A la mañana siguiente, dando por concluida mi estancia en el hotel Taranne, trasladé mi equipaje a la nueva residencia. Era una espléndida mañana de primavera, y el sol penetraba en los patios, grises y rojos, que se sucedían simétricos a la entrada de la casa del escritor. Entre los patios, fragmentos del jardín: espacios de verde césped y grupos de cedros y canteros de flores claras, todo cercado por la maciza curva de un muro que llegaba hasta la entrada de aquella gran casa que, rodeada de árboles y estatuas, dejaba entrever una ordenada sucesión de corredores y habitaciones. Tras los ventanales de la última estancia, entre los últimos cedros y canteros, se hallaba el caserón que me había sido destinado. Tomé posesión de él y pasé a desayunar con Herrera a la sombra del gran porche de su casa. Le encontré despidiéndose de las dos mujeres que cada tres días le visitaban para ocuparse de la limpieza de la casa. Tal como esperaba, él quiso saber cosas de mí; creo que le inquietaba mi edad; también me preguntó en qué iba a consistir mi prólogo. Le respondí con evasivas, ya que en aquel momento aún no tenía nada claro lo que iba a escribir. Hacia el final del desayuno, Herrera se puso de muy buen humor, comenzó a bromear, a contarme anécdotas de su juventud; se burló de un par o tres de escritores -en especial de Vidal Escabia, escritor alicantino de segunda fila, al que dijo haber maltratado de obra y de palabra- y acabó deslizando en la bandeja de mi desayuno unos pliegues de papel higiénico color rosado en los que había escrito un texto que, dijo, era el más idóneo para la contraportada de su libro. Se trataba de un resumen irónico de su biografía:
«Es frecuente que un clima de opinión, de claves no siempre lógicas, privilegie de entre los títulos de un escritor una obra singular, que pasa así a convertirse, por un proceso de asociación casi mecánico, en atributo indisociable del nombre del autor. Si bien esas leyes de individualización suelen operar, en otras circunstancias, de manera arbitraria, es preciso reconocer que en el caso de Burla del destino, la elección ha sido plenamente afortunada, dándose el curioso caso de que la ley de individualización comenzó a operar mucho tiempo antes de que esta obra viera la luz pública. Rara vez se ha conocido tanto a un autor por una obra aún no publicada. Juan Herrera escribió las cuatro partes de esta esperada obra entre 1950 y 1974. Experimento formal en cuanto a la organización de la experiencia autobiográfica, Burla del destino es una sucesión de catas en el recuerdo, de búsquedas de muy distinta naturaleza, que van desde la rememoración pura y simple a la elaboración de recuerdos casi impersonales, de presencias de hechos externos que jalonan una línea de experiencia no tanto personal como colectiva y generacional. Juan Herrera nació en Barcelona en 1907 y vivió en su ciudad natal los años de su juventud. Se exilió a París durante la guerra civil. En 1933, había publicado en España Sombra en batalla, su primer libro de poemas. Siguieron Aire del fuego (1938), Nueva lección sobre la sombra (1949), obras publicadas en México. Ahora, la reedición de su obra, unida a la divulgación de los artículos que publicara en El Sol, así como la publicación de Burla del destino, hace previsible la definitiva incorporación de su nombre al panorama de las letras de su país. No obstante, no vamos a engañar al lector: su desaparición no deja un hueco importante en la historia de la literatura española. JUAN HERRERA.»
¿Sabía él que iba a morir? Falleció, o le asesinaron, poco antes de la medianoche de aquel mismo día. Hasta pocos momentos antes de que perdiera la vida, yo le había estado espiando desde mi casa, pero abandoné la vigilancia cuando, inesperadamente, se cerraron los cortinajes de su estudio ocultando a Herrera de mi vista. Debió ser muy poco después cuando él se desplomó sobre la alfombra junto a su mesa de trabajo. Hubo un momento, mientras le espiaba, en que tuve la impresión de que alguien sigilosamente entraba por la puerta principal de la casa, pero pude perfectamente imaginarlo. El forense dictaminó que la muerte se había producido alrededor de las doce de la noche y que había sido provocada por un paro cardíaco. Respondiendo a una pregunta mía, admitió la posibilidad de que, antes de morir, hubiera recibido una fuerte impresión causada probablemente por algo que vio (de ahí que tuviera los ojos tan abiertos y aquella expresión de horror en su rostro). Pero pronto, muy pronto, el asunto de su muerte quedó zanjado para todo el mundo, y el enigma -si es que lo hay- olvidado por todos excepto por mí.
Que yo espiara sus movimientos aquella noche no voy a justificarlo únicamente en razón de mi enfermiza curiosidad por conocer cómo organizan su vida mis vecinos. A esta manía mía -una vieja tara personal-, hay que añadir, en esta ocasión, el hecho de que Herrera se cuidara de hacer resaltar durante el desayuno el temor que sentía a perder la vida. Llegó a insinuar, sin dar explicaciones, que era acechado por algo o por alguien a quien movían propósitos criminales, y dijo que veía venenos y estiletes por todas partes (acompañó esta frase con gestos de tal dramatismo que, por un momento, incluso pensé que se burlaba de mí). No le presté excesiva atención hasta que acabó poniéndose muy serio y me dijo que, en los últimos días, una premonición de muerte le perseguía. Comprendí que me había invitado a vivir a su lado porque temía quedarse solo y tenía miedo. Cuando nos separamos, hallé en el jardín un rincón cubierto de hiedra desde el que pude observar, sin ser vista, las actividades de Herrera en su último día de vida: de noche le vi, en el resplandor blanco de su estudio, trabajando sin cesar; le vi de día escondido en el salón de la planta baja de la casa trasladando de sitio espejos y plantas, sin acertar a comprender qué era lo que estaba haciendo.