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Gilbert acabó el reportaje y lo envió.

30

La primera discusión fue sobre quién iba a estar presente en la habitación. Por parte de la defensa, Jared Kurtin tenía el mando absoluto de su batallón y no había problemas. La bronca estaba en el otro bando.

Sterling Bintz llegó temprano, llamativamente acompañado de un séquito de hombres jóvenes de los cuales la mitad parecían abogados y la otra mitad matones. Alegó que representaba a más de la mitad de las víctimas de Bowmore y que, por tanto, tenía derecho a llevar la voz cantante en las negociaciones. Hablaba con su apocopada voz nasal y con un acento tan extraño por aquellos lugares que se ganó de inmediato el recelo de todo el mundo. Wes consiguió bajarle los humos, aunque por poco tiempo. F. Clyde Hardin, que masticaba un bollito y observaba desde un rincón, disfrutaba con la trifulca y rezaba para que se alcanzara pronto un acuerdo. El fisco había empezado a enviar cartas certificadas.

Un experto nacional en casos de responsabilidad civil por vertidos contaminantes de Melbourne Beach, Florida, apareció con su propio equipo y se unió al debate. Él también aseguraba que representaba a cientos de personas afectadas y, teniendo en cuenta su experiencia en acuerdos de reclamación de daños, suponía que debía ser él quien negociara con la parte demandada. Los dos abogados de demandas conjuntas no tardaron en enzarzarse en una pelea sobre quién robaba clientes a quién.

Había diecisiete bufetes más disputándose un puesto en la mesa. Unos cuantos eran firmas de prestigio expertas en daños personales, pero la mayoría estaba formada por abogados de pequeñas ciudades más acostumbrados a llevar casos de accidentes de tráfico, que habían conseguido hacerse con un par de clientes mientras husmeaban por Bowmore.

La tensión era alta antes del inicio de la reunión y, una vez que empezaron los gritos, se hizo evidente la posibilidad de llegar a los puños. Cuando la discusión estaba en pleno apogeo, Jared Kurtin les llamó la atención, muy tranquilo, y anunció que Wes y Mary Grace decidirían quién se sentaba dónde. Si alguien tenía algún problema con ello, su cliente, la compañía de seguros y él saldrían por la puerta con el dinero. Esto calmó los ánimos.

A continuación le llegó el turno a la prensa. Como mínimo, había tres periodistas pululando por allí para cubrir la reunión «secreta» y cuando se les pidió que salieran, se mostraron bastante reacios a obedecer. Por suerte, Kurtin había contratado guardias de seguridad armados, que finalmente acompañaron fuera del hotel a los periodistas.

Kurtin también había propuesto la presencia de un árbitro, incluso se había ofrecido a pagarlo él, una persona ecuánime y con experiencia en litigios y acuerdos. Wes había accedido y Kurtin había encontrado a un juez federal retirado en Fort Worth, que trabajaba de mediador a tiempo parcial. El juez Rosenthal asumió el control con toda calma después de que los abogados litigantes se hubieron sosegado. N ecesitó una hora para negociar la disposición de los representantes. Él ocuparía la cabecera al final de la larga mesa. A la derecha, hacia la mitad, estaría el señor Kurtin, flanqueado por sus socios, asociados, Frank Sully, de Hattiesburg, dos ejecutivos de Krane y otro de la compañía aseguradora. Un total de once personas para la defensa, y otros veinte apiñados detrás.

A su izquierda, los Payton se sentarían en el centro, delante de J ared Kurtin, y estarían flanqueados por Jim McMay, el abogado litigante de Hattiesburg con cuatro casos de fallecimiento de Bowmore. McMay había ganado una fortuna con el litigio de los comprimidos de fentormina para adelgazar y había participado en varias reuniones para llegar a acuerdos en casos colectivos. Le acompañaba un abogado de Gulport, con una experiencia similar. Las demás sillas estarían ocupadas por abogados de Mississippi con casos legítimos de Bowmore. Los tipos de la demanda conjunta habían quedado relegados al fondo. Sterling Bintz manifestó su descuerdo con el lugar que le había sido asignado y Wes, enfadado, le dijo que se callara. Al ver la reacción de los matones, J ared Kurtin anunció que las demandas conjuntas eran la última prioridad para Krane y que si él, Bintz, tenía esperanza de ver algún céntimo, más le valía seguir calladito y no interrumpir.

– Esto no es Filadelfia -dijo el juez Rosenthal-. ¿Esas personas son guardaespaldas o abogados?

– Ambas cosas -contestó Bintz, con sequedad.

– Pues contrólelos.

Bintz tomó asiento, refunfuñando y lanzando improperios.

Eran las diez de la mañana y Wes parecía agotado. En cambio, su mujer estaba lista para empezar.

Estuvieron repasando la documentación durante tres horas sin descanso. El juez Rosenthal dirigía el tráfico mientras se aportaban los expedientes de los clientes, se llevaban a una sala contigua para fotocopiarlos, se revisaban y luego se clasificaban según el sistema arbitrario del juez: fallecimiento, Clase Uno; cáncer diagnosticado, Clase Dos; y todos los demás, Clase Tres.

Las negociaciones llegaron a un punto muerto cuando Mary Gracesolicitó que se concediera prioridad al caso de Jeannette Baker y, por tanto, más dinero, teniendo en cuenta que ella había ido a juicio. ¿Por qué su caso tenía más valor que los demás casos de fallecimiento?, preguntó un abogado.

– Porque ella fue a juicio -contestó Mary Grace, sin vacilar, fulminándolo con la mirada.

En otras palabras, los abogados de Baker habían tenido las agallas de enfrentarse a Krane mientras los demás habían optado por sentarse y mirar. En los meses anteriores al juicio, los Payton habían acudido a cinco de los abogados litigantes presentes, como mínimo, incluido Jim McMay, y prácticamente les habían suplicado ayuda. Todos se la habían denegado.

– Reconocemos que el caso Baker merece mayor compensación -dijo Jared Kurtin-. Sinceramente, no puedo pasar por alto un veredicto de cuarenta y un millones de dólares.

Mary Grace le sonrió por primera vez en años. Incluso lo habría abrazado.

A la una, hicieron una pausa de dos horas para comer. Los Payton y Jim McMay se retiraron al restaurante del hotel e intentaron analizar el desarrollo de la reunión hasta el momento. Para empezar, les preocupaban las verdaderas intenciones de Krane. ¿ De verdad quería llegar a un acuerdo? ¿ O no era más que una maniobra que convenía a los planes de la empresa? El hecho de que los diarios financieros nacionales estuvieran tan informados de las charlas secretas sobre el acuerdo hizo sospechar a los abogados. Sin embargo, hasta ese momento, el señor Kurtin había dado muestras de ser un hombre con una misión. Ni los ejecutivos de Krane ni los de la aseguradora habían sonreído y tal vez eso fuera una señal de que estaban a punto de despedirse de su dinero.

A las tres de la tarde, en Nueva York, Carl Trudeau filtró la noticia de que las negociaciones iban bien en Mississippi. Krane era optimista sobre llegar a un acuerdo.

Las acciones cerraron la semana a dieciséis con cincuenta: habían subido cuatro dólares.

A las tres de la tarde, en Hattiesburg, los negociadores ocuparon de nuevo sus asientos y el juez Rosenthal volvió a poner en marcha la fábrica de papel. Tres horas después, las estimaciones iniciales habían finalizado. Sobre la mesa había las reclamaciones de setecientas cuatro personas. Sesenta y ocho personas habían muerto de cáncer y sus familias culpaban a Krane. Ciento cuarenta y tres tenían cáncer. Las demás sufrían un amplio abanico de enfermedades y afecciones menos graves, supuestamente causadas por el agua de boca contaminada de la estación de bombeo de Bowmore.

El juez Rosenthal felicitó a ambas partes después de un día tan duro y productivo y levantó la sesión hasta la mañana del sábado a las nueve en punto.

Wes y Mary Grace volvieron directamente al despacho e informaron a los demás. Sherman había estado en la sala de negociación todo el día y compartieron sus observaciones. Coincidieron en que Jared Kurtin había vuelto a Hattiesburg con el objetivo de llegar a un acuerdo y que su cliente parecía decidido a ello. Wes les advirtió que todavía era demasiado pronto para celebrarlo. Solo habían conseguido identificar las partes y el primer dólar no estaba en absoluto encima de la mesa.