Marlin lo encontró en el bar a media tarde, tomando una copa, calentándose para otra larga noche de mesas. Después de una pequeña charla, Marlin fue al grano.
– Nos gustaría que te retiraras de las elecciones -dijo-, y que cuando te despidas apoyes a Ron Fisk.
Clete entrecerró los ojos. Unas arrugas profundas surcaron su frente.
– ¿Cómo?
– Ya me has oído.
– No estoy seguro de haberte oído bien.
– Te pedimos que te retires y que apoyes a Fisk. Es sencillo.
Coley apuró su vaso de ron sin apartar la mirada de Marlin.
– ¿Y qué más? -preguntó.
– No hay mucho más que decir. Tus posibilidades son muy remotas, por decirlo suavemente. Has hecho un buen trabajo, has animado el catarro y has atacado a McCarthy, pero ha llegado el momento de echarle un cable a Fisk para ayudarle a salir elegido.
– ¿ Y si no me gusta Fisk?
– Estoy seguro de que tú tampoco le gustas a él, pero eso es irrelevante. La fiesta ha terminado. Te lo has pasado bien, has salido en los titulares, has conocido a gente muy interesante por el camino, pero has dado tu último discurso.
– Las papeletas ya están impresas y mi nombre aparece en ellas.
– Eso significa que tus cuatro fans se quedarán con un palmo de narices, jqué lástima!
Coley dio un nuevo trago al ron.
– Vale, cien mil por entrar, ¿cuánto por salir?
– Cincuenta.
Sacudió la cabeza y miró las mesas de blackjack a lo lejos. -N o es suficiente.
– No estoy aquí para negociar. Son cincuenta mil en efectivo. La misma maleta que antes, aunque no tan pesada. -Lo siento, mi precio es cien.
– Mañana estaré aquí, a la misma hora, en el mismo sitio.
Dicho esto, Marlin desapareció.
A las nueve de la mañana siguiente, dos agentes del FBI llamaron a la suite del ático con energía.
– ¿Quién coño es? -preguntó Clete, cuando consiguió acercarse a la puerta, tambaleante.
– FBI. Abra.
Clete abrió un resquicio, pero no descorrió la cadena.
Gemelos. Traje oscuro. El mismo peluquero. -¿Qué quieren?
– Nos gustaría hacerle unas preguntas, y preferiríamos no tener que hacerlo desde este lado de la puerta.
Clete acabó de abrirla y los invitó a pasar con un gesto de la mano. Llevaba una camiseta y unos pantalones cortos, estilo NBA, que le llegaban hasta las rodillas y le tapaban medio culo. Coley se devanó los sesos intentando recordar qué ley habría infringido, mientras los veía sentarse en la pequeña mesa del salón. No le vino nada reciente a la mente, aunque a esas horas del día poco podía venirle. Encajó como pudo la voluminosa barriga -¿cuánto peso habría ganado en el último mes?- en una silla y echó un vistazo a sus placas.
– ¿Le dice algo el nombre de Mick Runyun? -preguntó uno de ellos.
Desde luego que le sonaba, pero no estaba dispuesto a admitir nada.
– Tal vez.
– Traficante de metanfetamina. Le representó hace tres años en el tribunal federal. Le cayeron diez años, cooperó con el gobierno, un chico majo.
– Ah, ese Mick Runyun.
– Sí, ese. ¿ Le pagó sus honorarios?
– Mis archivos están en el despacho de Natchez.
– Genial. Tenemos una orden para llevárnoslos. ¿ Pode- mos encontrarnos allí mañana? -Será un placer.
– De todos modos, suponemos que sus archivos no nos dirán demasiado sobre los honorarios pagados por el señor Runyun. Una fuente fidedigna nos ha dicho que le pagó veinte mil dólares en efectivo y que usted nunca los declaró.
– jNo me diga!
– Si es cierto, habría cometido un delito al violar la ley RICO de asociación de malhechores y algunas otras federales.
– La vieja RICO. No tendríais trabajo sin ella.
– ¿Mañana a qué hora?
– Tenía pensado hacer campaña mañana. Solo faltan dos semanas para las elecciones.
Miraron a aquel mostrenco con cara de sueño, despeinado y con resaca y les resultó cómico que fuera candidato para el tribunal supremo.
– Mañana al mediodía estaremos en su oficina de Natchez. Si no aparece por allí, tenemos orden de detenerlo. Eso impresionaría a los votantes.
Salieron de la habitación y cerraron de un portazo. Entrada la tarde, Marlin apareció como había prometido.
Pidió un café, aunque no lo tocó. Clete pidió una copa de ron con soda, aunque olía como si no fuera la primera del día.
– ¿Cerramos el trato en cincuenta, Clete? -preguntó Marlin, después de mirar embrujado a la ajetreada camarera.
– Todavía estoy pensando.
– ¿Fueron buenos contigo esos dos federales esta mañana?
Clete ni se inmutó, no hizo ni un solo gesto que revelara asombro. De hecho, no le sorprendía en absoluto.
– Buena gente -dijo-. Supongo que el senador Rudd está entrometiéndose de nuevo. Quiere que Fisk gane porque son de la misma especie. Todos sabemos que Rudd es tío del fiscal federal de allí abajo, un imbécil redomado que solo consiguió el cargo gracias a sus contactos. Estoy seguro de que no encontraría trabajo en ningún otro sitio. Rudd se vale de su sobrino, que manda al FBI a retorcerme el brazo. Yo desaparezco, cantando las alabanzas de Ron Fisk, y él consigue una gran victoria. Él está contento. Rudd está contento. El gran capital está contento. La vida es maravillosa, ¿no?
– Te acercas bastante -admitió Marlin-. Y tú también te llevaste veinte mil en efectivo en concepto de honorarios de un traficante de droga y no los declaraste. Bastante estúpido por tu parte, pero no es el fin del mundo. No hay nada que el senador no pueda arreglar. Sigue el juego, coge el dinero, despídete con una graciosa reverencia y no volverás a oír hablar de los federales nunca más. Caso cerrado.
Clete clavó sus ojos enrojecidos en los azules de Marlin. -¿Prometido?
– Prometido. Un apretón de manos y puedes olvidarte de la reunión de mañana al mediodía en N atchez.
– ¿Dónde está el dinero?
– Fuera, a la derecha, en el mismo Mustang verde.
Marlin dejó las llaves sobre la barra, con delicadeza. Clete las recogió y desapareció.
29
A solo quince días de las elecciones, Barry Rinehart estaba invitado a cenar en el tugurio vietnamita de Bleecker Street. El señor Trudeau quería que lo pusiera al día.
Barry se regodeó con su última encuesta durante el vuelo desde Boca Ratón. Fisk le sacaba dieciséis puntos a McCarthy, una ventaja que era imposible que perdiera. La cuestión del matrimonio entre homosexuales lo había puesto cuatro puntos por delante, los ataques de la ARMA a McCarthy habían añadido tres más, la campaña en sí iba sobre ruedas. Ron Fisk era una bestia de carga que hacía todo lo que Tony Zachary le decía, había suficiente dinero, los anuncios de televisión aparecían con perfecta regularidad y la respuesta de la propaganda por correo era extraordinaria. La campaña había recaudado trescientos veinte mil dólares de pequeños donantes preocupados por los matrimonios entre homosexuales y las armas. McCarthy se esforzaba para intentar alcanzarlo, pero se quedaba muy atrás.
El señor Trudeau estaba más delgado y bronceado, y quedó entusiasmado con los últimos resúmenes. La ventaja de dieciséis puntos acaparó la conversación de la velada. Carl no dejaba de preguntar a Rinehart una y otra vez por las cifras. ¿Podían confiar en ellas? ¿Cómo lo habían logrado? ¿Qué predecían, en comparación con otras elecciones en las que hubiera participado Barry? ¿Qué debería ocurrir para que perdieran de golpe esa ventaja? ¿Había visto alguna vez evaporarse una ventaja como aquella?
Barry le garantizó la victoria.
Durante los primeros tres trimestres del año, Krane Chemical había obtenido ventas decepcionantes y escasos beneficios. La compañía arrastraba problemas de producción en Texas e Indonesia. Tres plantas habían cerrado para llevar a cabo reparaciones graves e imprevistas. Una planta en Brasil había cerrado por razones desconocidas y había dejado en la calle a dos mil trabajadores. No se satisfacían los grandes pedidos. Clientes de toda la vida se iban, descontentos. El departamento de ventas no conseguía colocar el producto. La competencia rebajaba los precios y les robaba sus clientes. La moral estaba por los suelos y corrían rumores de recortes y despidos maSIVOS.