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– ¿Por qué lo has metido en esto?

– Necesitas ayuda, y él te la proporcionará.

– No necesito nada de él. -Hizo una pausa-. Ni tampoco de una anciana.

Su madre levantó el brazo y abofeteó el rostro de Dorothea.

– No te atrevas a hablarme así. Ni ahora ni nunca.

Ella no se movió, a sabiendas de que, aunque tal vez pudiera vencer a su anciana madre, Ulrich Henn sería harina de otro costal. Se pasó la lengua por el interior de la mejilla.

Las sienes le palpitaban.

– He venido aquí esta noche para dejar las cosas claras -prosiguió Isabel-. Ahora Werner forma parte de esto porque así lo he decidido. Esta búsqueda es cosa mía. Si no quieres aceptar las normas, le pondré fin ahora mismo y tu hermana se hará con el control de todo.

Los ojos de su madre la atravesaron, y ella vio que no se trataba de una amenaza hecha a la ligera.

– Quieres esto, Dorothea, lo sé. Eres muy parecida a mí. No te he perdido de vista: has trabajado con ahínco en los negocios de la familia, eres buena en lo que haces. Le pegaste un tiro al hombre de la casa. Tienes valor, algo que a veces le falta a tu hermana. Ella tiene visión, algo que tú a veces pasas por alto. Es una lástima que no se pueda fundir en una persona lo mejor de ambas. De alguna manera, hace tiempo todo en mí era caos, y por desgracia las dos habéis sufrido.

Dorothea clavó la vista en Werner.

Tal vez ya no lo quisiera, pero, qué caray, en ocasiones lo necesitaba de una forma que sólo quienes habían perdido a un hijo podían entender. El suyo era un vínculo creado por el dolor. La agonía paralizadora que provocó la muerte de Georg había levantado unos muros que ambos habían aprendido a respetar. Y si bien su matrimonio se tambaleaba, su vida al margen de él prosperaba. Su madre estaba en lo cierto: los negocios eran su pasión. La ambición era una poderosa droga que lo eclipsaba todo, incluido el afecto.

Werner entrelazó las manos a la espalda y se puso erguido, como un guerrero.

– Quizá antes de morir deberíamos disfrutar lo que nos quede de vida.

– No sabía que desearas morir. Gozas de buena salud y podrías vivir muchos años.

– No, Dorothea. Puedo seguir respirando muchos años; vivir es algo completamente distinto.

– ¿Qué es lo que quieres, Werner?

Éste agachó la cabeza y se acercó a una de las oscurecidas ventanas.

– Dorothea, nos hallamos ante una encrucijada. En los próximos días podría producirse la culminación de toda tu vida.

– ¿Podría? Cuánta seguridad.

Él torció el gesto.

– No quería ofenderte. Aunque no estamos de acuerdo en muchas cuestiones, no soy tu enemigo.

– ¿Quién lo es, Werner?

Los ojos de su marido se endurecieron como el hierro.

– A decir verdad, no te hacen falta enemigos: te bastas tú sola.

Malone bajó del púlpito.

– El Apocalipsis es el último libro del Nuevo Testamento. En él, san Juan describe su visión de un nuevo cielo, una nueva tierra, una nueva realidad. -Señaló el octógono-. Ese edificio simbolizó esa visión. «Y serán su pueblo y el mismo Dios será con ellos.» Eso es lo que dice el Apocalipsis. Carlomagno construyó esto y vivió aquí, con ellos. Sin embargo, había dos cosas fundamentales: la longitud, la altura y la anchura debían ser las mismas, y los muros debían medir ciento cuarenta y cuatro codos, doce por doce.

– Se le da muy bien esto -observó ella.

– El ocho también era un número importante: el mundo se creó en seis días, y Dios descansó el séptimo. El octavo, cuando todo estaba hecho, representaba a Jesús, su resurrección, el comienzo de la gloriosa obra suprema final. Por eso hay un octógono dentro de un hexadecágono. Luego, quienes proyectaron esta capilla fueron más lejos.

«Resolved esta búsqueda aplicando la perfección del ángel a la santificación del señor.» Eso es lo que dijo Eginardo. El Apocalipsis se centra en los ángeles y en lo que hicieron para crear la «nueva Jerusalén». Doce puertas, doce ángeles, doce tribus de los hijos de Israel, doce hiladas, doce apóstoles, doce mil estadios, doce piedras preciosas, doce piedras eran doce perlas. -Hizo una pausa-. El número doce, la perfección según los ángeles.

Abandonó el coro y volvió al octógono.

A continuación señaló la franja de mosaico que lo rodeaba.

– ¿Podría traducirlo? Mi latín no es malo, pero el suyo es mejor.

Un ruido sordo rebotó en los muros, como si se forzara algo.

Otra vez.

Malone identificó su procedencia: una de las capillas laterales, San Miguel, donde se hallaba la otra salida.

Fue corriendo hasta ella y rodeó los desocupados bancos para llegar a la sólida puerta de madera, que un cerrojo de hierro mantenía cerrada. Oyó algo al otro lado.

– Están forzando la puerta.

– ¿Quiénes? -inquirió Christl.

Malone empuñó el arma.

– Más problemas.

CUARENTA Y TRES

Dorothea quería marcharse, pero no había escapatoria. Estaba a merced de su madre y su marido, por no hablar de Ulrich. Henn llevaba más de una década trabajando para la familia, aparentemente asegurándose de mantener Reichshoffen en buen estado, pero ella siempre había intuido que prestaba un amplio abanico de servicios. Ahora lo sabía: ese hombre mataba.

– Dorothea -dijo su madre-, tu marido quiere desagraviarte, quiere que volváis a estar como antes. Es evidente que aún sientes algo, de lo contrario te habrías divorciado de él hace tiempo.

– Si no lo hice fue por nuestro hijo.

– Tu hijo ha muerto.

– Pero no su recuerdo.

– Cierto, no, pero estás inmersa en una batalla por tu herencia. Párate a pensar y acepta lo que se te ofrece.

– ¿A qué viene tanto interés? -quiso saber ella.

Isabel cabeceó.

– Tu hermana persigue la gloria, la vindicación de nuestra familia, pero eso atraería muchas miradas ajenas, algo que ni tú ni yo queremos. Es tu deber impedirlo.

– ¿Cómo es que es mi deber?

Su madre parecía asqueada.

– Sois tan parecidas a vuestro padre… ¿Es que no hay nada mío en vosotras? Escúchame, hija: el camino que sigues no sirve de nada. Yo sólo intento ayudarte.

A Dorothea le ofendieron su falta de confianza y su condescendencia.

– He averiguado muchas cosas leyendo las publicaciones y las notas de la Ahnenerbe. Mi abuelo escribió un informe de lo que rieron en la Antártida.

– Hermann era un soñador, un hombre anclado en la fantasía.

– Hablaba de zonas en las que la nieve daba paso a la piedra, donde había lagos no helados donde no debería haberlos. Hablaba de montañas huecas y cuevas de hielo.

– Y ¿qué nos reportan todas esas fantasías? Dime, Dorothea. ¿Estamos más cerca de encontrar algo?

– Fuera tenemos a un hombre muerto en el maletero del coche.

Su madre exhaló un largo suspiro.

– No tienes remedio.

Sin embargo, la paciencia de Dorothea también se había agotado.

– Fuiste tú quien fijó las normas de este desafío. Querías saber qué fue de nuestro padre; querías que Christl y yo colaboráramos. Nos diste una parte del puzzle a cada una. Si tan lista eres, ¿por qué estamos haciendo nosotras todo esto?

– Permíteme que te cuente una cosa, algo que tu padre me contó hace mucho tiempo.

Carlomagno escuchó sobrecogido las palabras de Eginardo. Se hallaban seguros en la capilla del palacio, en la estancia de la galería superior del octógono. Era verano y finalmente había caído la noche, las ventanas de fuera estaban oscuras y en la capilla reinaba la calma. Eginardo acababa de regresar de su largo viaje el día anterior. El rey lo admiraba: era un hombre menudo, pero, al igual que la abeja que hace una miel exquisita o la laboriosa hormiga, capaz de grandes hazañas. Lo llamaba Besalel, como en el Éxodo, en referencia a su gran habilidad. No habría enviado a ningún otro y ahora escuchaba a Eginardo hablar de una ardua travesía por mar que lo había llevado hasta un lugar cuyos muros de nieve eran tan luminosos que el sol teñía la parte superior de tonalidades azules y verde jade. En uno de ellos había una cascada de aguas argénteas, y a Carlomagno aquello le recordó a las dentadas montañas del sur y el este. Hacía un frío indecible, contó Eginardo, y una de sus manos comenzó a temblar al recordarlo. El viento soplaba con tal fuerza que ni siquiera la capilla que los rodeaba se habría mantenido en pie. Carlomagno lo dudó, si bien no dijo nada. Aquí las gentes viven en chozas de barro, dijo Eginardo, sin ventanas, con una única abertura en el techo para que salga el humo. Sólo los privilegiados duermen en camas, las ropas son de cuero sin forrar. Allí las cosas son muy diferentes. Todas las casas son de piedra y están amuebladas y caldeadas. Las ropas son gruesas y de abrigo. No hay clases sociales, ni ricos ni pobres. Es una tierra de igualdad donde la noche no tiene fin y las aguas permanecen en calma como la muerte, pero son bellísimas.