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– Entonces ¿qué pasará cuando lo hereden todo?

– Creo que mi madre espera que esta búsqueda acabe con nuestras diferencias.

Él captó sus reservas.

– ¿Es que no va a pasar?

– Las dos hemos prometido intentarlo.

– Pues tienen una extraña forma de hacerlo.

Malone echó una ojeada a la capilla. A irnos metros, dentro del polígono exterior, se hallaba el altar mayor.

A Christl no le pasó por alto su interés.

– Según dicen, la tabla de ahí se hizo con el oro que Otón III encontró en la tumba de Carlomagno.

– Ya sé lo que va a decir: «Pero nadie lo sabe a ciencia cierta.»

Las explicaciones que ella había dado hasta el momento eran específicas, pero eso no quería decir que fuesen ciertas. Malone consultó el reloj y se puso en pie.

– Tenemos que comer algo.

Ella lo miró con perplejidad.

– ¿Es que no vamos a ocuparnos de esto primero?

– Si supiera cómo, lo haría.

Antes de entrar en la capilla se habían pasado por la tienda de regalos y habían averiguado que el interior permanecía abierto hasta las siete de la tarde y la última visita guiada comenzaba a las seis. Él también se había fijado en que había diversas guías y material histórico, parte en inglés, la mayoría en alemán, una lengua en la que, afortunadamente, se defendía.

– Haremos una parada e iremos a comer.

– La Marktplatz no está lejos.

Él señaló las puertas principales.

– Usted decide.

TREINTA Y CINCO

Charlotte, Carolina del Norte 11.00 horas

Charlie Smith llevaba unos vaqueros lavados a la piedra, un polo oscuro y unas botas con puntera de acero, todo ello adquirido hacía unas horas en un Wall-Mart. Imaginó que era uno de los chicos Duke del condado de Hazzard nada más salir por la ventanilla del conductor del General Lee. Un tráfico fluido en la carretera de dos carriles al norte de Charlotte le había permitido viajar sin prisas y ahora se hallaba entre los árboles, tiritando, la vista clavada en la casa, que debía de medir más de cien metros cuadrados. Conocía su historia.

Herbert Rowland compró la propiedad a los treinta años, la estuvo pagando hasta los cuarenta y edificó la casa a los cincuenta. Dos semanas después de dejar la Marina, Rowland y su mujer cargaron un camión de mudanzas y se instalaron a treinta kilómetros al norte de Charlotte. Habían pasado los diez últimos años viviendo tranquilamente a orillas del lago.

Smith había estudiado el expediente en el vuelo que lo llevó al norte de Jacksonville. Rowland tenía dos problemas médicos reales: el primero es que era diabético desde hacía tiempo. Tipo 1, insulino-dependiente, controlable siempre y cuando se inyectara insulina a diario. El segundo era su afición por el alcohol, con el whisky a la cabeza de sus preferencias. Era un entendido y gastaba una parte de su pensión mensual en marcas de primera calidad que adquiría en una cara licorería de Charlotte. Siempre bebía en casa, por la noche, junto con su mujer.

Sus notas del último año sugerían una muerte relacionada con la diabetes. Sin embargo, le había costado lo suyo idear un método con el que conseguir ese resultado sin despertar sospechas.

La puerta principal se abrió y Herbert Rowland salió al vivo sol. El anciano fue directo a un sucio Ford Tundra y se alejó. El segundo vehículo, propiedad de la mujer de Rowland, no se veía por ninguna parte. Smith aguardó diez minutos entre los matorrales y decidió arriesgarse.

Se encaminó a la puerta y llamó.

Nada.

Otra vez.

Le llevó menos de un minuto forzar la cerradura. Sabía que no había ningún sistema de alarma: a Rowland le gustaba ir contando que, en su opinión, eso era tirar el dinero.

Abrió con cuidado, entró y dio con el contestador automático. Escuchó los mensajes guardados: el sexto, de la mujer de Rowland, de hacía unas horas, le gustó. Se encontraba en casa de su hermana y había llamado para ver cómo estaba. Terminaba diciendo que regresaría dentro de dos días.

Su plan cambió en el acto.

Dos días a solas le brindaban una excelente oportunidad.

Pasó por delante de un armero con rifles de caza. Rowland era un amante de los bosques. Comprobó un par de escopetas y rifles. A él también le gustaba cazar, sólo que sus piezas caminaban erguidas sobre dos patas.

Entró en la cocina y abrió la nevera. En la puerta, exactamente allí donde indicaba el informe, había cuatro viales de insulina. Examinó cada uno de ellos con las manos enfundadas en guantes. Llenos, el sello de plástico intacto a excepción del que estaba siendo utilizado.

Llevó el vial al fregadero y se sacó una jeringuilla vacía del bolsillo. Tras perforar el sello de goma con la aguja, tiró del émbolo, extrajo el medicamento y a continuación vertió el líquido por el desagüe. Repitió el proceso dos veces más hasta vaciar el vial. De otro bolsillo sacó un frasco de solución salina. Llenó la jeringa e inyectó su contenido, repitiendo la operación hasta que el vial volvió a estar lleno hasta sus tres cuartas partes.

Aclaró la pila y devolvió el vial manipulado a la nevera. A las ocho horas a partir de ese instante, cuando se pusiera la inyección, Herbert Rowland no notaría gran cosa. Pero el alcohol y la diabetes no hacían buenas migas. Un exceso de alcohol y una diabetes sin tratar eran mortales. Al cabo de unas pocas horas Rowland entraría en estado de shock y por la mañana habría muerto.

Lo único que Smith tendría que hacer era estar alerta.

Oyó un motor y corrió a la ventana.

Un hombre y una mujer se bajaron de un Chrysler.

Dorothea estaba preocupada: Wilkerson llevaba mucho tiempo fuera. Había dicho que iba a buscar una pastelería para comprar algo dulce, pero de eso hacía ya casi dos horas.

El teléfono de la habitación sonó y la sobresaltó. Nadie sabía que estaba allí, salvo…

Lo cogió.

– Dorothea -dijo Wilkerson-, escúchame. Me han seguido, pero he logrado darles esquinazo.

– ¿Cómo nos han encontrado?

– Ni idea, pero conseguí volver al hotel y vi a unos hombres fuera. No uses el móvil, se puede rastrear. Entre nosotros es una práctica habitual.

– ¿Estás seguro de que te has librado de ellos?

– Cogí el metro. Ahora es a ti a quien controlan porque piensan que puedes llevarlos hasta mí.

Ella comenzó a urdir un plan.

– Aguanta unas horas y coge el metro hasta la Hauptbahnhof. Espera cerca de la oficina de información y turismo. Estaré allí a las seis.

– ¿Cómo vas a salir del hotel? -inquirió él.

– Teniendo en cuenta lo que frecuenta mi familia este sitio, seguro que el conserje hace lo que yo le pida.

Stephanie y Edwin Davis bajaron del coche. Habían viajado de Atlanta a Charlotte, casi unos cuatrocientos kilómetros, todo carretera interestatal, en algo menos de tres horas. Davis había averiguado dónde vivía Herbert Rowland, capitán de corbeta retirado, por los archivos de la Marina, y Google le había indicado cómo llegar.

La casa se hallaba al norte de Charlotte, junto al lago Eagles, el cual, a juzgar por su tamaño y su forma irregular, parecía artificial. La orilla era empinada, arbolada y pedregosa. No había muchas construcciones. La casa de Rowland, de madera y con el tejado a cuatro aguas, estaba a cuatrocientos metros de la carretera, entre pelados árboles de hoja caduca y verdes álamos, y disfrutaba de excelentes vistas.

Stephanie no estaba nada segura de todo aquello y había expresado sus preocupaciones durante el trayecto, sugiriendo poner al corriente a la policía.