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Mack y Liza les suplicaron que los llevaran al cine. A la mitad de la sesión de las ocho, Wes empezó a cabecear. Mary Grace miraba la pantalla sin verla, comía palomitas y desmenuzaba mentalmente cifras relacionadas con gastos médicos, dolor y sufrimiento, pérdida de compañía humana, pérdida de ingresos, pérdida de todo. Ni se atrevió a considerar la posibilidad de ponerse a calcular honorarios de abogados.

El sábado por la mañana hubo menos trajes y corbatas sentados a la mesa. Incluso el juez Rosenthal vestía de manera más informal con un polo negro bajo una chaqueta sport.

Una vez que los impacientes abogados estuvieron en su sitio y se hizo el silencio, dijo con una voz imponente que debía de haber presidido muchos juicios:

– Propongo empezar con los casos de fallecimiento y dejarlos listos.

A la hora de negociar un acuerdo, no había dos casos de fallecimiento iguales. El deceso de un niño valía menos porque el menor no tenía capacidad de ahorro; en cambio, se valoraba más el de padres jóvenes por la pérdida de ingresos futuros. Algunos de los fallecidos habían sufrido durante años; a otros la enfermedad se los había llevado rápidamente. Todos aportaban cifras distintas para los gastos médicos. El juez Rosenthal propuso un nuevo baremo -arbitrario, pero que al menos era un punto de partida- por el que cada caso se clasificaría dependiendo del valor que tuviera. Los de mayor valía recibirían un cinco y los de menor (los de los niños) un uno. Se hicieron varios recesos mientras los abogados de los demandantes discutían la propuesta. Cuando por fin llegaron a un acuerdo, empezaron con Jeannette Baker. Se le otorgó un diez. El caso siguiente era el de una mujer de cincuenta y cuatro años que trabajaba a tiempo parcial en una panadería y que había fallecido después de estar luchando tres años contra la leucemia. Se le concedió un tres.

Fueron avanzando lentamente a lo largo de la lista. En cada caso, al abogado se le permitía hacer la presentación correspondiente y pedir una clasificación mayor. No obstante, en ningún momento a lo largo de todo el proceso, Jared Kurtin dejó entrever cuánto estaba dispuesto a pagar por los casos de fallecimiento. Mary Grace lo observaba con atención mientras los abogados hablaban. Lo único que revelaban su rostro y ademanes era una profunda concentración.

A las dos y media habían terminado con los de Clase Uno y pasaron a la lista siguiente, más larga y más complicada de clasificar, la de demandantes que seguían vivos, aunque luchando contra el cáncer. Nadie sabía cuánto tiempo más vivirían o cuánto sufriría cada uno. Nadie podía predecir la probabilidad de muerte. Los afortunados superarían el cáncer y seguirían con sus vidas. El debate se desintegró en varias discusiones acaloradas y hubo momentos en que el juez Rosenthal perdió los nervios y se vio incapaz de hacerles llegar a un acuerdo. Hacia el final del día, Jared Kurtin empezó a mostrar señales de cansancio y frustración.

Cerca ya de las siete de la tarde, y cuando la sesión empezaba a tocar a su fin, Sterling Bintz no pudo contenerse.

– No sé cuánto tiempo vaya poder seguir aquí sentado, contemplando este espectáculo -anunció, con brusquedad, acercándose al extremo de la mesa, en la otra punta del juez Rosenthal-. Llevo dos días aquí y todavía no se me ha permitido hablar, lo que evidentemente significa que se ha despreciado a mis clientes. Ya es suficiente. Represento una demanda conjunta de más de trescientas personas afectadas y ustedes parecen dispuestos a darles por el culo.

Wes iba a reprenderle, pero se lo pensó mejor. Que divagara lo que quisiera, de todos modos estaban a punto de levantar la sesión.

– Mis clientes no serán menospreciados! -insistió, a punto de ponerse a gritar, y todo el mundo se puso tenso. Había un atisbo de desesperación en su voz, mucho más evidente en su mirada, y tal vez era mejor dejarlo despotricar un poco-. Mis clientes han sufrido mucho y siguen sufriendo, pero parece que eso no les importa. No puedo quedarme aquí eternamente. Mañana por la tarde me esperan en San Francisco para negociar otro acuerdo. Tengo ocho mil casos contra Schmeltzer por sus compnmIdos laxantes y, vIendo que aquí la gente prefiere charlar de todo menos de dinero, permítanme informarles de mis condiciones.

Eran todo oídos. Jared Kurtin y los chicos del dinero levantaron la cabeza y se pusieron un poco tensos. Mary Grace estudiaba hasta la última arruga del rostro de Kurtin. Si aquel chiflado iba a lanzar una cifra sobre la mesa, ella no iba a perderse la reacción de su adversario.

– No voy a aceptar un acuerdo por menos de cien mil para cada uno --dijo Bintz, con sorna-. Tal vez más, según el cliente.

Kurtin se mantuvo impasible; es decir, como siempre. Uno de sus asociados sacudió la cabeza; otro sonrió estúpidamente, divertido. Los dos ejecutivos de Krane fruncieron el ceño y se removieron en sus asientos, rechazando la propuesta por absurda.

Mientras la cifra de treinta millones de dólares pendía en el aire, Wes hizo unos cálculos sencillos. Bintz seguramente se llevaría una tercera parte, echaría unas migajas a F.Clyde Hardin y luego iría a por el siguiente filón colectivo.

F.Clyde estaba encogido en un rincón, en el mismo lugar que había ocupado durante horas. El vaso de papel que llevaba en la mano contenía zumo de naranja, hielo picado y dos dedos de vodka. Al fin y al cabo casi eran las siete de la tarde de un sábado. Los cálculos eran tan sencillos que los podría haber hecho hasta dormido. Se llevaba una tajada del 5 por ciento del total de los honorarios, o quinientos mil dólares si aceptaban la más que razonable petición que su coasesor había propuesto con tanto atrevimiento. Según el acuerdo privado entre ellos, también le correspondían quinientos dólarés por cliente, y con trescientos clientes debería de haber recibido ya ciento cincuenta mil dólares. Sin embargo, no era así. Bintz le había entregado un tercio de esa cantidad, pero no parecía demasiado dispuesto a discutir el pago del resto. Era un abogado muy ocupado y costaba encontrarlo por teléfono. Estaba seguro de que acabaría cumpliendo, como le había prometido.

F.Clyde dio un trago al tiempo que la declaración de Bintz resonaba en la sala.

– No vamos a aceptar una miseria e irnos a casa -amenazó Bintz-. Espero que en algún momento de la negociación, y cuanto antes mejor, se pongan los casos de mis clientes encima de la mesa.

– Mañana por la mañana a las nueve -dijo de repente el juez Rosenthal, con brusquedad-. Se levanta la sesión por hoy.

«Una pésima campaña» era el titular del editorial del domingo de The Clarion- Ledger de J ackson. Apoyándose en una de las páginas del informe de Nat Lester, los redactores condenaban la campaña de Ron Fisk por su sórdida publicidad. Acusaban a Fisk de aceptar millones procedentes del gran capital y de utilizarlos para engañar a los electores. Sus anuncios estaban plagados de medias verdades y afirmaciones sacadas completamente de contexto. El miedo era su arma: miedo a los homosexuales, miedo al control de armas, miedo a los delincuentes sexuales. Se le condenaba por tildar a Sheila McCarthy de «liberal» cuando, de hecho, su trayectoria profesional, que los redactores habían estudiado, únicamente podía ser valorada de moderada. Arremetían contra Fisk por prometer que votaría esto o aquello en casos que todavía tenía que presidir como miembro del tribunal.

El editorial también censuraba todo el proceso electoral.

Ambos candidatos estaban recaudando e invirtiendo tal cantidad de dinero que se ponía en entredicho su futura imparcialidad a la hora de tomar una decisión. ¿Cómo podía esperarse de Sheila McCarthy, que hasta el momento había recibido un millón y medio de dólares de los abogados litigantes, que olvidara esa aportación cuando esos mIsmos abogados se presentaran ante el tribunal supremo?