Señaló a un hombre que vendía lo que parecían galletas.
– ¿Qué son?
– Una especialidad locaclass="underline" Aachener Printen, galletas de jengibre.
– Vamos a probarlas.
Ella le dirigió una mirada burlona.
– ¿Qué? -espetó él-. Me gusta lo dulce.
Fueron al puesto y Malone compró dos de las planas y duras galletitas.
Dio un mordisco.
– No está mal.
Se le ocurrió que ese gesto haría que Cara Chupada se relajase, y lo satisfizo ver que así había sido. El tipo parecía despreocupado y seguro de sí mismo.
No tardaría en hacerse de noche. Malone había sacado tiques para la visita guiada de la capilla de las seis cuando habían ido a comprar las guías. Tendría que improvisar. Según había leído, la capilla era Patrimonio de la Humanidad por la Unesco, de manera que allanarla o causarle algún daño constituiría un delito grave. Sin embargo, después de lo del monasterio de Portugal y lo de San Marcos de Venecia, ¿qué importancia tenía?
Destrozar tesoros del mundo parecía ser su especialidad.
Dorothea entró en la estación de tren de Múnich. La Hauptbahnhof se hallaba oportunamente situada en el centro de la ciudad, a unos dos kilómetros de la Marienplatz. Trenes procedentes de toda Europa llegaban y salían cada hora, además de enlaces locales con líneas del metro, tranvías y autobuses. La estación no era una obra maestra histórica, sino más bien una moderna combinación de acero, cristal y hormigón. Los relojes del interior indicaban que eran poco más de las seis de la tarde.
¿Qué estaba pasando?
Por lo visto, el almirante Langford Ramsey quería muerto a Wilkerson, pero ella lo necesitaba. Lo cierto es que le gustaba.
Echó un vistazo a su alrededor y vio la oficina de información y turismo. Una rápida inspección de los bancos reveló que Wilkerson no estaba allí, pero entre la multitud reconoció a un hombre.
Era alto y llevaba un príncipe de Gales con tres botones y zapatos de piel de cordones bajo un abrigo de lana. Una apagada bufanda de Burberry le protegía el cuello. Tenía un rostro atractivo de rasgos infantiles, aunque era evidente que la edad había añadido algunos surcos y depresiones. Los acerados ojos, rodeados de unas gafas de montura metálica, le dirigieron una mirada penetrante.
Su marido: Werner Lindauer.
Éste se aproximó.
– Guten Abend, Dorothea.
Ella no supo qué decir. Su matrimonio cumplía su vigesimotercer año, una unión que en un principio había resultado productiva. Sin embargo, a lo largo de la última década, ella había acabado harta de sus eternas quejas y su falta de interés por todo aquello que no le concerniera a él. Lo único que lo salvaba era la devoción que sentía por Greg, su hijo. Pero la muerte de éste cinco años antes había trazado una ancha línea divisoria entre ellos. Werner se quedó desolado, igual que ella, pero cada uno llevó su dolor de manera distinta: Dorothea se replegó en sí misma; él se enfadó. Desde entonces ella se había limitado a vivir su vida y dejar que él hiciera lo propio con la suya, sin rendir cuentas el uno al otro.
– ¿Qué haces aquí? -preguntó ella.
– He venido por ti.
Dorothea no estaba de humor para sus payasadas. De vez en cuando él intentaba comportarse como un hombre, lo que respondía más a un capricho pasajero que a un cambio fundamental.
– ¿Cómo has sabido que estaría aquí? -quiso saber ella.
– Me lo dijo el capitán Sterling Wilkerson.
La sorpresa de Dorothea se tornó terror.
– Un hombre interesante -afirmó él-. Le pones una arma en la cabeza y se le suelta la lengua.
– ¿Qué has hecho? -inquirió ella sin ocultar su asombro.
Él la miró con fijeza.
– Mucho, Dorothea. Hemos de coger un tren.
– Yo no voy a ninguna parte contigo.
Werner pareció reprimir su fastidio. Tal vez no hubiese previsto esa reacción, sin embargo, sus labios dibujaron una sonrisa tranquilizadora que en realidad asustó a Dorothea.
– En tal caso perderás el reto al que te ha enfrentado tu madre con tu querida hermana. ¿Acaso no te importa?
Dorothea no sabía que él tuviera conocimiento de lo que estaba pasando. Ella no le había dicho nada, pero era obvio que su marido estaba bien informado.
Al cabo, preguntó:
– ¿Adonde vamos?
– A ver a nuestro hijo.
Stephanie observó cómo Edwin Davis se alejaba y a continuación puso el móvil en silencio, se abrochó el abrigo y se adentró en el bosque. Sobre su cabeza se alzaban pinos adultos y árboles de hoja caduca pelados, muchos de ellos cubiertos de muérdago. El invierno sólo había mermado mínimamente la maleza. Recorrió despacio el centenar de metros que la separaban de la casa, una densa capa de agujas de pino amortiguaba sus pasos.
Había visto moverse la percha, no le cabía la menor duda, pero ¿había sido un error suyo o de la persona a la que intuía dentro?
Siempre les decía a sus agentes que confiaran en su instinto. Nada funcionaba mejor que el sentido común. Cotton Malone era un maestro al respecto. Stephanie se preguntó qué estaría haciendo en ese instante. No la había llamado por lo de la información acerca de Zachary Alexander o del resto de los oficiales del Holden. ¿Se habría visto también en apuros?
Divisó la casa, su silueta interrumpida por los numerosos árboles que crecían entre medio. Stephanie se agachó tras uno de ellos.
Todo el mundo, por bueno que fuera, acababa fastidiándola. El truco residía en estar presente cuando eso sucediera. De creer a Davis, Zachary Alexander y David Sylvian habían sido asesinados por alguien experto en enmascarar esas muertes. Y aunque él no había expresado en voz alta sus reservas, ella las había adivinado cuando le contó cómo había muerto Millicent.
«Paro cardíaco.»
Davis también se estaba dejando llevar por su intuición.
La percha.
Se había movido.
Y ella había tenido la precaución de no revelar lo que había visto en el dormitorio, decidida a ver si Herbert Rowland de verdad era el siguiente.
La puerta de la casa se abrió y un hombre delgado de baja estatura que vestía unos vaqueros y botas salió.
Vaciló y acto seguido su oscurecido bulto se alejó y desapareció en el bosque. Stephanie sentía el corazón desbocado. Hijo de puta.
¿Qué había hecho allí dentro?
Stephanie sacó el móvil y marcó el número de Davis, que respondió a la segunda.
– Tenías razón -admitió.
– ¿Acerca de qué?
– De lo que dijiste de Langford Ramsey. Acerca de todo. Absolutamente de todo.
TERCERA PARTE
TREINTA Y OCHO
Aquisgrán 18.15 horas
Malone siguió al grupo de turistas hasta el octógono central de la capilla de Carlomagno. Dentro había diez grados más que fuera, y dio gracias por dejar atrás el frío. La guía hablaba en inglés. Habían sacado tiques unas veinte personas, entre las cuales no estaba Cara Chupada. Por algún motivo, su perseguidor había decidido esperar fuera. Quizá el reducido espacio aconsejara ser prudente. Y era probable que el hecho de que no hubiera mucha gente también hubiese influido en su decisión. Las sillas que había bajo la cúpula estaban desocupadas, tan sólo el grupo de turistas y aproximadamente una docena de visitantes deambulaban por el lugar.
Un fogonazo iluminó los muros cuando alguien sacó una fotografía. Uno de los guardas fue hacia la responsable.