– Te he traído hasta aquí porque era necesario -repuso él.
– En mi caso todavía no ha llegado ese momento del que hablas.
– Es una pena -observó él, fingiendo no haberla oído-. Habría sido un gran hombre.
Ella opinaba lo mismo.
– El chico tenía sueños, ambiciones, y nosotros podríamos haber avivado sus deseos. Habría sido mejor que nosotros. -Se volvió para mirarla-. Me pregunto qué pensaría de nosotros ahora.
A Dorothea le extrañó el comentario.
– ¿Qué quieres decir?
– No nos hemos tratado bien.
– Werner, ¿qué estás haciendo? -quiso saber ella.
– Puede que él esté escuchando y quiera saber qué piensas.
A ella le molestó la presión.
– Mi hijo habría aprobado todo cuanto yo hiciera.
– ¿Ah, sí? ¿Habría aprobado lo que hiciste ayer? Mataste a dos personas.
– ¿Y tú cómo lo sabes?
– Ulrich Henn te sacó las castañas del fuego.
Ella estaba confusa y preocupada, pero no iba a hablar del tema allí, en aquel lugar sagrado. Se acercó a la cancela, pero él le impidió el paso y espetó:
– Esta vez no vas a huir.
El desasosiego se apoderó de ella. Lo odiaba por profanar el santuario de Georg.
– Aparta.
– ¿Tienes idea de lo que estás haciendo?
– Vete al infierno, Werner.
– Vives al margen de la realidad.
Su expresión no era de enfado ni de miedo, de manera que a Dorothea le picó la curiosidad.
– ¿Quieres que pierda frente a Christl?
La expresión de él se suavizó.
– No sabía que fuera una competición, más bien lo consideraba un desafío. Pero ésa es la razón de que yo esté aquí: quiero ayudarte.
Dorothea tenía que averiguar qué sabía él y cómo lo sabía, pero lo único que pudo decir fue:
– Un hijo muerto no une a un matrimonio. -Lo traspasó con la mirada-. No necesito tu ayuda. Ya no.
– Te equivocas.
– Quiero irme -afirmó ella-. ¿Te importaría dejarme pasar?
Su marido siguió como si tal cosa, y por un instante ella sintió miedo. Werner siempre se había aferrado a las emociones como alguien que se ahoga a un salvavidas. Se le daba bien iniciar peleas y fatal ponerles fin, así que, cuando se apartó de la entrada, a ella no le sorprendió.
Pasó por delante de él.
– Hay algo que tienes que ver -aseguró su marido.
Dorothea se detuvo, se volvió y vio algo que llevaba mucho tiempo sin ver en aquel hombre: confianza. Volvió a ser presa del miedo.
Werner salió de la iglesia y regresó al coche con ella a la zaga. Acto seguido cogió una llave y abrió el maletero. Dentro, una débil luz le permitió ver el rostro crispado, muerto de Sterling Wilkerson, en medio de la frente tenía un orificio sangriento.
Profirió un grito ahogado.
– Esto es muy serio, Dorothea.
– ¿Por qué? -preguntó ella-. ¿Por qué lo has hecho?
Él se encogió de hombros.
– Tú lo estabas utilizando y él te estaba utilizando a ti. La cuestión es que él ha muerto y yo no.
CUARENTA
Washington, D. C. 14.40 horas
Hicieron pasar a Ramsey al salón del almirante Raymond Dyals hijo, cuatro estrellas, retirado, Marina estadounidense. Aquel hombre de noventa y cuatro años, oriundo de Missouri, había combatido en la segunda guerra mundial, en Corea y en Vietnam, y se había retirado a principios de la década de los ochenta. En 1971, cuando se perdió el NR-1A, Dyals era jefe de operaciones navales, el hombre que firmó la orden clasificada de no poner en marcha una operación de búsqueda y salvamento del submarino que había desaparecido.
Por aquel entonces, Ramsey era teniente de navío, Dyals lo escogió para la misión y posteriormente informó personalmente al almirante sobre la visita secreta del Holden a la Antártida. Después no tardó en ascender a capitán de corbeta y pasó a formar parte del personal de Dyals. A partir de ese instante, los ascensos habían sido rápidos y fáciles.
Todo se lo debía a aquel anciano.
Y sabía que Dyals todavía cortaba el bacalao.
Era el oficial superior vivo de más edad. Los presidentes le consultaban, y el actual no era una excepción. Sus opiniones se consideraban sensatas y valiosas, la prensa lo trataba con gran deferencia, y los senadores acostumbraban a peregrinar a la estancia donde ahora entraba Ramsey. Dyals se hallaba ante un fuego vivo, con una manta de lana sobre las flacas piernas y un peludo gato en el regazo. Incluso le habían adjudicado un sobrenombre, el Halcón de Invierno, que, como bien sabía Ramsey, al hombre le entusiasmaba.
Los arrugados ojos de Dyals brillaron al verlo entrar.
– Me gusta que vengas a verme.
Ramsey permaneció en pie respetuosamente hasta que su mentor lo invitó a tomar asiento.
– He pensado que tendría noticias tuyas -observó Dyals-. Me he enterado esta mañana de lo de Sylvian. En su día trabajó para mí. No lo hacía mal, pero era demasiado intransigente. Sin embargo, parece que le fue bien, toda su vida está repleta de informes entusiastas.
Ramsey decidió ir al grano.
– Quiero su puesto.
Las melancólicas pupilas del almirante se iluminaron en señal de aprobación.
– La Junta de Jefes de Estado Mayor. Yo nunca llegué tan alto.
– Podría haber llegado.
El anciano negó con la cabeza.
– Reagan y yo no nos llevábamos bien. El tenía sus favoritos, o al menos sus asesores tenían sus favoritos, y yo no figuraba en esa lista. Además, había llegado la hora de que me fuera.
– ¿Qué hay de usted y Daniels? ¿Figura en su lista de favoritos?
Captó algo áspero e inflexible en la expresión de Dyals.
– Langford -dijo éste-, sabes que el presidente no es nuestro amigo. Ha sido duro con el Ejército. Ha recortado drásticamente los presupuestos, reducido programas. Ni siquiera cree necesaria la Junta de Jefes.
– Se equivoca.
– Puede, pero es el presidente y goza de popularidad. Como Reagan, sólo que con una filosofía diferente.
– Seguro que hay oficiales a los que respeta, hombres que usted conoce. Su apoyo a mi candidatura podría cambiarlo todo.
Dyals acarició suavemente al gato.
– Muchos de ellos querrán el puesto para sí mismos.
Ramsey no dijo nada.
– Todo este asunto, ¿no te resulta desagradable? -preguntó Dyals-. Pedir favores, confiar en políticos corruptos para hacer carrera. Ése fue uno de los motivos por los que lo abandoné todo.
– Así es el mundo. Nosotros no dictamos las normas, sino que nos limitamos a jugar conforme a las que ya existen.
Ramsey sabía que muchos oficiales de alta graduación y un buen número de esos «políticos corruptos» podían agradecerle a Ray Dyals sus respectivos empleos. El Halcón de Invierno tenía infinidad de amigos y sabía cómo sacarles partido.
– No he olvidado lo que hiciste -musitó Dyals en voz queda-. Pienso a menudo en el NR-1A. Esos hombres… Vuelve a contármelo, Langford, ¿cómo fue?
Un inquietante brillo azulado se colaba por el hielo de la superficie. El color se volvía más intenso con la profundidad, para tornarse finalmente una negrura añil Ramsey llevaba un grueso traje seco de la Marina con las costuras selladas y doble capa, nada quedaba al descubierto salvo una mínima franja de piel alrededor de los labios que se le había quemado nada más entrar en el agua, y que ahora tenía insensibilizada. Unos pesados guantes hacían que sus manos parecieran inútiles. Por suerte, el agua anulaba el peso, y flotando en aquella vastedad transparente como el aire era como si volara en lugar de nadar.