A la mañana siguiente, me extrañó la ausencia de señales de vida en la casa, pero pensé que él, contrariando sus costumbres, había salido a la calle de buena mañana. Eran las nueve en mi reloj, hora en la que él, desde hacía veinte años -según me dijo- preparaba su desayuno tras haber trabajado ya más de dos horas. Salí a dar un largo paseo y llegué hasta el Louvre, donde me entretuve hasta las dos de la tarde. A esa hora él no estaba en su restaurante habitual; tampoco lo encontré en la casa. Fui al cine, visité a unos amigos españoles. Al anochecer, la casa estaba totalmente iluminada, pero él no estaba dentro. Llamé varias veces al timbre, y nadie respondió. Alarmada, decidí penetrar en la casa. No reparé en utilizar mi chaqueta como guante, dando un fuerte golpe en la ventana de la cocina. Hice saltar todo el cristal inferior y así pude alcanzar un pestillo que cerraba la ventana. El resto fue fácil. No había pestillo en la parte superior, y pude abrir. Me subí a la ventana y aparté las cortinas de mi rostro. Nada más entrar en el salón caí en la trampa que probablemente él había tendido a los posibles intrusos y comencé a andar sin rumbo, víctima de la compleja disposición de espejos y plantas que, hábilmente intercaladas entre el mobiliario, creaban al visitante la sensación de haberse extraviado. Por fin, cuando logré abrirme paso por aquel absurdo laberinto, orienté mis pesquisas hacia el estudio del escritor. Abrí la puerta y miré en la oscuridad -era la única habitación no iluminada de la casa- que estaba aliviada por el brillo de los ventanales y por la luz que entraba del pasillo. La esquina del escritorio tenía un brillo tenue y detrás podía verse un bulto caído sobre la alfombra, al pie de un sillón. Hallé finalmente el botón de la luz y se encendió una lámpara de cristal que colgaba del techo. Juan Herrera me miraba, al pie de su escritorio, con los ojos completamente abiertos. Estaba muerto. Avisé por teléfono a Elena Villena, su joven esposa. Vivían separados desde hacía tiempo, pero él me había hablado con afecto de ella, y pensé que avisarla era lo mejor que podía hacer en aquel momento. Ella llamó a la policía.
Di entre tanto un vistazo al estudio. Lo primero que llamó mi atención fue que la habitación tenía la forma de la letra V y era muy oscura e imitaba el interior de un mausoleo. La mesa cuadrada, de roble negro, quedaba encajada en un hueco, y encima de ella encontré gran cantidad de papeles. En uno de ellos podía verse, si se miraba con mucha atención, un triángulo verde que imitaba la forma de la habitación. En el interior del triángulo, un hombre yacía decapitado entre un montón de libros. Extraño dibujo, pensé, y en verdad que era extrañísimo porque, si se seguía mirando con atención, la imagen de pronto se diluía convirtiéndose en un amorfo conglomerado de sombras negruzcas. En una de ellas, era distinguible el rostro de un hombre -que yo identifiqué con el príncipe Mdivani- en el momento de ser degollado por su propio Rolls. Y, si se seguía mirando muy fijamente, el Rolls se convertía en una noria que traqueteaba bajo un cielo de ceniza al paso de un faisán de juguete. Nunca he sido capaz de ver tantas imágenes en un solo dibujo y creo que puedo achacarlo al miedo que me dominaba desde que encontré el cadáver. Me senté en un sillón y desvié mi atención de aquel dibujo cuando, de pronto, sin poder evitarlo, descubrí nuevas cosas en la habitación. El empapelado de la pared ocultaba otro empapelado debajo. Bastaba con rasgar ligeramente el papel para comprobar que había otro, de gran colorido, representando imágenes de una mujer vista por un artesano de la Edad Media. Y, de seguir rasgando el papel, se pasaba a otro en el que el dibujo, repetido hasta la saciedad, era una mujer en una cartografía del Renacimiento. Extraño empapelado, pensé llena de confusión. Cada vez que el papel era rasgado, éste ofrecía cortésmente la sucesión de una historia: la mecanización del mundo. Porque, si se seguía rasgando en la pared, aparecía un nuevo dibujo: el de una mujer representada esta vez por un ordenador. Pensé que nada de todo esto tenía demasiada lógica. Seguí inspeccionando y vi que, camuflado en uno de esos aparatos que anuncian vistas de espléndidos paisajes, había, entre esferas afelpadas, una neblina que ocultaba un mensaje envuelto en papel de plata: un misterioso elogio del té chino, compuesto por doce frases que se iniciaban con letras mayúsculas. Leído el texto en forma vertical, las doce mayúsculas componían el nombre de ELENA VlLLENA. En un apartado del papel se veía la fotografía de una mujer que, vestida a la usanza de finales del XIX en Francia, sonreía a la cámara en una playa probablemente normanda. La fotografía era traspasada por una inscripción escrita en bolígrafo rojo: «Oh Muerte, ven callada como sueles venir en la saeta» (más tarde averigüé que era una invocación del Anónimo Sevillano). Al fondo, se veían difuminados retazos de un paisaje: un flanco de rocas, un castillo y un breve trozo de tierra adentrándose en el mar. Poco después, llamó mi atención una libreta escolar, un cuaderno de música, sobre cuya tapa había sido escrito, también en tinta roja,
La asesina ilustrada. El cuaderno, con tres pequeñas manchas de sangre, se hallaba sobre el escritorio, perdido entre los innumerables papeles y libros, y a su lado estaba el sobre en el que probablemente había llegado a manos de Herrera. Elena Villena -lo decía bien claro- era la remitente. Iba a ver de qué se trataba cuando llamaron al timbre y se inició una insoportable serie de visitas: primeramente llegaron tres gendarmes, más tarde un inspector y un forense, y finalmente Elena Villena, que, al igual que los otros visitantes, me sometió a un largo e irritante interrogatorio. En Elena Villena, reconocí en el acto a la mujer fotografiada en la playa normanda. Se sentó frente a mí y empezó a acribillarme con las preguntas más absurdas e inesperadas. Cuando hubo terminado, se quedó mirando al jardín, como con cierta nostalgia. Me dediqué a observarla. Tenía unos treinta y cinco años; parecía mucho más joven. Era muy hermosa. Imposible encontrar una cara más sombría y más cándida. Su cabellera era negra y lisa, peinada con raya al medio. Movía su pequeño cuerpo con estudiada dejadez. Se sentó en un sofá y apoyó su cabeza en un cojín de raso azul. Sujetaba en la mano una copa de la que bebió un sorbo antes de quitarse las gafas y dirigirme una mirada muy fría por encima del borde de la copa. Decidí pasar al contraataque y ser yo la que, a partir de entonces, preguntara. Quise saber, de entrada, si podía continuar viviendo en la casa que Herrera me había cedido. Su respuesta fue muy amable y me sorprendió. Dijo que para mí sería aún mejor instalarme en la casa de Herrera, trabajar en su estudio, ya que estaría más cerca de la documentación que precisaba para mi prólogo. Me dio las llaves de la casa y me dijo que podía instalarme en ella. Me quedé encantada. Se puso de pie, se despidió de mí y, tras dar una media vuelta enérgica, desapareció por la puerta del estudio.