– Cuando llegué a ti estabas triste pero eras fuerte. Yo te di alegría y tú me diste fuerzas -replicaba Petite-Ma.
Lo cierto es que Petite-Ma, tan guapa y sociable, tenía a los dieciséis años una cola de pretendientes que se extendía de un extremo al otro del viejo puente Galata. Entre todos los candidatos que llamaron a su puerta para pedir su mano, hubo uno y solo uno que le gustó desde el momento en que lo vio tras la celosía: un hombre alto y corpulento que atendía al nombre de Riza.
Tenía barba espesa y fino bigote, ojos oscuros y por lo menos treinta y tres años más que ella. Había estado casado anteriormente y se rumoreaba que su esposa, una mujer sin corazón, les había abandonado a él y a su hijo. Tras la traición de su esposa, solo con un niño pequeño, se había negado durante mucho tiempo a volverse a casar; prefería vivir solo en su mansión familiar. Y allí permaneció, alimentando su fortuna, que compartía con sus amigos, y su ira, que reservaba para sus enemigos. Era un negociante autodidacta; primero fue un artesano que fabricaba calderos, luego un empresario con bastante olfato para meterse en el negocio de la confección de banderas en el momento adecuado y el lugar preciso. En los años veinte, la nueva república turca todavía hervía de fervor y el trabajo manual, aunque sistemáticamente venerado en la propaganda del gobierno, daba poco dinero. El nuevo régimen necesitaba profesores que inculcaran el patriotismo en sus alumnos, financieros que ayudaran a generar una burguesía nacional y fabricantes de banderas que adornaran el país entero con la enseña turca, pero desde luego no requería caldereros. Así es como Rıza Selim entró en la industria de las banderas.
A pesar de que su nuevo negocio le daba dinero a espuertas y amigos con influencia, en 1925, cuando la Ley de Apellidos obligó a todos los ciudadanos turcos a llevar un apellido, Rıza Selim se inspiró en su primer oficio y decidió apellidarse Kazancı.
Aunque de elegante aspecto y definitivamente acomodado, dada su edad y el trauma de su primer matrimonio (quién sabe por qué le abandonó su esposa; tal vez era un pervertido, murmuraban las mujeres), Rıza Selim Kazancı era uno de los últimos hombres del mundo que la madre de Petite-Ma habría querido por marido para su adorada hijita. Sin duda tenía que haber mejores candidatos. Pero, ignorando las persistentes objeciones de su madre, Petite-Ma se negó a escuchar a nadie, salvo a su corazón. Tal vez porque vio algo en los oscuros ojos de Rıza Selim Kazancı que le hizo comprender que tenía un don del que carece casi todo el mundo: la capacidad de amar a otro ser humano más que a uno mismo. Pese a su juventud y poca experiencia, a los dieciséis años Petite-Ma tenía la suficiente sensibilidad para darse cuenta de la excepcional dicha que podría suponer ser amada y adorada por un hombre con tal don. Los ojos de Rıza Selim Kazancı eran tiernos y chispeantes, como su voz. Aquel hombre tenía algo que le daba seguridad, con él se sentía amada y protegida, aunque estuviera rodeado de turbulencias. Rıza Selim no la abandonaría.
Pero Rıza Selim Kazancı la atraía también por otra razón. La verdad es que su pasado la fascinó mucho antes que él. Percibía lo mucho que su alma había padecido por el abandono de su primera mujer, y estaba segura de poder restañar esas heridas. Al fin y al cabo, las mujeres disfrutan haciéndose cargo del sufrimiento ajeno. Petite-Ma enseguida tomó una decisión. Se casaría con él y nadie, ni siquiera el destino, podría evitarlo.
Rıza Selim Kazancı, a su vez, sería digno de la profunda e intuitiva confianza de Petite-Ma hasta su último aliento. Aquella mujer rubia de ojos azules que llegó a él con un esponjoso gato blanco como la nieve en lugar de una dote adecuada, fue la delicia de su vida. No hubo día en que se negara a complacer cualquier petición de ella, por muy caprichosa que pareciera. Sin embargo, no se puede decir lo mismo de su hijo: Levent Kazancı, que tenía seis años cuando se conocieron, jamás aceptó a Petite-Ma como madre. Se le resistió y la ridiculizó siempre que pudo durante años, hasta salir de la infancia con una amargura reprimida, si es que se puede salir de la infancia cuando uno lleva tanto rencor dentro.
En una época en que un matrimonio sin hijos era, si no una señal de enfermedad incurable, sí un sacrilegio, Petite-Ma y Rıza Selim Kazancı no tuvieron hijos. No porque él fuera demasiado viejo, sino porque al principio ella era demasiado joven y no tenía interés en criar niños, y cuando cambió de opinión, él sí era ya demasiado viejo. Levent Kazancı sería el único descendiente, un papel que no le entusiasmaba.
A pesar de que la acritud de su hijastro la entristecía y ofendía, Petite-Ma era una muchacha vital y extrovertida, de gran imaginación y una lista de ambiciones aún mayor. En este mundo había cosas mucho más interesantes que criar niños, entre ellas aprender a tocar el piano. Al poco tiempo destacaba en el mejor lugar del salón un piano Bentley hecho por Stroud Piano Co., Ltd., en Inglaterra. Con este piano Petite-Ma comenzó sus primeras clases con su primer profesor, un ruso blanco que se había instalado en Estambul huyendo de la revolución bolchevique. Petite-Ma era su mejor alumna. No solo tenía talento, sino también la perseverancia necesaria para que el piano se convirtiera en un compañero de por vida más y no en un fugaz pasatiempo.
Rachmaninoff, Borodin y Chaikovski eran sus favoritos. Siempre que estaba sola en casa, tocando con Pachá Primero en el regazo, interpretaba obras de esos compositores. Cuando tocaba para los invitados, sin embargo, elegía un repertorio totalmente distinto. Un repertorio occidentaclass="underline" Bach, Beethoven, Mozart, Schumann y, en las veladas especiales con oficiales del gobierno y sus afectadas esposas, sobre todo Wagner. Después de la cena los hombres se reunían junto a la chimenea con una copa en la mano para hablar de política mundial. Al final de los años veinte la política nacional solo podía ser venerada o reafirmada, y cuanto más alto mejor, puesto que las paredes oían. Por lo tanto, cada vez que surgía la necesidad de una discusión auténtica, la nueva élite política y cultural de la república turca se centraba al instante en la política mundial, que era un desastre en sí misma y en consecuencia siempre era interesante hablar de ella.
Mientras tanto las damas se arracimaban en el otro extremo de la casa, con su licor de menta en copas de cristal, inspeccionando la ropa de las demás. En la sección de las damas había dos clases de mujeres totalmente diferentes: las profesionales y las esposas.
Las profesionales eran las mujeres-camarada, el epítome de la «nueva fémina turca», idealizada, glorificada y defendida por la élite reformista. Estas mujeres eran las nuevas profesionales: abogadas, profesoras, juezas, directoras, oficinistas, intelectuales… A diferencia de sus madres, no estaban confinadas en casa y tenían la oportunidad de ascender en el escalafón social, económico y cultural, siempre que dejaran en el camino su sexualidad y su feminidad. Solían vestir trajes de chaqueta en tonos marrones, negros y grises, los colores de la castidad, la modestia y la militancia. Llevaban el pelo corto, nada de maquillaje, nada de adornos. Sus cuerpos eran asexuados.
Cada vez que las esposas se reían con esas risitas molestas y coquetas, las profesionales tensaban los dedos en torno a los pequeños bolsos de cuero que llevaban bajo el brazo, como si guardaran en ellos información secreta y hubieran jurado protegerla a cualquier precio. Las esposas, por el contrario, acudían a estas fiestas con trajes de noche de satén blanco, rosa pálido y azul pastel, los colores de la finura femenina, la inocencia y la vulnerabilidad. No les agradaban mucho las profesionales, a quienes consideraban más «camaradas» que mujeres, y a las profesionales les disgustaban ellas, a quienes consideraban más «concubinas» que mujeres. El caso es que nadie encontraba que las otras fueran lo bastante «mujeres».