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A lo largo del año, los meses saben a qué estación pertenecen y se comportan como corresponde. Todos los meses menos uno: marzo.

En Estambul, el mes de marzo es inestable psicológica y físicamente. Puede decidir ser primaveral, cálido y fragante, y cambiar de opinión al día siguiente. Entonces regresa al invierno y lanza vientos helados y aguanieve por todas partes. Hoy, diecinueve de marzo, era un sábado inusualmente soleado, con una temperatura muy por encima de la media para esa época del año. Asya y Armanoush se quitaron el suéter mientras caminaban por la ancha y ventosa calle de Ortaköy hacia la plaza Taksim. Asya llevaba un vestido largo estampado con un batik hecho a mano en beige y marrón caramelo, y a cada paso que daba tintineaban sus múltiples collares y pulseras. Armanoush, por su parte, se mantenía fiel a su estilo: unos tejanos azules y una chaqueta del color rosa pastel de las zapatillas de ballet, donde se leía: UNIVERSIDAD DE ARIZONA. Iban hacia el estudio de tatuaje.

– Me alegro de que por fin vayas a conocer a Aram -sonrió Asya, pasándose el bolso de lona de un hombro a otro-. Es un tío muy simpático.

– Ya me has hablado de él, pero no sé quién es.

– Ah, pues es… -Asya se interrumpió, buscando la palabra adecuada en inglés. «Amigo» se quedaba muy corto, «marido» era técnicamente incorrecto, «futuro marido» no parecía posible, «novio» pegaba más, pero lo cierto es que nunca se habían prometido formalmente-. Es la pareja de la tía Zeliha.

Al otro lado de la carretera, bajo un elegante arco otomano, divisaron a dos gitanillos. Uno de ellos sacaba latas de los cubos de basura y las iba apilando en una desvencijada carreta. El otro estaba sentado al borde de la carreta ordenando las latas, simulando que trabajaba duramente mientras tomaba el sol. Aquella podía ser una vida idílica, pensó Asya. Daría cualquier cosa por cambiarse por el chico. Primero iría a comprar el caballo más perezoso que pudiera encontrar. Luego pasearía todos los días con la carreta y el caballo por las empinadas calles de Estambul, recolectando cosas. Recibiría con entusiasmo los artefactos menos atractivos del género humano, y aceptaría de buen grado los desechos que se pudrían bajo su pulida superficie. Asya tenía la sensación de que en Estambul un basurero seguramente llevaba una vida mucho menos estresada que la suya y la de sus amigos del Café Kundera.

Si fuera basurera, vagaría por la ciudad silbando canciones de Johnny Cash mientras la brisa cálida le acariciaba el pelo y el sol le calentaba los huesos. Y si alguien se atreviera a perturbar tan maravillosa armonía, le amenazaría con echarle encima a su enorme y terrible clan gitano, en el que probablemente todo el mundo era culpable de algún delito. A pesar de la pobreza, concluyó Asya, mientras no fuera invierno debía de ser divertido recoger basura. Tomó nota mental para recordarlo en caso de que no se le ocurriera una profesión mejor cuando terminara la universidad. Y con este ánimo empezó a silbar. Cuando llegó al final de la estrofa advirtió que Armanoush todavía esperaba una respuesta más detallada a la pregunta que le había hecho hacía un rato.

– Bueno, sí, la tía Zeliha y Aram llevan saliendo Alá sabe cuánto tiempo. Es como mi padrastro, supongo, o para ser consistente debería llamarle tiastro… Da igual.

– ¿Por qué no se casan?

– ¿Casarse? -Asya escupió la palabra como si tuviera comida entre los dientes.

Estaban pasando junto a los recolectores de latas y al mirar más de cerca a sus ídolos, Asya se dio cuenta de que no eran niños sino niñas. Esto todavía le gustó más. Otra buena razón para hacerse basurera: difuminar las fronteras del sexo. Se puso un cigarrillo en los labios, pero en lugar de encenderlo lo chupeteó como si fuera uno de esos cigarrillos de chocolate envueltos en papel comestible. Luego reveló un pensamiento interior:

– En realidad, estoy segura de que a Aram no le importaría casarse, pero la tía Zeliha no querría ni oír hablar de eso.

– Pero ¿por qué no?

La brisa cambió en ese instante y Armanoush captó un penetrante olor a mar. La ciudad era un revoltijo de aromas, algunos fuertes y rancios, otros dulces y estimulantes. Casi todos le recordaban una comida u otra, hasta el punto de que había empezado a percibir la ciudad como algo comestible. Llevaba allí ya ocho días, y Estambul cada vez se le antojaba más retorcida y polifacética. Quizá se estaba acostumbrando a ser una extranjera en la ciudad, si no acostumbrándose a la ciudad misma.

– Pues supongo que es por la experiencia que tuvo la tía Zeliha con mi padre, que no sé quién era -explicó Asya-. Por eso estará tan en contra del matrimonio. Yo creo que es porque no confía en los hombres.

– Bueno, eso es comprensible.

– ¿Tú no crees que hombres y mujeres se recuperan de maneras muy distintas después de una relación? Cuando las mujeres sobreviven a un matrimonio funesto o a una relación y toda esa mierda, por lo general evitan tener otra pareja durante bastante tiempo. Los hombres, sin embargo, hacen lo contrario: en cuanto terminan con una catástrofe se encaminan hacia la siguiente. Los hombres no saben estar solos.

Armanoush asintió con la cabeza, aunque aquello no coincidía del todo con la situación de sus padres. Su madre fue quien se volvió a casar tras el divorcio, mientras que su padre seguía todavía soltero.

– ¿Y de dónde es Aram? -preguntó.

– Pues de aquí, como nosotros.

Asya se encogió de hombros, pero de pronto se dio cuenta de lo que le estaban preguntando. Sorprendida de su propia ignorancia, encendió por fin el cigarrillo y dio una calada. ¿Cómo se le podía haber pasado por alto? Aram pertenecía a una familia armenia de Estambul. En teoría era armenio.

A pesar de todo, en cierto modo Aram no podía ser armenio, ni turco ni de ninguna otra nacionalidad. Aram solo podía ser Aram, totalmente sui generis. Era el único ejemplar de una especie única. Una persona encantadora, un romántico colosal, un catedrático de ciencias políticas que a menudo confesaba sentirse atraído por la vida de un pescador de cualquier villorrio del Mediterráneo. Era un corazón frágil, un alma cándida, un caos con patas; un confiado utópico cargado de irresponsables promesas; un hombre increíblemente descuidado, ingenioso y honorable. Era único y por lo tanto Asya jamás lo había relacionado con ninguna identidad colectiva. Aunque estaba muy tentada de hablar de Aram se limitó a contestar:

– Pues el caso es que es armenio.

– Me lo imaginaba -contestó Armanoush con una ligera sonrisa.

Cinco minutos después llegaban al estudio de tatuaje.

– ¡Bienvenidas! -exclamó la tía Zeliha con su voz aterciopelada, dándoles un vehemente abrazo. Llevaba un perfume fuerte, una combinación de especias, madera y jazmín. El pelo negro le caía sobre los hombros formando espectaculares rizos, algunos moldeados con una sustancia tan brillante que cada vez que se movía bajo las luces halógenas, relumbraban. Armanoush se quedó mirándola boquiabierta, y comprendió por primera vez el miedo y la admiración que Asya debía de haber sentido hacia su madre desde que era niña.

El local era como un pequeño museo. Frente a la entrada había una enorme fotografía enmarcada de una mujer de nacionalidad incierta, de espaldas para mostrar mejor el intrincado tatuaje de su cuerpo. Era una miniatura otomana. Parecía la escena de un banquete, con un acróbata andando sobre los invitados por una cuerda floja que se extendía de hombro a hombro. Una miniatura tan tradicional tatuada en la espalda de una mujer moderna resultaba impactante. Debajo se leía una frase en inglés: UN TATUAJE ES UN MENSAJE DE MÁS ALLÁ DEL TIEMPO.

Había vitrinas por todas partes, con cientos de dibujos y piercings. Los dibujos para tatuar se agrupaban bajo diversos títulos: «Rosas y espinas», «Corazones sangrantes», «Corazones y puñales», «El camino del chamán», «Espeluznantes criaturas peludas», «Dragones no peludos pero igualmente espeluznantes», «Motivos patrióticos», «Nombres y números», «Simurg y la familia de las aves» y, por fin, «Símbolos sufistas».