– Ramsey es el denominador común, y lo sabes.
– A decir verdad, todo lo que sé es que tengo agentes que han sido entrenados para hacer esta clase de cosas y, sin embargo, aquí estoy yo, pelándome de frío con un empleado resentido de la Casa Blanca.
Se terminó la chocolatina.
– ¿Te gustan esas cosas? -inquirió él.
– No cambies de tema.
– Porque a mí me parecen un asco. Bueno, las Baby Ruth son otra cosa, ésa sí que es una chocolatina de verdad.
Stephanie metió la mano en la bolsa y sacó una.
– Estoy de acuerdo.
Él se la quitó.
– No te importa, ¿verdad?
Ella sonrió. Davis era irritante y enigmático a un tiempo.
– ¿Por qué no te has casado? -le preguntó.
– ¿Cómo sabes que no lo he hecho?
– Es evidente.
Él pareció apreciar su perspicacia.
– Nunca me lo he planteado.
Ella se preguntó de quién habría sido la culpa.
– Trabajo -añadió él mientras comía la chocolatina-. Y quería evitarme el dolor.
Eso Stephanie podía entenderlo: su propio matrimonio había sido un desastre. Terminó con un largo distanciamiento al que siguió el suicidio de su marido, quince años antes. Mucho tiempo para estar sola. Sin embargo, Edwin Davis tal vez fuera uno de los pocos que lo comprendiesen.
– Hay más cosas además de dolor -dijo ella-. También hay muchas alegrías.
– Pero siempre hay dolor, ése es el problema.
Ella se arrimó más al árbol.
– Tras la muerte de Millicent me destinaron a Londres -contó Davis-. Un día me encontré una gata, enclenque, preñada. La llevé al veterinario y la salvó a ella, pero no a las crías. Después me la llevé a casa. Era un buen animal, no arañó a nadie ni una sola vez. Manso, cariñoso. Me gustaba. Un buen día murió de repente. Lo pasé mal, muy mal. Fue entonces cuando decidí que las cosas que quería tendían a morir. Y eso se había acabado.
– Suena fatalista.
– Más bien realista.
El móvil de Stephanie vibró contra su pecho. Tras comprobar la pantalla -era Atlanta-, lo cogió. Estuvo escuchando un instante y repuso:
– Pásamelo. Es Cotton -le dijo a Davis-. Es hora de que sepa lo que está pasando.
Pero Davis seguía comiendo, con la mirada fija en la casa.
– Stephanie -le dijo Malone-, ¿has averiguado lo que necesito saber?
– Las cosas se han complicado. -Y, protegiéndose la boca, le contó parte de lo que había sucedido. Luego preguntó-: ¿Y el expediente?
– Probablemente haya desaparecido.
Y ella se mantuvo a la escucha mientras Malone le relataba lo que había ocurrido en Alemania.
– ¿Qué estás haciendo ahora? -quiso saber él.
– Si te lo contara, no me creerías.
– Teniendo en cuenta las estupideces que he hecho los últimos dos días, creería cualquier cosa.
Ella se lo contó.
– Yo diría que no es ninguna bobada -aseguró Malone-. Aquí me tienes a mí, congelándome a la puerta de una iglesia carolingia. Davis tiene razón: ese tío va a volver.
– Es lo que me temo.
– Alguien está muy interesado en el Blazek, o el NR-1A, o comoquiera que se llame el puñetero submarino. -El enfado de Malone parecía haber dado paso a la incertidumbre-. Si la Casa Blanca ha dicho que los servicios de inteligencia de la Marina han estado haciendo preguntas, eso significa que Ramsey está involucrado. Seguimos rumbos paralelos, Stephanie.
– A mi lado hay un tío masticando una Baby Ruth que dice lo mismo. Tengo entendido que habéis hablado.
– Siempre que alguien me salva el culo le estoy agradecido.
Stephanie también se acordaba de Asia Central, pero había algo que quería saber:
– ¿Adonde conduce tu camino, Cotton?
– Buena pregunta. Te llamaré. Ten cuidado.
– Lo mismo digo.
Malone colgó. Se hallaba al fondo del patio donde estaba montado el mercado de Navidad, en el punto elevado de la pendiente, cerca del ayuntamiento de Aquisgrán, a unos cien metros de cara a la capilla. El nevado edificio desprendía un brillo verde fosforescente. La nieve seguía cayendo en silencio, pero al menos el viento había dejado de soplar.
Consultó su reloj: casi las once y media.
Todos los puestos estaban cerrados, los remolinos de voces y cuerpos en calma hasta el día siguiente. Tan sólo pululaban un puñado de personas. Christl no había salido tras él de la capilla y, después de hablar con Stephanie, estaba todavía más confuso.
La irradiación de Dios.
La locución había de ser relevante en época de Eginardo, algo que tuviera un significado claro. ¿Revestían aún alguna importancia esas palabras?
Había una forma sencilla de averiguarlo.
Pulsó «Safari» en su iPhone, se conectó a Internet y accedió a Google. Tecleó «Irradiación de Dios Eginardo» y a continuación hizo clic en «Buscar».
La pantalla titiló y acto seguido mostró los primeros veinticinco resultados.
El primero de ellos respondió a su pregunta.
CUARENTA Y OCHO
Charlotte
Jueves, 13 de diciembre 0.40 horas
Stephanie oyó algo. No era un ruido fuerte, pero sí lo bastante regular como para saber que allí había alguien. Davis se había quedado dormido y ella lo había dejado; lo necesitaba. Estaba preocupado y Stephanie quería ayudar, igual que Malone la había ayudado a ella, aunque todavía cuestionaba si lo que estaban haciendo era buena idea.
Empuñaba una arma y escrutaba la oscuridad a través de los árboles, el claro que rodeaba la casa de Rowland. En las ventanas no se veía luz desde hacía al menos dos horas. Aguzó los oídos y captó otro chasquido, a la derecha. Las ramas de un pino se movieron, y ella identificó su ubicación: a unos cincuenta metros.
Le tapó la boca a Davis y le dio unos golpecitos en el hombro con la pistola. Él despertó sobresaltado y Stephanie incrementó la presión de la mano.
– Tenemos visita -anunció.
Él asintió con la cabeza.
Stephanie le señaló el origen.
Un nuevo chasquido.
Seguido de movimiento cerca de la camioneta de Rowland. De pronto apareció un bulto oscuro que se fundió con los árboles y se desvaneció por completo un instante antes de reaparecer para dirigirse a la casa.
Charlie Smith se acercó a la puerta. La casa de Herbert Rowland ya llevaba a oscuras lo suficiente.
Había pasado la tarde en el cine y después había saboreado el filete que tanto le apetecía en Ruths Chris. En general había sido un día bastante tranquilo. Había leído artículos de periódico donde se hablaba de la muerte del almirante David Sylvian, satisfecho de que no se hiciera alusión a un asesinato. Había regresado hacía dos horas y había estado esperando en el frío bosque, alerta.
Pero parecía reinar la calma.
Entró en la casa por la puerta principal tras forzar con facilidad la cerradura y el cerrojo, y agradeció el calor del interior. En primer lugar fue sin hacer ruido a la nevera para comprobar el estado del vial de insulina: no cabía duda de que el nivel había bajado. Smith sabía que cada uno contenía cuatro inyecciones, y calculó que faltaba una cuarta parte de la solución salina. Depositó el vial en una bolsa de plástico con las manos enguantadas.
Después echó un vistazo a las botellas de whisky y vio que el contenido de una había bajado considerablemente. Por lo visto, Herbert Rowland había disfrutado de su nocturna libación. En la basura de la cocina encontró una jeringuilla usada, que asimismo echó a la bolsa.
Acto seguido entró de puntillas en la habitación.