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Malone se encogió de hombros.

– Probé en el restaurante con una de las traducciones y también di con esas tres palabras.

– Podría haberlo dicho, eso y que nos seguían.

– Podría, sí, pero usted también podría haber dicho algo.

Ella lo miró con perplejidad, pero Malone no se lo tragó:

– ¿Por qué está jugando conmigo? -inquirió.

Dorothea clavó la mirada en su madre.

– ¿Sabes dónde está Chritl?

Isabel asintió.

– Vigilo a mis dos hijas.

Ella intentó aparentar tranquilidad, pero una ira creciente complicó dicho cometido.

– Tu hermana se ha aliado con Herr Malone.

Las palabras hicieron mella en Dorothea.

– Tú me obligaste a despacharlo, dijiste que era un problema.

– Lo era y lo es, pero tu hermana habló con él después de que se reuniera contigo.

La preocupación dio paso a una sensación de estupidez.

– ¿Fue cosa tuya?

Su madre afirmó con la cabeza.

– Tú tenías a Herr Wilkerson, así que le di a Malone a ella.

Dorothea tenía el cuerpo entumecido, el cerebro paralizado.

– Tu hermana está en Aquisgrán, en la capilla de Carlomagno, haciendo lo que hay que hacer. Ahora tú debes hacer lo mismo.

El rostro de su madre era imperturbable. Si su padre era alegre, cariñoso, afable, ella era disciplinada, fría, distante. Christl y ella se habían criado con niñeras, y siempre habían reclamado la atención de su madre, compitiendo por el escaso afecto de que podían disfrutar. Algo que, en opinión de Dorothea, había sido el principal motivo de la animosidad existente entre ambas: el deseo de cada una de las hijas de ser especial, agravado por el hecho de que eran idénticas.

– Para ti esto es sólo un juego, ¿no? -preguntó.

– Es mucho más que eso. Es hora de que mis hijas se hagan mayores.

– Te desprecio.

– Por fin te enfadas. Si eso va a impedir que hagas estupideces, ódiame, por el amor de Dios.

Dorothea no podía más y avanzó hacia su madre, pero Ulrich se interpuso entre ambas. Isabel levantó una mano para detenerlo, como haría con un animal adiestrado, y Henn retrocedió.

– ¿Qué harías? -quiso saber la madre-. ¿Agredirme?

– Si pudiera.

– Y de ese modo, ¿conseguirías lo que quieres?

La cuestión la detuvo. Las emociones negativas se esfumaron, dejando únicamente una sensación de culpa. Como de costumbre.

A los labios de su madre asomó una sonrisa.

– Debes escucharme, Dorothea. He venido a ayudarte, de veras.

Werner observaba con cierta reserva. Dorothea lo señaló.

– Mataste a Wilkerson y me has dado a éste. ¿Va a quedarse Christl con su americano?

– No sería justo. Aunque Werner es tu marido, no es un ex agente americano. Me ocuparé de ello mañana.

– Y ¿cómo sabes dónde estará mañana?

– Ahí quería llegar, hija. Sé exactamente dónde estará, y voy a decírtelo.

– ¿Tiene dos másteres y, sin embargo, el testamento de Eginardo le suponía un problema? -le preguntó Malone a Christl-. Déjese de historias, usted ya sabía todo esto.

– No voy a negarlo.

– Soy un idiota por meterme en medio de este desastre. He matado a tres personas en las últimas veinticuatro horas por culpa de su familia.

Ella se sentó en una silla.

– Conseguí resolver la búsqueda hasta este punto. Tiene razón: fue relativamente fácil. Pero para alguien que viviera en los años oscuros lo más probable es que fuese insalvable, ya que por aquel entonces casi nadie sabía leer y escribir. Debo admitir que sentía curiosidad por ver lo bueno que era usted.

– ¿He aprobado?

– Sin duda.

– «Pero sólo aquellos que sepan apreciar el trono de Salomón y la frivolidad romana hallarán el camino hacia el cielo.» Es lo siguiente, así que, ¿adonde vamos?

– Lo crea o no, desconozco la respuesta. Hace tres días me detuve llegada a ese punto y volví a Baviera…

– ¿A esperarme?

– Mi madre me llamó para que fuera a casa y me contó lo que pensaba hacer Dorothea.

Malone quería dejar algo claro.

– Estoy aquí únicamente por mi padre. Me he quedado porque a alguien le incomoda que yo haya leído ese expediente, y la trama llega directamente a Washington.

– ¿No me tuvo en cuenta a la hora de tomar su decisión?

– Un beso no implica una relación.

– Y yo que creía que le había gustado…

Había llegado el momento de enfrentarse con la realidad.

– Dado que los dos sabemos lo mismo de esta búsqueda, podemos resolver el resto por separado.

Malone se dirigió hacia la salida, pero se detuvo ante el cadáver. ¿A cuánta gente había matado a lo largo de los años? A demasiada. Pero siempre por un motivo; por Dios y por la patria; por obligación y por honor.

¿Y esa vez?

No supo responder.

Se volvió y vio a Christl Falk, que seguía indiferente en la silla.

Y se fue.

CUARENTA Y SIETE

Charlotte

17.20 horas

Stephanie y Edwin Davis se hallaban acurrucados en el bosque, a menos de cincuenta metros de la casa del lago de Herbert Rowland. Este último había llegado hacía un cuarto de hora y había entrado a toda prisa con una pizza. Luego había salido en el acto para coger tres troncos de la leñera. Ahora, la tosca chimenea de piedra despedía humo. A Stephanie le habría encantado tener una fogata.

Por la tarde habían pasado un par de horas comprando ropa de invierno adicional, guantes gruesos y gorros de lana. También se habían provisto de tentempiés y bebidas antes de volver y apostarse en un lugar desde donde pudieran vigilar la casa sin problemas. Davis dudaba que el asesino fuera a volver antes de que cayera la noche, pero quería estar en su sitio por si acaso.

– No va a volver a salir -susurró.

Aunque los árboles paraban la brisa, el seco aire se volvía más helador con cada minuto que pasaba. La oscuridad se iba cerniendo sobre ellos a un ritmo casi de ameba. La ropa que habían comprado era de cazador, toda ella con aislamiento térmico de última generación. Stephanie no había ido de caza en su vida y se había sentido rara comprando las prendas en una tienda de artículos de camping cercana a uno de los elegantes centros comerciales de Charlotte.

Se hallaban a los pies de un robusto árbol de hoja perenne, sobre un lecho de agujas de pino. Ella masticaba una barrita de Twix; los dulces eran su debilidad. En su despacho de Atlanta tenía un cajón lleno de tentaciones.

Seguía sin estar segura de que estuvieran haciendo lo correcto.

– Deberíamos llamar al servicio secreto -dijo en voz muy baja.

– ¿Siempre eres tan negativa?

– No deberías descartar la idea tan de prisa.

– Ésta es mi batalla.

– Parece que también es la mía.

– Herbert Rowland se encuentra en aprietos, pero jamás nos creería si llamáramos a la puerta y se lo dijéramos. Y el servicio secreto tampoco. No tenemos pruebas.

– Salvo el tipo que estaba hoy en la casa.

– ¿Qué tipo? ¿Quién es? Dime qué sabemos.

Ella no pudo responder.

– Vamos a tener que pillarlo in fraganti -afirmó él. -¿Porque crees que mató a Millicent?

– La mató.

– ¿Y si me cuentas qué es lo que está pasando realmente aquí? Millicent no tiene nada que ver con un almirante muerto, Zachary Alexander o la operación «Salto de altura». Esto es más que una vendetta personal.