[5]
Pero, al tumbarse sobre la cama, sintió un estremecimiento y creyó que era transportado por la nube sobrevolando ciudades que, al principio, le resultaron familiares: París, Londres, Amsterdam… Más tarde, paisajes ya desconocidos: grandes masas de tierra negra muy oscura, océanos de un azul extremadamente fuerte, volcanes en erupción. Giró y giró su cabeza y le pareció que estaba a punto de estallar. Le dio pánico ver que se alejaba cada vez más de la tierra y que ésta iba tomando la forma de una pequeña esfera de cristal que más tarde se convirtió en un globo de fuego y finalmente pasó a ser una locomotora que avanzaba sin caballos en medio de una gran extensión de azul girando sobre sus polos alrededor del Sol. Después, la extensión se volvió rosa y todo se convirtió en un gran desierto de arena caliente. Pronto, muy pronto, rebasó la Luna, un pequeño disco de la luz brillante y gelatinosa, y se puso entonces de pie sobre la cama intentando recuperarse, buscando su rostro en el espejo, pero sin lograr, pese a sus esfuerzos, detener el viaje. Su rostro había envejecido y se hallaba en un gran escenario.
[6]
Andaba renqueante, iluminado por una llama muy viva de bruscos fulgores verdes y purpúreos. Después, cayó rendido sobre la cama e intentó dormir, pero le resultó imposible. Estaba aterrorizado. Se quedó callado, como extrañamente transformado, mientras yo le observaba con calma y trataba de comprender las palabras que en su delirio pronunciaba. Comprendí que a su vida mental la traspasaban graves dolencias y que estaba ya paralizado por una enfermedad que le quitaba la palabra y el recuerdo, le desarraigaba el pensamiento. Me miró al ver que la vida se le escapaba. Con esa alegría que a veces suele encontrarse en los estados de plena ebriedad me dirigí al espejo y me coloqué una cabellera rubia, me pinté de rojo los labios, contorsioné las caderas, sonreí, me coloqué un sombrero de alto copete y canté Lazy, cuyo estribillo,
Out of the world,
repetí hasta la saciedad. Él intentó incorporarse. Su aspecto no era nada tranquilizador: su labio inferior, por ejemplo, colgaba como un cable; sus dientes estaban ensangrentados y se entremezclaba el polvo con las ondas rubias de sus cabellos.
[7]
Chorros de vino salían de sus orejas, y sus piernas barrían el suelo como dos mástiles ciegos. Todo terminó al alba: un amanecer rojo que comenzó remolineando en el jardín y que llegó a barrer la estancia cubriendo de luz los espesos almohadones y el tapiz en el que se representaba, velada por los cortinajes de la ventana, la escena de su muerte. Violeta azul y negro dominaban el colorido de los almohadones, y más lejos estos colores reaparecían en la ventana, en la pequeña bóveda, estrecha y gótica, y en las cortinas de la tela de pesados pliegues, movidas por el viento de la mañana. Me incorporé sobre la cama y contemplé su cuerpo caído al pie de una mesa. Le abracé, pronuncié su nombre. Como antaño su hermana en las largas noches de invierno, le llamé con un tono de voz que le era familiar. Pero ya no podía oírme. Todo estaba en calma; llegaron los primeros pájaros de la mañana. Olor de encierro, de tabaco de pipa y de sedas viejas y viejos pergaminos. Estaba (ahora lo sabía) abrazando a un cadáver.
LAS RESTANTES NOTAS DE ANA CAÑIZAL
II
17 DE JUNIO DEL 74
mientras leía la asesina ilustrada una vaga sensación de que mi vida corría grave peligro fue apoderándose de mí; leyendo el relato de Elena Villena me vino a la memoria el argumento de El dulce clima de Lesbos, la única novela que hasta el momento Elena Villena ha escrito y publicado. En ella, una mujer joven (Eva Vega) escribe una noche un relato breve en el que describe la muerte de un poeta. El manuscrito va pasando de mano en mano y todos los que lo leen acaban siendo asesinados. Al término de la novela y sólo por un azar, el lector puede comprobar que el asesino múltiple es la propia autora del relato (Eva Vega).
Al recordar este argumento no pude evitar una sospecha: Elena Villena podía estar tratando de hacer realidad lo que en su novela no era más que pura ficción. Pensé aterrada que ella había escrito un relato breve (La asesina ilustrada) con la intención de ir asesinando a quienes lo leyeran. Juan Herrera, en ese caso, habría sido la primera de sus víctimas, y yo podía perfectamente ser la segunda. Y, aunque quizás mi imaginación me estaba traicionando, algo, como mínimo, era muy evidente: La asesina ilustrada no era una narración tan enigmática como a primera vista parecía, sino que simple y llanamente era la descripción de la muerte de «un personaje». Este «personaje», cuyo nombre y profesión el texto no mencionaba en ningún momento, era un poeta (Juan Herrera para más señas). Analizando detenidamente el texto de La asesina ilustrada, fui, página por página, comprobándolo.
Pag. 1: reconstruyendo el mapa de Aroma
Observé, por ejemplo, la similitud entre las palabras Aroma y Ambora, esta última la ciudad utópica que Juan Herrera describe ampliamente en su novela El mañana es hoy. La ciudad de Aroma, descrita por Elena Villena, era exacta a la Ambora soñada por Herrera.
Pag. 1: tres soles iluminando la noche eterna de Aroma Recordé que Herrera tenía guardado en su escritorio un relato inédito titulado Los soleadas noches de Ambora y, claro está, me llamó la atención la coincidencia entre este título y la frase de Elena Villena en La asesina ilustrada.
Pag. 2: si ya mi vista, de llorar cansada…