– Y eres negro.
Él sonrió.
– ¿No me digas? No se te pasa nada por alto.
Kane lo miró tratando de determinar su valía.
– Vicepresidente Langford Ramsey, a un paso de…
Ramsey levantó una mano para que se detuviera.
– No pensemos en eso. Yo sólo quiero ocho años de vicepresidencia.
Kane sonrió.
– ¿Ambos mandatos?
– Naturalmente.
– ¿Has hecho todo esto para asegurarte un empleo?
– ¿Qué tiene de malo? ¿No es ése tu objetivo? De todas las personas del mundo, precisamente tú puedes entender lo que significa. A mí jamás me elegirían presidente; soy almirante, carezco de base política. Pero para ser el número dos tengo posibilidades. Lo único que he de hacer es impresionar a una persona: a ti.
Dejó que sus palabras calaran.
– Estoy seguro, Aatos, de que ves las ventajas de este arreglo. Puedo ser un aliado valioso. O, si decides no cumplir con el trato, puedo llegar a ser un rival temible.
Vio que Kane analizaba la situación. Conocía bien a ese hombre: era un hipócrita despiadado y amoral que se había pasado la vida en la administración pública, labrándose una reputación que ahora tenía intención de utilizar para alcanzar la presidencia.
Nada parecía interponerse en su camino.
Y nada se interpondría, siempre y cuando…
– Muy bien, Langford, te daré tu lugar en la historia.
Por fin el nombre de pila. Así tal vez llegaran a alguna parte.
– También puedo ofrecer otra cosa -afirmó Ramsey-. Considéralo un gesto de buena voluntad para demostrar que no soy el mal bicho que crees que soy.
Vio recelo en los atentos ojos de Kane.
– Tengo entendido que tu máximo rival, sobre todo al comienzo de las primarias, será el gobernador de Carolina del Sur. Tú y él no os lleváis bien, de manera que la lucha podría pasar rápidamente al terreno personal. Ese hombre es un problema en potencia, sobre todo en el sur. Seamos realistas: nadie puede llegar a la Casa Blanca sin el sur, demasiados votos electorales para pasarlos por alto.
– Dime algo que no sepa.
– Puedo borrar su candidatura.
Kane alzó las manos titubeante.
– No quiero que muera nadie más.
– ¿Me crees tan estúpido? No, poseo información que daría al traste con sus posibilidades antes incluso de que hayan empezado.
Ramsey reparó en que una expresión risueña afloraba al rostro de Kane. Su interlocutor aprendía de prisa, ya estaba disfrutando del arreglo. No era de extrañar: ante todo, Kane sabía acomodarse.
– Con él fuera, recaudar fondos sería mucho más fácil.
– En tal caso considéralo un regalo de un nuevo aliado. Lo tendrás fuera… -Ramsey hizo una pausa-. En cuanto yo esté en la Junta de Jefes.
CINCUENTA
Ramsey estaba encantado: todo había salido exactamente como había previsto. Aatos Kane podía ser o no el próximo presidente, pero, de conseguir tal hazaña, el legado de Ramsey estaría asegurado. Si Kane no salía elegido, él al menos se retiraría de la Marina formando parte de la Junta de Jefes de Estado Mayor.
Ventajoso para ambas partes, sin lugar a dudas.
Apagó las luces y fue arriba. Unas horas de sueño le vendrían bien, ya que el próximo día sería crítico. Cuando Kane se pusiera en contacto con la Casa Blanca, la maquinaria de la rumorología se pondría en marcha. Tenía que estar listo para mantener a raya a la prensa, sin desmentir ni confirmar nada. Se trataba de una cita con la Casa Blanca, y él debía dar la impresión de estar intimidado simplemente por la consideración con la que era tratado. Antes de que finalizara el día, los asesores políticos filtrarían la noticia de su posible nombramiento para tantear las reacciones, y a menos que pasara algo gordo, antes del día siguiente el rumor sería un hecho.
El teléfono sonó en el bolsillo de su batín, algo extraño a esas horas.
Lo sacó y vio que la pantalla no indicaba quién era.
La curiosidad le pudo. Se detuvo en la escalera y lo cogió.
– Almirante Ramsey, soy Isabel Oberhauser.
A él rara vez le sorprendía nada, pero esa afirmación consiguió sobresaltarlo. Captó la voz envejecida, bronca, el inglés teñido de acento alemán.
– Es usted una mujer de recursos, Frau Oberhauser. Ya lleva algún tiempo intentando recabar información de la Marina y ahora se ha hecho con mi número personal.
– No ha sido muy difíciclass="underline" el capitán Wilkerson me lo dio. Con una arma cargada apuntando a su sien, se mostró más que dispuesto a colaborar.
Los problemas de Ramsey acababan de multiplicarse.
– Me contó muchas cosas, almirante. Quería vivir a toda costa y pensó que si respondía a mis preguntas tal vez lo consiguiera. Desafortunadamente, no pudo ser.
– ¿Ha muerto?
– Le he ahorrado a usted las molestias.
Él no estaba dispuesto a admitir nada.
– ¿Qué quiere?
– A decir verdad, lo llamo para ofrecerle algo. Pero antes, ¿podría hacerle una pregunta?
Ramsey subió la escalera y se sentó en el borde de la cama.
– Adelante.
– ¿Por qué murió mi esposo?
El almirante percibió un atisbo de emoción en el, por lo demás, frío tono, y supo en el acto cuál era el punto débil de la mujer. Decidió que lo mejor sería decir la verdad.
– Se ofreció voluntario para emprender una misión peligrosa, la misma que había emprendido su padre tiempo antes. Pero al submarino le pasó algo.
– Cuenta usted lo obvio y no ha respondido a mi pregunta.
– No sabemos cómo se hundió el submarino, sólo que fue así.
– ¿Lo encontraron?
– No regresó a puerto.
– Sigue sin responder a mi pregunta.
– Que lo encontraran o no es irrelevante: la dotación sigue estando muerta.
– A mí me importa, almirante. Habría preferido enterrar a mi esposo. Merecía descansar con sus antepasados.
Ahora era él quien tenía una pregunta.
– ¿Por qué mató a Wilkerson?
– Sólo era un oportunista. Quería vivir a costa de esta familia, y no estaba dispuesta a permitirlo. Además, era su espía.
– Parece usted una mujer peligrosa.
– Wilkerson dijo lo mismo. Me confesó que usted lo quería muerto, que le había mentido, que lo había utilizado. Era un hombre débil, almirante. Pero me contó lo que le había dicho usted a mi hija. ¿Cuáles fueron las palabras? «Ni se lo imagina.» Eso es lo que dijo usted cuando ella le preguntó si había algo que encontrar en la Antártida. De modo que responda a mi pregunta: ¿por qué murió mi esposo?
Esa mujer pensaba que llevaba las de ganar, para llamarlo en mitad de la noche e informarle de que su jefe de sección había muerto. Era audaz, sí, pero se hallaba en desventaja, ya que él sabía mucho más que ella.
– Antes de que su marido fuese abordado por lo del viaje a la Antártida, tanto él como su padre fueron objeto de una exhaustiva investigación. Lo que despertó nuestro interés fue la obsesión que tenían los nazis con su investigación. Ah, sí, claro que encontraron cosas allí abajo en 1938, usted lo sabe. Por desgracia, los nazis eran demasiado inflexibles para comprender lo que habían hallado, e hicieron callar a su suegro. Cuando éste por fin pudo hablar, después de la guerra, nadie escuchaba. Y su marido no fue capaz de averiguar lo que sabía su padre. Así que todo ello cayó en el olvido…, hasta que aparecimos nosotros, claro está.
– Y ¿qué fue lo que averiguaron?