Выбрать главу

– Necesito hablar con usted. Es importante.

Scofield dejó el tenedor.

– Como puede ver, estoy con estas personas. Comprendo que ha venido hasta aquí y desea que le dedique un poco de atención, pero he de administrar bien el tiempo.

– ¿Por qué?

A Stephanie no le gustó cómo había sonado la pregunta. Por lo visto, Davis también había captado el «soy importante» en la explicación de Scofield.

El profesor suspiró y señaló el folleto que Davis sostenía.

– Hago esto todos los años con el objeto de estar a disposición de quienes se interesan por mis investigaciones. Soy consciente de que quiere usted intercambiar opiniones, y lo veo bien. Cuando haya terminado podemos hablar arriba, junto al piano, si le parece.

Su tono seguía denotando irritación. A los otros tres comensales también se los veía molestos. Uno de ellos dijo:

– Llevamos todo el año esperando esta comida.

– Y podrán disfrutar de ella -repuso Davis-. En cuanto haya terminado.

– ¿Quién es usted? -quiso saber Scofield.

– Raymond Dyals, oficial de la Marina retirado.

Stephanie vio que el nombre había hecho mella en Scofield.

– Muy bien, señor Dyals. Por cierto, debe de haber descubierto usted la fuente de la eterna juventud.

– Le sorprenderá saber lo que he descubierto.

Scofield parpadeó.

– En ese caso, usted y yo tenemos que hablar.

SESENTA

Ossau

Malone decidió actuar. Sacó la pistola y abrió fuego dos veces en dirección al jardín del claustro. No sabía dónde se encontraba su atacante, pero el mensaje era claro: estaba armado.

Una bala cruzó el umbral y lo obligó a retroceder.

Malone determinó su procedencia: el segundo pistolero, en su lado de la galería, a la derecha.

Alzó la vista: el tejado a dos aguas se sostenía mediante un entramado de toscas vigas tendidas a lo ancho de la habitación. Piedras rotas y cascotes inundaban el suelo y se apilaban contra uno de los deteriorados muros. Malone se metió el arma en el bolsillo del chaquetón y se subió como pudo a los pedruscos de mayor tamaño, ganando más de medio metro de altura. Después dio un salto, se agarró a una fría viga, elevó las piernas y se sentó a horcajadas en el madero. A continuación avanzó rápidamente hacia la pared: ahora estaba tres metros por encima de la puerta. Se puso de pie, se agachó y, manteniéndose en equilibrio sobre la viga, sacó la pistola, sus músculos como haces de tensa cuerda.

Se oyeron varios disparos en el claustro. ¿Se habría unido Henn a la refriega?

Oyó otro impacto, similar a cuando Wenier se había abalanzado sobre Moreno en la iglesia, además de gruñidos, resuellos y forcejeos. No veía nada salvo las piedras del suelo, en penumbra gracias a la tenue luz.

Apareció una sombra.

Malone se preparó.

Tras efectuar dos disparos, el hombre entró en la habitación.

Malone saltó desde la viga y cayó sobre él. Acto seguido rodó por el suelo de prisa y se preparó para la pelea.

El tipo era fornido y ancho de espaldas, el cuerpo duro, como si bajo la piel tuviera metal. Rehuyó el ataque rápidamente y se puso en pie; sin el arma, que se le había caído.

Malone le estampó la automática en la cara, lanzándolo contra la pared, aturdido. A continuación levantó la pistola con la intención de hacerlo prisionero, pero tras él se oyó un disparo y el hombre cayó en los escombros.

Él giró en redondo.

Allí estaba Henn, el arma en ristre, al otro lado de la puerta. Apareció Christl.

No hacía falta preguntar por qué había abierto fuego; lo sabía. Sin embargo, inquirió:

– ¿Y el otro?

– Muerto -informó Christl mientras cogía el arma del suelo.

– ¿Le importa si me la quedo? -preguntó Malone.

Ella trató de borrar la sorpresa de sus ojos.

– Es usted un tipo desconfiado.

– Es lo que pasa cuando la gente me miente.

Ella le entregó el arma.

Stephanie se sentó con Davis y Scofield arriba, donde el vestíbulo principal desembocaba en una salita con lujosas sillas y estanterías empotradas desde la que se disfrutaba de una vista panorámica. Había gente estudiando los volúmenes, y ella reparó en un pequeño letrero que informaba de que todo el material estaba a disposición de los huéspedes.

Un camarero se aproximó, pero Stephanie lo espantó con un movimiento de la mano.

– Puesto que es evidente que usted no es el almirante Dyals -empezó Scofield-, ¿quién es?

– Soy de la Casa Blanca, y ella, del Departamento de Justicia -explicó Davis-. Combatimos la delincuencia.

Scofield pareció reprimir un escalofrío.

– He accedido a hablar con ustedes porque creí que eran personas serias.

– Como toda esta patraña -repuso Davis.

Scofield se puso rojo.

– Ninguno de nosotros considera esta conferencia una patraña.

– ¿De veras? En este mismo instante hay, ¿cuántas?, cien personas en una habitación intentando contactar con una civilización muerta. Usted es antropólogo, un hombre al que el gobierno utilizó en su día para llevar a cabo una investigación secreta.

– Eso fue hace mucho tiempo.

– Le sorprendería saber lo importante que sigue siendo.

– Supongo que podrán identificarse.

– Podemos.

– A ver.

– La pasada noche alguien mató a Herbert Rowland -contó Davis-. Y la anterior asesinaron a un capitán retirado que guardaba relación con él. No sé si recordará a Rowland, pero trabajó con usted en Fort Lee, cuando sacó de las cajas toda esa mierda de la operación «Salto de altura». No estamos seguros de que vaya a ser usted el próximo en morir, pero cabe la posibilidad. ¿Le bastan estas credenciales?

Scofield rompió a reír.

– Eso fue hace treinta y ocho años.

– Por lo visto, da igual -apuntó Stephanie.

– No puedo hablar de lo que sucedió. Es información clasificada.

Pronunció las palabras como si fuesen una especie de escudo que lo protegiera del mal.

– Por lo visto, eso también da igual.

Scofield frunció el ceño.

– Me están haciendo perder el tiempo. Tengo que hablar con un montón de gente.

– A ver qué le parece esto -terció Stephanie-: cuéntenos lo que pueda.

Esperaba que una vez empezase a hablar ese idiota prepotente siguiera haciéndolo.

El profesor consultó el reloj y replicó:

– Escribí un libro: Mapas de antiguos exploradores. Deberían leerlo, ya que contiene numerosas explicaciones. Pueden comprar un ejemplar en la librería de la conferencia. -Señaló a su izquierda-. Es por ahí.

– Háganos un resumen -pidió Davis.

– ¿Por qué? Acaba de decir que estamos locos, así que, ¿qué importa lo que yo piense?

Davis se disponía a replicar, pero Stephanie se lo impidió.

– Convénzanos. Si hemos venido hasta aquí es por algo.

Scofield hizo una pausa, al parecer buscando las palabras adecuadas para decir lo que quería decir.

– ¿Han oído hablar de la navaja de Occam?

Ella negó con la cabeza.

– Es un principio que dice que las explicaciones no deben multiplicar las causas sin necesidad. Dicho de manera más simple: nada de soluciones complicadas si las sencillas sirven. Eso es aplicable a casi todo, incluidas las civilizaciones.

Stephanie se preguntó si no lamentaría haber pedido la opinión del hombre.

– Los primeros textos súmenos, incluido el famoso Poema de Gilgamesh, hablan repetidamente de un pueblo alto, divino, que vivía entre ellos. Los llamaban observadores. Antiguos textos judíos, entre los que se incluyen algunas versiones de la Biblia, hacen referencia a esos observadores súmenos, a los que se describe como dioses, ángeles e hijos del cielo. El Libro de Enoc cuenta que ese curioso pueblo envió emisarios al mundo para enseñarles a los hombres nuevas destrezas. A Uriel, el arcángel que enseñó astronomía a Enoc, se lo señala como uno de esos observadores. A decir verdad, en el Libro de Enoc se menciona a ocho observadores, al parecer expertos en encantamientos, raíces, astrología, constelaciones, meteorología, geología y astronomía. Hasta los Manuscritos del mar Muerto aluden a los observadores, incluido el episodio en el que al padre de Noé le preocupa que su hijo sea tan increíblemente guapo y cree que su mujer tal vez haya yacido con uno de esos observadores.