Elena Villena estaba recostada junto a mí en un sofá y yo estaba apoyada en un brazo del mueble. Ella me cogía las manos y me separaba los dedos, contaba lentamente las puntas mientras me decía cuánto me amaba. Me besaba en los labios, me cogía por la cintura y me arrastraba hacia ella. Volvía a besarme en la oscuridad, apagábamos la única lámpara que estaba encendida en el salón y me abandonaba pasivamente en sus brazos; hacíamos el amor y, mas tarde, cuando volvíamos a encender la luz yo comprendía qué clase de mujer era ella: sobria y a la vez sensual, cálida pero capaz de la más terrible frialdad si se lo proponía; todo cuanto ella me decía era una extraña mezcla de amor y de muerte, de elegancia y de vulgaridad, de belleza y de fealdad, de dulzura y de violencia. La amaba, sí, pero también la temía. Y acababa consintiendo que con una afilada daga atravesara dulcemente, con cinco amorosas puñaladas, mi corazón. Mis ojos se cerraban para siempre con la más bella de todas las imágenes de la muerte. De pie sobre mi cuerpo agonizante ella se reía con auténtico placer, pero poco después rompía en desesperado llanto. Abrí los ojos y fui lentamente despertando de mi sueño. Era todavía de noche. Me incorporé en la cama y encendí la luz. Entre las cortinas vi en el espejo deslizarse al fondo de la habitación una sombra. A mi espalda, quieta junto a un armario, se dibujó una figura femenina que yo conocía bien, pero que ahora tenía una extraña palidez. Sus ojos me miraban inmóviles y silenciosos, como si estuvieran muertos. Me quedé muy quieta, sin fuerzas para volverme ni para esquivarla. Cerré los ojos y cuando volví a abrirlos la figura había desaparecido. Traté de calmarme y fui al estudio. Estuve un rato revisando mis papeles. Se levantó un viento que soplaba, gemía y arremetía contra la casa sin cesar y que de vez en cuando dejaba oír lamentos tan lastimeros que acabé llenándome de temores, creyendo que oía la voz de Herrera. Una y mil veces maldije a Elena por haberse complacido en mantener viva en mí la llama del misterio. El viento y las voces me llenaban de temores.
No fue una sugestión: mirando distraídamente el tapiz en el que se representaba una vista frontal de la casa y del jardín reparé de pronto en un detalle que hasta entonces no había llamado mi atención: un borrón negro en un extremo de la tela: una cabeza de hombre, o de mujer, con la espalda vuelta hacia mí. Me extrañó no haberlo visto antes, porque estaba convencida de que en el tapiz no había figuras humanas. Me levanté más tarde para ir al lavabo y, cuando regresé al estudio, me quedé sin luz en la casa. Encendí una vela y de nuevo el tapiz llamó mi atención. Al verlo, casi estuve a punto de dejar caer al suelo la vela, y creo que, de haberme quedado completamente a oscuras, habría enloquecido de miedo. No me cabía la menor duda; por imposible que parezca, era absolutamente cierto: en el centro del tapiz, delante de la casa, donde antes nunca había visto nada, había una figura embozada en un ropaje negro que avanzaba hacia el edificio.
Me quedé aterrada y pensé que lo más conveniente era que saliera a la calle, que me tocara el viento fresco de la mañana. Recorrí el barrio entero, solitario a aquellas horas. Cuando regresé a la casa, había tenido ya tiempo suficiente para reflexionar sobre todo aquel asunto y para entonces ya descartaba la idea de que la vista, o el juicio, no me funcionaran del todo bien. Recuerdo que subí al estudio y volví a mirar el tapiz, y lo hice de un modo insolente, ocultando mis temores. La figura había desaparecido, pero ahora había un borrón negro junto a la ventana rota de la cocina, como si la figura estuviera tratando de entrar en la casa. Me senté en la mesa del estudio y traté de distraerme trabajando largo rato en el prólogo, y cuando al mediodía volví a inspeccionar el tapiz vi que todo seguía iguaclass="underline" aquella figura continuaba allí, apostada junto a la ventana rota. Pensé que no era una figura, que me había dejado llevar por los nervios, y que aquello era un simple borrón; y me reí a solas; salí a comer. Todos cuantos escucharon el relato de los acontecimientos que me habían turbado se rieron y yo también con ellos. A nadie preocupó ni asombró lo que yo contaba; pude constatarlo para mi tranquilidad.
IV
21 DE JUNIO DEL 74
SE RECRUDECIERON LOS TEMORES DE que ella hubiera tratado de poner en práctica lo que en El dulce clima de Lesbos era pura ficción. Allí, en la página 34, puede leerse: «Este relato obliga a su autora a aceptar la regla de la tauromaquia, que, como se sabe, persigue un objetivo esenciaclass="underline" además de obligarla a ponerse seriamente en peligro, a no deshacerse de cualquier modo de su adversario (su éxito dependerá de un buen dominio de la técnica), la regla impide que el combate sea una simple carnicería; tan puntillosa como la de un ritual, ofrece un aspecto táctico (preparar al lector para recibir una estocada mortal, aunque sin fatigarle más de lo preciso durante el combate) y un aspecto estético, también contenido muy especialmente al término de la faena: cerrar el libro será para el lector como cerrar la losa que cubrirá su tumba.»
A mi memoria acudieron imágenes de un duelo entre cuchilleros que asocié inmediatamente a una idea que, desde hace tiempo, me resulta obsesiva: en los orígenes del relato de Elena Villena pudo habitar la idea de un cuchillero que va dejando su fuerza en su arma, la cual al final tiene una vida propia (como, para Hoffmann, la tenía aquel diabólico violín de Krespel); es el arma la que mata, no el brazo que la maneja…
V
23 DE JUNIO DEL 74
AYER VINO ELENA A CASA y le expuse mis temores, le narré el sueño en el que ella había aparecido, y aún no sé muy bien cómo fue que de pronto me encontré entre sus brazos, la besé en los labios, la cogí por la cintura, la arrastré hacia mí, volví a besarla en la oscuridad y ella se abandonó pasivamente en mis brazos; hicimos el amor, y sentí que nunca había estado mejor con nadie.
En la penumbra de la habitación, después de habernos amado en silencio durante horas, ella, de pronto, hundiendo su cabeza, los ojos abiertos, entre mis pechos, me confesó que había estado con Herrera en su estudio horas antes de que él muriera.