Apoyó la cabeza en el mármol de nuevo y miró al otro lado del octógono. La luz que entraba por las ventanas que había tras el trono bañaba en una luz difusa los lustrosos pilares del otro extremo, y la borrosa sombra del imperial asiento resultaba claramente visible. Vio que otra sombra rodeaba el trono y se situaba en el lado más próximo a donde se hallaba él.
Tenía que hacer que el atacante se acercara más.
Su mano izquierda registró con cuidado el bolsillo del chaquetón y encontró un euro del restaurante. Lo sacó, extendió el brazo a un lado y acto seguido tiró la moneda suavemente ante la reja de bronce; aterrizó tres metros más allá, en el saliente, donde se alzaba el siguiente par de columnas. La moneda tintineó y después cayó abajo, al suelo de mármol, resonando en el espacio en medio del silencio. Malone esperaba que los sicarios creyeran que él era el causante, avanzaran y miraran a la izquierda, de forma que él pudiera atacar por la derecha.
Sin embargo, ello no tenía en cuenta lo que haría el otro hombre armado.
La sombra situada a su lado del trono aumentó de tamaño. Malone tendría que calcular su movimiento a la perfección. Pasó el arma de la mano derecha a la izquierda.
La sombra se acercó a la reja. Un arma quedó a la vista.
Malone se volvió, agarró al hombre por el abrigo y lo arrojó por la barandilla.
Fue a parar al octógono.
Malone saltó la balaustrada y rodó por el suelo justo cuando sonó un disparo y un proyectil procedente del otro hombre golpeaba el mármol. Oyó cómo se estrellaba el cuerpo seis metros más abajo, en medio de un estruendo de sillas. Efectuó un disparo al otro lado del trono y aprovechó el momento para ponerse en pie a toda prisa y ocultarse tras la columna de mármol, sólo que esa vez en la galería y no en el saliente.
Sin embargo, su pie derecho resbaló y se golpeó la rodilla en el suelo. Una oleada de dolor le recorrió la espalda. Malone hizo caso omiso y trató de recobrar el equilibrio, pero había perdido toda ventaja.
– Nein, Herr Malone -dijo un hombre.
Estaba a cuatro patas, con el arma en la mano.
– Levántese -le ordenó el desconocido.
Él se puso de pie despacio.
Cara Chupada había rodeado el trono y ahora se hallaba en el lado más próximo a Malone.
– Tire el arma -le ordenó.
Él no estaba dispuesto a rendirse así como así.
– ¿Para quién trabaja?
– Tire el arma.
Malone necesitaba ganar tiempo, pero dudaba que el tipo fuera a permitirle muchas más preguntas. Detrás de Cara Chupada, cerca del suelo, algo se movió. Vio dos suelas de zapato, la puntera hacia arriba, en la oscuridad que reinaba bajo del trono. Las piernas de Christl abandonaron su escondrijo y golpearon las rodillas de Cara Chupada.
El asaltante, cogido por sorpresa, se desplomó hacia atrás.
Malone aprovechó el momento para abrir fuego y una bala alcanzó al hombre en el pecho. Cara Chupada profirió un grito de dolor, pero pareció recuperarse en el acto y alzó el arma. Malone disparó de nuevo y el hombre cayó al suelo, inmóvil.
Christl salió de debajo de las andas.
– Tiene usted agallas -alabó él.
– Necesitaba ayuda.
A Malone le dolía la rodilla.
– Pues sí, la verdad.
Después de tomarle el pulso al hombre y comprobar que no tenía, se acercó a la barandilla y miró abajo: el otro matón yacía contorsionado entre sillas rotas; la sangre se extendía por el piso de mármol.
Christl se aproximó. Para ser alguien que no había querido ver el cadáver del monasterio, parecía no tener problema alguno con esos otros.
– Y ahora, ¿qué? -preguntó.
Él señaló la parte de abajo.
– Como le decía antes de que nos interrumpieran, necesito que me traduzca esa inscripción en latín.
CUARENA Y CINCO
Virginia 17.30 horas
Ramsey mostró sus credenciales y entró en Fort Lee. El trayecto en coche al sur de Washington le había llevado poco más de dos horas. La base, llamada así en honor al hijo predilecto de Virginia, el general Robert E. Lee, era uno de los dieciséis campamentos militares levantados en los albores de la primera guerra mundial. Desmantelada en los años veinte y transformada en una reserva natural estatal, el lugar había sido reactivado en 1940 y se había convertido en un concurrido centro de actividad bélica. A lo largo de las últimas dos décadas, gracias a su cercanía a Washington, las instalaciones habían sido ampliadas y modernizadas.
Sorteó un laberinto de construcciones destinadas a instrucción y puestos de mando que satisfacían distintas necesidades del Ejército, principalmente logística y administración. La Marina tenía arrendados tres almacenes en un extremo, entre una hilera de depósitos de material militar. El acceso estaba restringido por códigos numéricos y verificación digital. Dos de los almacenes los gestionaba la jefatura de la Marina; el tercero, los servicios de inteligencia de la Marina.
Aparcó, bajó del coche y se arrebujó en el abrigo. A continuación se refugió bajo un porche de metal, introdujo un código y deslizó el pulgar en el escáner digital.
La puerta se abrió con un clic.
Entró en una pequeña antesala cuyas luces cenitales se activaron al captar su presencia. Se dirigió hacia una batería de interruptores e iluminó el espacio cavernoso que se abría más allá, visible a través de una ventana de vidrio cilindrado.
¿Cuándo había estado allí por última vez? ¿Hacía seis años?
No, lo más probable es que fuesen ocho o nueve.
Sin embargo, la primera vez había sido treinta y ocho años antes. Observó que dentro las cosas no habían cambiado mucho, aparte de la moderna seguridad. Por aquel entonces lo había llevado el almirante Dyals, también un ventoso día de invierno, en febrero, unos dos meses después de su regreso de la Antártida.
– Hemos venido aquí por un motivo -dijo Dyals.
Él se había estado preguntando cuál era el propósito de ese viaje. El mes anterior había pasado mucho tiempo en el almacén, pero aquello había terminado bruscamente unos días antes, cuando el grupo fue disuelto. Rowland y Sayers volvieron a sus respectivas unidades, el almacén fue sellado y a él lo destinaron al Pentágono. Por el camino, al sur de Washington, el almirante no había hablado mucho. Dyals era así. Muchos lo temían, no por su genio, que rara vez manifestaba, ni tampoco porque soltara improperios, que evitaba por irrespetuosos, sino más bien por una mirada glacial de unos ojos que parecían no pestañear jamás.
– ¿Has estudiado el expediente de la operación «Salto de altura»? -inquirió Dyals-. ¿El que te di?
– A fondo.
– Y ¿qué has notado?
– Que el lugar de la Antártida donde estuve se corresponde exactamente con una zona que exploró el equipo de la «Salto de altura».
Tres días antes, Dyals le había hecho entrega de un expediente que tenía estampado el sello de «Confidencial». La información que contenía no formaba parte del informe oficial presentado por los almirantes Cruzen y Byrd después de la misión que llevaron a cabo en la Antártida. Aquel informe lo había realizado un equipo de especialistas del Ejército que se había sumado a los cuatro mil setecientos hombres que participaron en la «Salto de altura». El propio Byrd se había puesto al mando de ellos en una misión especial de reconocimiento de la costa septentrional. Sus informes habían ido a parar únicamente a manos de Byrd, que a su vez había informado personalmente al que era jefe de operaciones navales por aquel entonces. Lo que había leído lo había dejado atónito.