La señal del transpondedor que había captado Herbert Rowland los condujo a través de la nieve hasta una angosta ensenada donde el glacial océano lamía la helada costa, un lugar en el que focas y aves se habían congregado para pasar el verano. La intensidad de la señal exigía una inspección de primera mano, de manera que se enfundó el traje con ayuda de Sayers y Rowland. Sus órdenes eran claras. Sólo él se sumergió en el agua.
Comprobó a qué profundidad se hallaba: doce metros.
Era imposible saber cuánto quedaba para el fondo, pero esperaba al menos ver algo, lo bastante para confirmar la suerte que había corrido el submarino. Rowland le había dicho que la fuente se encontraba más hacia el interior, hacia las montañas que se elevaban desde la costa.
Avanzaba por el agua dando pies.
A su izquierda se alzaba una pared de roca volcánica negra salpicada de un deslumbrante despliegue de anémonas anaranjadas, esponjas,
estrellas de mar rosas y moluscos de un verde amarillento. De no ser por el hecho de que el agua estaba a dos grados bajo cero, podría haberse encontrado en un arrecife de coral. La luz se fue atenuando arriba, en el helado techo, y lo que no hacía mucho parecía un cielo nublado con distintas tonalidades de azul poco a poco se volvió negro.
Al parecer, el hielo de la parte superior se había visto sustituido por piedra.
Cogió la linterna del cinturón y la encendió. A su alrededor flotaba algo de plancton. No vio sedimentos. Apuntó con la luz y el haz se tornó invisible, ya que no había nada que retrorreflejara los fotones: éstos simplemente quedaban suspendidos en el agua, dejándose ver tan sólo cuando chocaban con algo.
Como una foca, que pasó a toda velocidad sin apenas mover un músculo.
Aparecieron más focas.
Ramsey oyó su vibrante llamada e incluso la sintió en el cuerpo, como si lo hubiese detectado un sonar. Menuda misión. La oportunidad de demostrar su valía ante hombres que podían forjar literalmente su carrera. Por eso se había ofrecido voluntario sin pensarlo dos veces. Además, había escogido personalmente a Sayers y a Rowland, dos hombres de los que sabía podía fiarse. Rowland había dicho que lafuente de la señal podía hallarse a unos doscientos metros al sur, no más. Él calculaba que ya había recorrido por lo menos esa distancia. Barrió las profundidades con la luz, que se adentró unos quince metros. Esperaba ver la torreta naranja del NR-1A surgiendo del fondo.
Parecía estar flotando en una enorme cueva subterránea que se abría directamente al continente antártico, rodeado ahora de roca volcánica.
Escudriñó el lugar: nada. Tan sólo agua fundiéndose con la negrura.
Sin embargo, la señal persistía.
Decidió explorar un centenar de metros más.
Otra foca pasó disparada y luego otra más. Ante sus ojos, su ballet resultaba fascinante. Vio cómo se deslizaban sin esfuerzo alguno. Una de ellas describió una amplia vuelta y a continuación emprendió una precipitada retirada ascendente.
Él la siguió con la luz.
El animal desapareció.
Una segunda foca movió las aletas y ascendió. También atravesó la superficie. ¿Cómo era posible?
Se suponía que sobre su cabeza sólo había roca.
– Increíble -observó Dyals-. Menuda aventura.
Ramsey coincidía.
– Cuando subí tenía los labios como si hubiese estado besando metal congelado.
El almirante soltó una risita.
– Me habría encantado hacer lo que hiciste.
– La aventura aún no ha acabado, almirante.
El terror tiñó sus palabras, y el anciano comprendió que la visita tenía un doble propósito.
– Habla.
Ramsey le contó que Magellan Billet se había hecho con el expediente de la investigación sobre el NR-1 A, la participación de Cotton Malone, su fructífero intento de recuperar el expediente y el acceso de la Casa Blanca a la hoja de servicios de Zachary Alexander, Herbert Rowland y Nick Sayers. Sólo omitió lo que se traía entre manos Charlie Smith.
– Alguien está husmeando -afirmó.
– Sólo era cuestión de tiempo -musitó Dyals-. Ya no es fácil guardar secretos.
– Puedo detenerlo -aseguró Ramsey.
Los ojos del anciano se entornaron.
– Pues hazlo.
– He adoptado medidas. Pero hace tiempo usted ordenó que lo dejaran en paz.
No era preciso dar nombres. Ambos sabían a quién se refería ese «lo».
– Así que has venido para ver si la orden se mantiene, ¿no es eso?
Él asintió.
– Para que sea completo hay que incluirlo a él.
– Ya no puedo darte órdenes.
– Usted es el único hombre al que obedezco de buena gana. Cuando nos disolvimos, hace treinta y ocho años, usted dio una orden: dejarlo en paz.
– ¿Aún vive? -inquirió Dyals.
Ramsey afirmó con la cabeza.
– Tiene sesenta y ocho años, vive en Tennessee y da clases en una facultad.
– ¿Sigue soltando las mismas paparruchas?
– No ha cambiado nada.
– ¿Y los otros dos tenientes que estaban contigo?
Ramsey no contestó; no hacía falta.
– Has estado ocupado -comentó el almirante.
– Tuve un buen maestro.
Dyals continuó acariciando al gato.
– Corrimos un riesgo en el 71. Cierto, la dotación de Malone aceptó las condiciones antes de zarpar, pero no teníamos por qué obligarlos. Pudimos cuidar de esos hombres. No he dejado de preguntarme si hice bien.
– Lo hizo.
– ¿Cómo puedes estar tan seguro?
– Corrían otros tiempos. Ese submarino era nuestra arma más secreta. No podíamos revelar su existencia, y mucho menos anunciar que se había hundido. ¿Cuánto habrían tardado los soviéticos en encontrar el pecio? Y luego estaba lo del NR-1. Por aquel entonces cumplía misiones, y sigue en funcionamiento. Hizo usted bien, no cabe la menor duda.
– ¿Crees que el presidente intenta averiguar lo que pasó?
– No. Está unos peldaños más abajo en la escalera, pero ese hombre goza de la confianza de Daniels.
– Y tú crees que todo esto podría arruinar las posibilidades de que te nombren, ¿no es así?
– Sin duda.
No era preciso añadir lo evidente: «Y de paso arruinar su reputación.»
– En tal caso, revoco esa orden. Haz lo que estimes oportuno.
CUARENTA Y UNO
Aquisgrán 21.50 horas
Malone se sentó en el suelo de una estrecha habitación vacía de la galería superior. Él y Christl se habían refugiado allí tras dar esquinazo al grupo de turistas. Malone había visto por debajo de la puerta, que se separaba dos centímetros del suelo, cómo bajaban las luces de la capilla y cerraban las puertas durante la noche. De eso hacía ya más de dos horas, y desde entonces no habían oído ningún ruido, salvo el murmullo del mercado navideño, que se colaba por la única ventana de la estancia, y los leves silbidos del viento que azotaba los muros exteriores.
– Este sitio es extraño -musitó Christl-. Tan silencioso.
– Necesitamos tiempo para explorarlo sin que nadie nos interrumpa.
También esperaba que su desaparición confundiera a Cara Chupada.