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– Pero las dos están intentando hacerse con todas las piezas a la desesperada para no necesitar a la otra.

¿Cómo había podido acabar metido en semejante lío?

– Para mí, la búsqueda de Carlomagno es la única forma de averiguar algo; Dorothea opina que la solución podría estar en la Ahnenerbe y lo que quiera que persiguiese. Sin embargo, yo no lo creo así.

Malone sintió curiosidad.

– Está muy al tanto de lo que ella piensa.

– Mi futuro está en juego. ¿Por qué no iba a saber todo cuanto pudiera?

Aquella mujer elegante nunca dudaba cuando se trataba de dar con un sustantivo, siempre buscaba el tiempo verbal correcto y siempre decía la frase adecuada. Aunque era guapa, lista e interesante, había algo en Christl Falk que no terminaba de encajar. Lo mismo le había pasado cuando conoció a Cassiopeia Vitt, en Francia, el año anterior.

Atracción mezclada con cautela.

Sin embargo, esa parte negativa no parecía echarlo para atrás nunca.

¿Por qué se sentía atraído por mujeres fuertes con profundas contradicciones? Pam, su ex esposa, había sido difícil, y todas las mujeres a las que había conocido desde que se divorció habían sido de armas tomar, incluida Cassiopeia. Y ahora esa heredera alemana, una combinación de belleza, cerebro y fanfarronería.

Miró por la ventana el ayuntamiento, de estilo neogótico, con una torre a cada lado, en una de las cuales había un reloj que marcaba las cinco y media.

A ella no se le escapó su interés en el edificio.

– Hay una anécdota. La capilla se encuentra detrás del ayuntamiento, y Carlomagno los hizo unir mediante un patio que formaba parte del recinto de su palacio. En el siglo XIV, cuando Aquisgrán erigió el ayuntamiento, cambiaron la entrada de la cara norte, que daba al patio, a la sur, hacia este lugar, como reflejo de una nueva independencia civil. La gente se había vuelto engreída y, simbólicamente, le dio la espalda a la iglesia. -Señaló por la ventana la fuente de la Marktplatz-. La estatua representa a Carlomagno. Como puede ver, no mira a la iglesia. Una reafirmación del siglo XVII.

1. Octógono

2. Coro

3. Antecapilla

4. Capilla de San Matías

5. Capilla de Santa Ana

6. Capilla húngara

7. Capilla de Todos los Santos

8. Capilla de San Miguel

9. Capilla de San Carlos y San Huberto

10. Capilla de San Juan Bautista

11. Capilla de Todos los Santos

12. Tesoro (pequeña boca de dragón)

13. Claustro

14. Cementerio

Malone aprovechó la invitación para escudriñar el restaurante donde se había refugiado Cara Chupada, una construcción con entramado de madera que le recordó a un pub inglés.

Escuchó el murmullo de voces, que se mezclaba con el entrechocar de platos y cubiertos de alrededor, y se dio cuenta de que ya no se oponía, ni abierta ni calladamente, que ya no buscaba explicaciones a su presencia allí. En lugar de ello, acariciaba una idea. El peso frío del arma con la que se había hecho el día anterior en el bolsillo del chaquetón se le antojaba tranquilizador, pero sólo le quedaban cinco balas.

– Podemos con esto -aseguró ella.

Malone la miró.

– ¿Podemos?

– Es importante que lo hagamos.

Los ojos de Christl se iluminaron.

TREINTA Y SIETE

Charlotte

Charlie Smith aguardaba en el armario. Se había metido dentro sin pensar y sintió alivio al comprobar que era hondo y estaba atestado. Se situó tras la ropa colgada y dejó la puerta abierta con la esperanza de que eso disuadiera de echar un vistazo. Había oído abrirse la puerta del dormitorio y entrar a los dos intrusos, pero daba la impresión de que su ardid había surtido efecto: habían decidido marcharse y él había oído abrirse y cerrarse la puerta principal.

Era la vez que más cerca había estado de que lo pillaran. No esperaba interrupciones. ¿Quiénes eran? ¿Debía informar a Ramsey? No, el almirante había dejado claro que no quería que se pusiera en contacto con él hasta que hubiera hecho los tres trabajos.

Se acercó con sigilo a la ventana y vio que el coche que había aparcado fuera desaparecía por el pedregoso camino en dirección a la carretera, con dos ocupantes dentro. Smith se preciaba de la meticulosidad con que lo preparaba todo. Sus informes contenían abundante información útil. Por lo general, las personas eran criaturas de costumbres; hasta aquellos que insistían en no tener costumbres practicaban la previsibilidad. Herbert Rowland era un hombre sencillo que disfrutaba de su jubilación con su mujer junto a un lago, ocupándose de sus cosas, entregado a su rutina diaria. Regresaría a casa más tarde, probablemente con algo de comida ya preparada, se pondría su inyección, saborearía la cena y bebería hasta caer dormido sin darse cuenta de que ése sería su último día en la Tierra.

Sacudió la cabeza cuando el miedo lo abandonó. Extraña forma de ganarse la vida, pero alguien tenía que hacerlo.

Debía hacer algo durante las próximas horas, de manera que decidió volver a la ciudad para ver unas películas. Tal vez cenar un filete. Le encantaba la cadena de restaurantes Ruth s Chris, y sabía que había dos en Charlotte.

Volvería más tarde.

Stephanie iba en silencio en el coche mientras Davis descendía por un camino pedregoso cubierto de hojas en dirección a la carretera. Volvió la cabeza y comprobó que la casa ya no se veía. Los rodeaban densos bosques. Le había dado las llaves a Davis y le había pedido que condujera. Por suerte, él no había hecho preguntas, sino que se había limitado a sentarse tras el volante.

– Para -ordenó ella.

El suelo crujió cuando las ruedas se detuvieron.

– ¿Cuál es tu número de móvil?

Él se lo dijo y ella lo guardó en el suyo. A continuación abrió la portezuela.

– Ve a la carretera y haz unos kilómetros. Luego aparca en cualquier parte donde no se te vea y espera hasta que te llame.

– ¿Qué haces?

– Dejarme llevar por la intuición.

Malone y Christl cruzaron la Marktplatz de Aquisgrán. Casi eran las seis de la tarde y el sol estaba bajo en un cielo manchado por nubarrones. El tiempo había empeorado y soplaba un viento del norte glacial, cortante.

Christl enfiló hacia la capilla a través del viejo patio del palacio, una plaza rectangular adoquinada que era el doble de larga que ancha y estaba bordeada de árboles cubiertos de nieve. Los edificios de alrededor paraban el viento, pero no el frío. Los niños correteaban, gritando y hablando en alegre algarabía. El mercado navideño de Aquisgrán ocupaba el patio; al parecer, todas las ciudades alemanas tenían uno. Malone se preguntó qué estaría haciendo su hijo, Gary, que no tenía que ir al instituto porque estaba de vacaciones. Tenía que llamar. Lo hacía al menos cada dos días.

Vio que los niños corrían hacia una nueva atracción: un hombre con cara mustia que vestía una capa de pieles color púrpura y un gran gorro puntiagudo que le recordó a la personificación del tiempo.

– San Nicolás -aclaró Christl-. Nuestro Santa Claus.

– Es bastante distinto.

Malone aprovechó la jubilosa confusión para confirmar que Cara Chupada los había seguido; se mantenía a cierta distancia, inspeccionando con despreocupación los puestos próximos a una imponente pícea azul adornada con velas eléctricas y minúsculas lucecitas en equilibrio sobre las bamboleantes ramas. Le llegó un aroma a vinagre hirviendo, el Glühwein. A unos metros había un puesto que vendía el especiado vino, y los parroquianos sostenían humeantes tazas marrones entre las enguantadas manos.