– Con anterioridad a la operación «Salto de altura» estábamos convencidos de que los alemanes habían levantado bases antárticas en la década de 1940 -contó Dyals-. Tanto durante la guerra como poco después de que ésta finalizó se habían avistado submarinos por todo el Atlántico Sur. Los alemanes organizaron allí una misión de exploración a gran escala en 1938, y pretendían volver. Nosotros creímos que lo habían hecho y no se lo habían contado a nadie, pero todo ello fue una paparrucha, Langford, una auténtica paparrucha. Los nazis no fueron a la Antártida a levantar bases. Él era todo oídos.
– Fueron a buscar su pasado.
Dyals entró en el almacén y se abrió paso entre cajas de madera y estanterías de metal. Se detuvo y señaló una hilera de estantes repletos de piedras que exhibían una curiosa mezcla de sinuosidades y arabescos.
– Nuestro equipo de la «Salto de altura» localizó parte de lo que los nazis encontraron en el 38. Los alemanes se guiaban por una información que databa de la época de Carlomagno. La había descubierto uno de los suyos: Hermann Oberhauser.
Ramsey reconoció el apellido, de la dotación del NR-1A: Dietz Oberhauser, especialista de campo.
– Abordamos a Dietz Oberhauser hace alrededor de un año -dijo Dyals-. Nuestro departamento de I+D estaba investigando documentos alemanes recopilados durante la guerra. Los alemanes creían que en la Antártida tal vez se pudieran aprender cosas, y Hermann Oberhauser estaba convencido de que allí vivía una cultura avanzada anterior a la nuestra. Pensaba que eran arios desaparecidos hacía mucho tiempo, y Hitler y Himmler querían saber si tenía razón. También creían que si la civilización era más avanzada quizá supiera cosas provechosas. Por aquel entonces, todo el mundo quería abrir brecha.
Y la situación no había cambiado.
– Pero Oberhauser cayó en desgracia. Cabreó a Hitler. Así que lo hicieron callar y lo arrinconaron. Sus ideas fueron abandonadas. Ramsey señaló las piedras.
– Por lo visto, tenía razón. Había algo que encontrar.
– Has leído el expediente y has estado allí. Dime, ¿tú qué crees?
– Nosotros no encontramos nada así.
– Sin embargo, Estados Unidos gastó millones de dólares en enviar casi cinco mil hombres a la Antártida, cuatro de los cuales murieron en la empresa. Ahora hay once más muertos y hemos perdido un submarino de cien millones de dólares. Vamos, Ramsey, piensa.
Él no quería decepcionar a un hombre que había depositado tanta confianza en sus aptitudes.
– Imagina una cultura que se desarrolló decenas de miles de años antes de todo cuanto conocemos -prosiguió Dyals-. Antes que los sumerios, los chinos, los egipcios. Observaciones y mediciones astronómicas, pesos, volúmenes, una noción realista de la Tierra, cartografía avanzada, geometría esférica, técnicas de navegación, matemáticas. Digamos que sobresalieron durante todos esos siglos antes que nosotros. ¿Te imaginas lo que podrían haber aprendido? Dietz Oberhauser nos contó que su padre fue a la Antártida en 1938. Vio cosas, aprendió cosas. Los nazis eran unos idiotas: pedantes, provincianos, arrogantes, así que no fueron capaces de apreciar el significado de todo aquello.
– Sin embargo, almirante, da la impresión de que también nosotros adolecimos de ignorancia. Leí el expediente: las conclusiones de la «Salto de altura» fueron que estas piedras, las que están en este almacén, pertenecían a una raza antigua, tal vez una raza aria, cosa que da la impresión de que preocupaba a todo el mundo. Al parecer, nos tragamos el mito que los nazis crearon sobre sí mismos.
– Cierto, y ése fue nuestro error. Pero corrían otros tiempos. La gente de Truman pensó que esa historia era demasiado política para tratarla públicamente. No querían nada que pudiera dar crédito a Hitler o a los alemanes, así que clasificaron la operación «Salto de altura» como secreta y lo sellaron todo. Pero no nos hicimos ningún favor.
Dyals señaló una puerta de acero cerrada que tenía delante.
– Deja que te enseñe lo que no viste cuando estuviste allí.
Ahora Ramsey se hallaba delante de esa misma puerta. Un compartimento refrigerado.
El mismo en el que había entrado hacía treinta y ocho años por primera y única vez. Ese día, el almirante Dyals le había dado una orden, una orden que él había cumplido desde entonces: «Déjalo en paz.» Ahora esa orden había sido revocada, pero, antes de actuar, había acudido a asegurarse de que seguía allí.
Puso la mano en el cerrojo.
CUARENTA Y SEIS
Aquisgrán
Malone y Christl bajaron a la planta inferior. La bolsa de las guías descansaba en una silla de madera que había salido indemne. Malone sacó uno de los folletos y dio con una traducción del mosaico en latín:
SI LAS PIEDRAS VIVAS ENCAJASEN EN ARMONÍA,
SI LOS NÚMEROS Y LAS DIMENSIONES CONCORDARAN,
LA OBRA DEL SEÑOR QUE ERIGIÓ ESTE GRAN LUGAR
RESPLANDECERÁ Y SERÁ GARANTÍA DEL
ÉXITO DE LOS PÍOS ESFUERZOS DEL HOMBRE CUYAS OBRAS SIEMPRE SON UN ORNAMENTO
IMPERECEDERO.
SI EL CONSEJERO TODOPODEROSO LA PROTEGE Y VIGILA, QUIERA DIOS QUE ESTE TEMPLO PERDURE SOBRE LOS FIRMES CIMIENTOS PUESTOS POR EL EMPERADOR
CARLOS.
Le entregó el folleto a Christl.
– ¿Es correcta?
En el restaurante se había dado cuenta de que algunos de los otros libros incluían traducciones, todas ellas ligeramente distintas.
Ella estudió el texto, miró el mosaico y comenzó a comparar ambos. El cuerpo yacía a escasos metros, con las extremidades formando extraños ángulos y un charco de sangre en el suelo, y los dos parecían fingir que no estaba allí. Malone se preguntó si alguien habría oído los disparos, pero lo dudaba, dado el grosor de los muros y el viento que soplaba fuera. Al menos, por el momento, no había acudido nadie a investigar.
– Está bien -contestó ella-. Hay algunas variantes de poca importancia, pero nada que cambie el significado.
– Antes me ha dicho que la inscripción es original, sólo que se trata de un mosaico en lugar de una pintura. La consagración (una palabra que significa lo mismo que «santificación») de la capilla. «Resolved esta búsqueda aplicando la perfección del ángel a la santificación del señor.» El número doce es la perfección del ángel, según el Apocalipsis, y este octógono era un símbolo de esa perfección. -Apuntó con un dedo el mosaico-: Podría ser cada doce letras, pero yo creo que hay que contar cada doce palabras.
Una cruz indicaba el principio y el final de la inscripción. Malone vio cómo contaba Christl.
– Claret -dijo al llegar a doce. A continuación, otras dos palabras en las posiciones vigesimocuarta y trigesimosexta-: Quorum, Deus. Es todo. La última palabra, velit, es la número once.
– Interesante, ¿no? Tres palabras, la última es la número once, de manera que no hay más.
– Claret quorum Deus: la irradiación de Dios.
– Enhorabuena -aprobó él-. Acaba de resolver la búsqueda.
– Usted ya lo sabía, ¿no?