Pag. 7: out of the world
«Fuera del mundo, tal como había vivido, murió.» Con este epitafio concluía El viajero, acaso la novela menos apreciada de Herrera y también la más incomprendida por la extrema oscuridad del relato. Nunca nadie supo valorar, entre la crítica, el excelente dominio del tiempo narrativo del que Herrera hacía gala en su novela cuando, partiendo de una anécdota abrumadoramente insípida y vaga, y, por lo demás, tremendamente aburrida, conseguía convertirse en el dueño y señor de lo que podríamos llamar «el lenguaje del tedio», un tedio que, a decir verdad, era infinito en su narración. La novela describía, con exasperante lentitud, la muerte de un poeta de segunda fila -al parecer le había servido de modelo Vidal Escabia, un oscuro poeta alicantino amenazado por unas extrañas voces interiores que cada noche le despertaban para recordarle que la hora de su muerte estaba ya próxima y que todavía estaba a tiempo de confesar sus innumerables plagios.
III
19 DE JUNIO DEL 74
AL ANOCHECER DEL DÍA EN que fue enterrado Juan Herrera, se acercó Elena Villena a la casa. Quería saber si me había ya instalado en ella y cómo iba mi vida por allí. En cuanto la tuve ante mí no perdí ni un minuto de tiempo. Le expliqué inmediatamente, casi de una forma atropellada, lo que pensaba de La asesina ilustrada; le expuse mis temores y esperé a ver de qué modo reaccionaba ella.
Con aire de enfado su mirada recorrió el jardín vacío donde oscilaban las luces del atardecer. Se quedó callada, como pensando en lo que acababa yo de decirle, y al poco rato me miró malhumorada y me dijo que aquélla no era forma de agradecer su hospitalidad y que no encontraba palabras para concretar el horror que le habían producido mis explicaciones. Y entonces fue cuando sentí algo realmente extraño: ella se quedó unos segundos mirando por la ventana, y yo, que la observaba, tuve la impresión de que ella tenía los ojos cerrados. Miré bien y vi que me equivocaba: los tenía abiertos. Lo que ocurría era que permanecían totalmente fijos. Sus ojos no miraban, no veían. Ella estaba completamente inmóvil en la luz del atardecer, y yo, totalmente fascinada, no podía apartar los ojos de su rostro, de aquella pálida y terrible máscara. Parecía muerta y me quedé aterrada. Al poco rato comenzó a reanimarse. Sin apartar la vista del jardín, cambió de conversación. Pasó un rato hasta que logré volver a introducir en nuestra charla el tema de La asesina ilustrada. De nuevo ella pareció molesta, y el mismo tono misterioso de voz que tenían sus palabras me confirmó que estaba ocultándome algo.
Hasta que por fin desmintió, con una gran sonrisa en los labios, sus planes criminales. Se acercó a mí y me dijo en voz baja, cogiéndome las manos y mirándome fijamente a los ojos, como nunca nadie hasta entonces me había mirado:
– La asesina ilustrada forma parte de El dulce clima, mi novela. Cuando decidí no incluir este trozo en ella se convirtió en una historia independiente. Esto es todo, créame.
– ¿Y por qué le envió el cuaderno a su marido? -pregunté tratando de tenderle una trampa.
– Quería saber qué era lo que opinaba él de mi texto. Siempre tuve confianza en su sentido crítico -respondió con la mayor serenidad del mundo.
No, no me lo creía. Era todo demasiado sencillo. Se lo dije, y ella se rió.
– Ya veo: le encantan los misterios -dijo mirando al jardín.
– Hay muchas cosas que no están claras.
– Claro, claro – exclamó ella bromeando, como quien da la razón a una loca.
– ¿Y qué me dice de esas gotas de sangre sobre la tapa del cuaderno?
Se quedó callada unos instantes. Luego respondió:
– Muy decorativas, ¿no le parece?
– Esto no es una respuesta – contesté enojada
– Claro que es una respuesta
– ¿Y por qué me ocultó el cuaderno?
– No se lo oculté. Me lo llevé a casa. Después de todo, era mío.
– ¿Y por qué lo llevaba con usted el día en que se lo pedí?
– ¿Y por qué – dijo imitando y ridiculizando mis gestos y mi tono de voz- es usted tan terca? ¿Y por qué no deja de hacerme preguntas absurdas?
Se aproximó aún más a donde yo estaba. Me miró fijamente a los ojos. Le aguante la mirada; ella estaba hermosísima aquella noche. Me di cuenta de que yo le gustaba y que no tardaría en tratar de seducirme.
– ¿Y por qué no me deja en paz? – dijo en tono muy cordial. Y añadió: -¿Y por qué no se da cuenta de que, si quisiera matarla, ya lo habría hecho?
Yo no sabía que hacer, si mostrarme avergonzada por mi interrogatorio o, por el contrario, mantenerme firme en mis sospechas. De pronto ella se levantó del sofá y me dijo que tenía que marcharse y que volvería por la casa en cuanto le fuera posible. Aunque no se lo dije, lamenté en aquel momento que ella se marchara tan pronto y me di cuenta de que era yo en realidad la que deseaba que ella me sedujera, la que, pese a no haber nunca tenido relaciones íntimas con otra mujer, me sentía de pronto muy atraída por ella.
– ¿Y por qué no confesarlo? Usted me gusta -dijo mientras se ponía el abrigo-; me divierte su locura.
Abrió la puerta, me dio un beso de despedida y se perdió en las sombras del jardín. Cerré la puerta, me quedé pensativa sin saber a qué carta quedarme: por un lado, era consciente de que ella me estaba ocultando algo; pero, por otro lado, pensaba que quizá había llevado demasiado lejos mis sospechas.
Me acosté temprano y, en sueños, vi que, desde un espejo, enmarcada en ondas de caoba, una mujer encantadora, de misteriosa mirada, se sentaba a mi lado en un sofá y me cogía las manos. La mujer era Elena Villena, y no era la primera vez que intervenía en mis sueños. (Cada vez con mayor insistencia imágenes, ideas, deseos brotaban en mí y me apartaban del mundo exterior hasta el punto de tener un trato más verdadero y más vivo con los sueños, con las imágenes y con las sombras que con el mundo verdadero.)