza. Cada vez que tomas una decisión, alguien pierde. A estos tipos no les importa la verdad, por eso pueden hacer que todo suene mal.