Después señaló debajo del trono un pequeño pasadizo que iba de un lado a otro.
– Los peregrinos pasaban por debajo del trono agachados, rindiendo su propio homenaje. Durante siglos éste fue un lugar venerado.
Condujo al grupo al otro lado.
– Ahora miren esto. -La mujer señaló algo-. Fíjense en el dibujo que aparece grabado.
Ésa era la razón de la presencia de Malone en ese sitio: las guías incluían fotografías y diversas explicaciones, pero él quería verlo con sus propios ojos.
En la tosca superficie de mármol se veían unas líneas poco marcadas: un cuadrado dentro de un segundo cuadrado que a su vez estaba contenido en un tercero. De la mitad de los lados del mayor salía una raya que atravesaba el segundo cuadrado y se detenía en la cara del central. No se conservaban todas las raras, pero sí las suficientes para que Malone pudiera reproducir mentalmente la imagen completa.
– Ésta es la prueba de que los bloques de mármol procedían de un piso romano -aclaró la guía-. Se trata del tablero que se utilizaba para jugar al juego del molino, una mezcla de damas, ajedrez y backgammon. Se trataba de un juego sencillo que les encantaba a los romanos. Para jugar, grababan los cuadrados en una piedra. El juego también gozaba de popularidad en la época de Carlomagno y se sigue jugando hoy en día.
– ¿Qué hace en el trono real? -preguntó alguien.
La guía negó con la cabeza.
– Nadie lo sabe. Pero es interesante, ¿no les parece?
Malone le indicó a Christl que lo siguiera. La guía continuó con su sonsonete sobre la galería superior y vieron más flashes de cámara. El trono parecía ser un imán fotográfico y, por suerte, todo el mundo exhibía su pulserita oficial.
Él y Christl dieron la vuelta a uno de los arcos superiores y perdieron de vista al resto.
Los ojos de Malone escrutaron la penumbra.
Abajo, desde el coro, había deducido que el trono se encontraba en la galería occidental. Allí arriba, en alguna parte, darían con un lugar para esconderse.
Llevó a Christl hasta un oscuro recoveco del muro exterior y se sumió en la sombra. A continuación le pidió por señas que no hiciera ruido. Oyeron que el grupo abandonaba la galería superior y se dirigía a la parte de abajo.
Malone consultó su reloj: las 19.00.
La hora del cierre.
TREINTA Y NUEVE
Garmisch 2030 horas
Dorothea se encontraba en un dilema. Por lo visto, su marido lo sabía todo acerca de Sterling Wilkerson, lo que la sorprendía. Pero también estaba al tanto de la búsqueda con Christl, y eso, junto con el hecho de que al parecer Werner tenía retenido a Wilkerson, se le antojaba preocupante.
¿Qué demonios estaba pasando?
Subieron al tren de las 18.40 que salía de Munich con destino al sur, a Garmisch. Durante los ochenta minutos que duró el trayecto, Werner no dijo nada, se limitó a permanecer sentado leyendo tranquilamente un periódico muniqués. A ella siempre le había resultado irritante su forma de devorar cada palabra, leyendo incluso las esquelas y los anuncios, comentando aquí y allá todo aquello que le llamaba la atención. Le habría gustado saber a qué se refería con lo de «a ver a nuestro hijo», pero resolvió no preguntar. Por primera vez en veintitrés años ese hombre había demostrado que tenía agallas, de modo que Dorothea decidió no decir nada y esperar a ver cómo se desarrollaban las cosas.
Ahora se dirigían al norte por una carretera oscura, alejándose de Garmisch, el monasterio de Ettal y Reichshoffen. Un coche los esperaba en la estación de tren; las llaves estaban bajo la alfombrilla delantera. Dorothea cayó en la cuenta de adonde iban, un lugar que había evitado durante los últimos tres años.
– No soy idiota, Dorothea -dijo Werner al cabo-. Tú piensas que sí, pero no.
Ella decidió no darle ninguna satisfacción.
– La verdad, Werner, es que ni siquiera pienso en ti.
Él pasó por alto la pulla y siguió conduciendo bajo el frío. Por suerte, no nevaba. Ir por esa carretera le traía recuerdos que ella se había esforzado en borrar. De hacía cinco años, cuando el coche de Georg salió despedido en una carretera sin quitamiedos de los Alpes tiroleses. Había estado esquiando y había llamado justo antes de sufrir el accidente para decirle que se quedaría en el hostal que solía frecuentar. Estuvieron charlando unos minutos, de nada en particular, una conversación breve, informal entre madre e hijo, como de costumbre.
Pero fue la última vez que habló con él.
La siguiente vez que vio a su único hijo, él yacía en un ataúd, ataviado con un traje gris, listo para ser enterrado.
La sepultura de la familia Oberhauser se hallaba junto a una antigua iglesia bávara, a unos kilómetros al oeste de Reichshoffen. Después del funeral, la familia financió allí una capilla en nombre de Georg, y durante los dos primeros años ella acudió con regularidad a encender una vela.
Sin embargo, en los tres últimos no había vuelto.
Vio aparecer la iglesia, las vidrieras tenuemente iluminadas. Werner aparcó delante.
– ¿Por qué hemos venido aquí? -quiso saber ella.
– Créeme, si no fuera importante no habríamos venido.
Salió a la noche y ella lo siguió hasta la iglesia. Dentro no había nadie, pero la cancela de hierro de la capilla de Georg estaba abierta.
– Hace tiempo que no vienes -observó él.
– Eso es asunto mío.
– Yo vengo a menudo.
A ella no le sorprendió.
Se acercó a la cancela. Ante un pequeño altar había un reclinatorio de mármol. En la parte superior, grabado en la piedra, se veía a san Jorge a lomos de un caballo plateado. Dorothea no acostumbraba a rezar, y se preguntaba incluso si sería creyente. Su padre era ateo convencido; su madre, católica no practicante. Si existía un Dios, ella no sentía sino ira hacia él por haberla privado de la única persona a la que había querido de manera incondicional.
– Ya está bien, Werner. ¿Qué es lo que quieres? Ésta es la tumba de Georg, merece nuestro respeto. No es el lugar adecuado para airear nuestras diferencias.
– ¿Y tú lo respetas faltándome al respeto a mí?
– No tengo nada que ver contigo, Werner. Tú tienes tu vida y yo la mía.
– Se acabó, Dorothea.
– Estoy de acuerdo. Nuestro matrimonio se acabó hace mucho tiempo.
– No me refería a eso: se acabaron los hombres. Soy tu marido y tú eres mi mujer.
Ella rompió a reír.
– Debes de estar de broma.
– Lo digo muy en serio.
– Y ¿qué te ha hecho ser un hombre de pronto?
Él retrocedió hasta la pared.
– Llega un momento en el que los vivos han de dejar marchar a los muertos. Para mí ese momento ha llegado.
– ¿Me has traído hasta aquí para decirme eso?
Su relación había empezado por mediación de sus respectivos padres. No se trataba de un matrimonio concertado en el sentido estricto, pero sí planeado. Por suerte, nació la atracción, y los primeros años fueron felices. El nacimiento de Georg supuso una gran dicha para ambos, y su infancia y adolescencia también fueron estupendas. Pero su muerte hizo aflorar diferencias irreconciliables. Había que encontrar culpables, y cada uno de ellos dirigió su frustración contra el otro.