Retomando el hilo donde el juez Albritton lo había dejado, se lanzó a un ataque contra la defensa de Krane. Durante veinte años como mínimo, la compañía había estado vertiendo ilegalmente toneladas de carcinógenos de grupo 1 en el suelo. Como causa directa de estos vertidos, el agua de boca de Bowmore había acabado contaminada por esas mismas sustancias cancerígenas, ninguna de las cuales se fabricaban, vertían o ni siquiera se encontraban en cantidades significativas en ningún otro lugar del condado. La gente de Bowmore bebió el agua igual que los tres miembros de ese jurado habían bebido agua esa mañana.
– Se han afeitado, se han lavado los dientes, se han duchado, han utilizado el agua de la ciudad para el café y el té. La han bebido en casa y aquí, en el trabajo. ¿Alguno se ha parado a pensar en el agua? ¿De dónde viene? ¿Si es segura? ¿AIguno de ustedes se ha detenido a pensar por un solo momento si su agua contenía carcinógenos? Seguramente no. La gente de Bowmore tampoco.
Como resultado directo de beber agua, la gente enfermó. La ciudad se vio arrasada por una oleada de cáncer jamás vista en el país.
– Y, como siempre, esta selecta y responsable compañía de Nueva York -aquí se volvió y señaló con la mano a Jared Kurtin-Io negó todo. Negó los vertidos, el encubrimiento, negó haber mentido, incluso negó sus propias negaciones. Y lo más importante, negó cualquier causalidad entre sus carcinógenos y el cáncer. De hecho, tal como hoy hemos oído, Krane Chemical echa la culpa al aire, al sol, al medio ambiente, incluso a la mantequilla de cacahuete y al pavo en lonchas que Jeannette Baker compraba para alimentar a su familia.
»Al jurado le gustó mucho esa parte del juicio -continuó Mary Grace, para unos asistentes que aguardaban en silencio-. Krane vertió toneladas de productos químicos contaminantes en nuestro suelo y en nuestra agua, pero, eh, echémosle la culpa a la mantequilla de cacahuete Jif.
Tal vez fuera por respeto hacia la mujer, o quizá fue su reticencia a interrumpir una exposición tan vehemente, el caso es que ninguno de los tres jueces dijo nada.
Mary Grace terminó con un rápido repaso a la ley. La legislación no les exigía que demostraran que el del encontrado en los tejidos de Pete Baker procediera directamente de las instalaciones de Krane. Hacer eso elevaría el estándar de prueba a prueba clara y convincente y la ley solo exigía una preponderancia de la prueba, un estándar menos riguroso.
Cuando se le acabó el tiempo, se sentó junto a su marido.
Los jueces dieron las gracias a los abogados y a continuación pasaron al siguiente caso.
La reumon de invierno de la ALM tue deprimente. Todo el mundo acudió. Los abogados litigantes estaban nerviosos, profundamente preocupados, incluso asustados. El nuevo tribunal había revocado las dos primeras sentencias a favor del demandante que tenía pendientes nada más empezar el año. ¿Iba a ser aquello el principio de una mala racha? ¿Había llegado el momento de dejarse llevar por el pánico o ya era demasiado tarde?
Un abogado de Georgia ayudó a ensombrecer aún más el ambiente con un resumen de la lamentable situación de su estado. El tribunal supremo de Georgia también estaba compuesto por nueve miembros, ocho de los cuales eran leales al gran capital y revocaban sistemáticamente las sentencias de demandantes heridos o fallecidos. Habían revocado veintidós de los últimos veinticinco fallos. A resultas de esto, las aseguradoras ya no estaban dispuestas a pactar, ¿para qué? Ya no temían a los jurados porque eran dueñas del tribunal supremo. Tiempo atrás, en la mayoría de los procesos se conseguía un acuerdo antes de llegar a juicio y para un abogado litigante eso significaba un número de causas manejable. En esos momentos no había manera de llegar a un acuerdo y el abogado de la parte demandante tenía que llevar todos los casos a juicio. E incluso, aunque obtuviera un veredicto favorable, todavía tenía que enfrentarse a una apelación. En consecuencia, los abogados aceptaban menos casos y cada vez había más personas con lesiones, con reclamaciones legítimas, que no estaban siendo indemnizadas.
– Las puertas de las salas de tribunal se cierran a marchas forzadas -dijo, como colofón.
Aunque solo eran las diez de la mañana, muchos empezaron a buscar un bar.
El siguiente orador consiguió levantarles el ánimo, aunque solo un poco. Presentó a la antigua jueza Sheila McCarthy, que recibió una cálida acogida. Sheila agradeció a los abogados litigantes su firme apoyo y les dio a entender que no estaba acabada en el mundo de la política. Despotricó contra los que habían conspirado para derrotarla y, cuando su intervención ya tocaba a su fin, consiguió ponerlos en pie al anunciar que se había pasado a la práctica privada, que había pagado la cuota y que se enorgullecía de ser miembro de la Asociación de Abogados Litigantes de Mississippi.
El tribunal supremo de Mississippi decide, de media, unos doscientos cincuenta casos cada año. En su mayoría se trata de contenciosos rutinarios, poco complicados, aunque otros presentan cuestiones novedosas sobre' las que el tribunal nunca ha fallado hasta entonces. Prácticamente todos los litigios se despachan de un modo ordenado, casi elegante; sin embargo, de vez en cuando, alguno inicia una guerra.
El caso trataba sobre una enorme desbrozadora de cuchilla conocida como zamparrastrojos. Esta en cuestión la arrastraba un tractor J ohn Deere cuando topó con una tapa de alcantarilla abandonada, oculta entre la maleza de un solar, y una de las piezas, de diez centímetros de acero afilado, de las hojas giratorias del zamparrastrojos salió volando por los aires. La pieza recorrió seiscientos metros antes de impactar contra la sien de un niño de seis años llamado Aaron que iba de la mano de su madre, cuando estaban a punto de entrar en la sucursal de un banco en la ciudad de Horn Lake. Aaron quedó gravemente herido, estuvo a punto de morir en varias ocasiones y, en los cuatro años que transcurrieron desde el accidente, se había sometido a once operaciones. Los gastos de hospital superaban con creces el tope de quinientos mil dólares del seguro médico de la familia. Los gastos para su cuidado futuro se estimaban en setecientos cincuenta mil dólares.
Los abogados de Aaron habían dictaminado que el zamparrastrojos tenía quince años de antigüedad y no estaba equipado con cubiertas laterales, ni con cubiertas que impidieran el salto de la broza, ni con ningún otro dispositivo de seguridad que gran parte de la industria llevaba utilizando en los últimos treinta años. Los demandaron. Un jurado del condado de DeSato indemnizó a Aaron con setecientos cincuenta mil dólares. Después, el juez aumentó la indemnización para que incluyera también los gastos médicos y dictaminó que si el jurado había encontrado responsabilidad, entonces Aaron debía tener derecho a una cantidad mayor por daños.
El tribunal supremo se enfrentaba con varias opciones: 1) confirmar la sentencia del jurado e indemnizar al niño con setecientos cincuenta mil dólares; 2) confirmar la indemnización aumentada por el juez a tres millones cien mil dólares; 3) desestimar la presunción de responsabilidad o daños y devolverlo a un juzgado de primera instancia para que volviera a celebrarse el juicio; o 4) revocar la sentencia y desestimar el caso. La responsabilidad parecía clara, de modo que solo había que discutir la cantidad de dinero.
El caso se asignó al juez McElwayne. Su primera opinión coincidía con el juez que había presidido el caso y abogaba por aumentar la indemnización. De hecho, si hubiera podido, habría propuesto una cantidad aún mayor. No había suma suficiente que pudiera compensar al niño por el dolor insufrible que había soportado y que tendría que soportar en el futuro. Ni tampoco indemnización suficiente que subsanara una futura fuente de ingresos. La criatura, que solo iba de la mano de su madre, había quedado incapacitada de por vida por una máquina inherentemente peligrosa que había sido fabricada sin la debida atención a las normas de seguridad.