Armanoush no recordaba haber visto nunca a tan poca gente haciendo tanto ruido. Además de la tía Zeliha, en el local había un tipo excéntrico con el pelo naranja y aguja en ristre, un adolescente con su madre (que no se decidía ni a irse ni a quedarse), y dos hombres de pelo largo y sin afeitar, que parecían totalmente fuera del tiempo y el espacio, como rockeros drogados de los años setenta que acabaran de despertarse ahora de un mal viaje. Uno de los dos estaba sentado en una cómoda butaca, mascando chicle ruidosamente y charlando con su amigo mientras le tatuaban un mosquito púrpura en el tobillo. El tipo de la aguja resultó ser el ayudante de la tía Zeliha, un artista con talento. Armanoush le observó trabajar, sorprendida por el ruido que hacia la aguja.
– No te preocupes, el ruido es más escandaloso que el dolor -comentó la tía Zeliha, que le había leído la mente. Luego hizo un guiño y añadió-: Además, el cliente está acostumbrado. Se ha hecho ya unos veinte tatuajes. A veces eso se convierte en adicción. No basta con un tatuaje. Cada vez que te haces uno nuevo descubres la necesidad de hacerte otro. No sé cómo los centros de rehabilitación de adictos todavía no han incluido esto en sus programas.
Armanoush guardó silencio largo rato, observando de reojo al extravagante rockero. Si el hombre sentía algún dolor, desde luego no lo demostraba.
– ¿A quién se le ocurre tatuarse un mosquito púrpura en el tobillo? ¿Por qué?
La tía Zeliha lanzó una risita.
– ¿Por qué? Esa es una pregunta que nunca hacemos. Verás, en este local nos negamos a aceptar la tiranía de la normalidad. Estoy segura de que cuando un cliente pide un dibujo es porque tiene sus razones, aunque tal vez ni siquiera él lo sepa. Yo nunca pregunto por qué.
– ¿Y los piercings?
– Pues lo mismo -sonrió la tía Zeliha, señalándose el piercing de la nariz-. Mira, este tiene diecinueve años. Me lo hice a la edad de Asya.
– ¿Sí?
– Sí, me metí en el baño y me lo hice con una zanahoria, una aguja esterilizada, cubitos de hielo para anestesiar y sobre todo mucha rabia. Estaba rabiosa contra todo, pero en especial contra mi familia. Decidí hacerme yo misma el piercing en la nariz. Me temblaban las manos de los nervios, así que la primera vez me hice mal el agujero y me perforé el tabique. No veas cómo sangraba. Pero luego di con la técnica y a la siguiente vez me lo hice bien.
– ¿Sí? -repitió Armanoush; esta vez parecía perpleja ante el rumbo que tomaba la conversación.
– ¡Pues sí! -La tía Zeliha se dio orgullosa unos golpecitos en la nariz-. Me puse un arito aquí y salí del baño como si nada. En aquella época me encantaba poner furiosa a mi madre.
Al oír esto, Asya miró divertida a su madre.
– Lo que quiero decir es que me hice un piercing en la nariz porque era algo prohibido. ¿Me entiendes? Era inconcebible que una chica turca de una familia tradicional llevara un piercing, así que allá fui yo a hacerme uno. Pero ahora los tiempos han cambiado. Para eso estamos aquí. En este local aconsejamos a nuestros clientes, y a veces hasta rechazamos a algunos, sin juzgarlos jamás. Nunca preguntamos por qué. Eso es lo primero que aprendí en la vida. Por más que la juzgues, la gente hará lo que quiera de todas formas.
Justo en ese momento el adolescente apartó la mirada de las vitrinas para volverse hacia la tía Zeliha y preguntó:
– ¿Se puede hacer más larga la cola de este dragón para que me cubra todo el brazo? Quiero que se extienda del codo a la muñeca, vaya, como si me estuviera bajando por el brazo.
Pero antes de que la tía Zeliha pudiera contestar, fue su madre quien saltó:
– Pero ¿tú estás loco? ¡Ni en broma, vamos! Habíamos quedado en que te harías algo sencillo y pequeño, como un pájaro o una mariquita. Yo no te he dado permiso para una cola de dragón…
Asya y Armanoush se quedaron contemplando la actividad del taller durante dos horas, observando el ir y venir de los clientes. Entraron cinco estudiantes de instituto diciendo que querían todos un piercing en la ceja, pero en cuanto la aguja esterilizada atravesó la ceja del primero, los demás se echaron atrás. Luego llegó un aficionado al fútbol que quería en el pecho el escudo de su equipo. A continuación un ultranacionalista que pidió la bandera turca en la punta del índice, para poder ondear la bandera cada vez que moviera el dedo delante de alguien, y por fin acudió una impresionante cantante rubia que era un travestí y que quería el nombre de su amante tatuado en los nudillos.
Después entró un hombre de mediana edad que parecía anormalmente normal entre la clientela habitual del local. Era Aram Martirossian.
Aram era apuesto, alto, robusto. Tenía un rostro amable pero cansado, barba oscura, pelo bastante canoso y profundos hoyuelos que aparecían cada vez que sonreía. Sus ojos relucían de inteligencia tras las gafas de gruesa montura. En su forma de mirar a la tía Zeliha se advertía el amor al instante. Amor, respeto y sincronización. Cuando él hablaba, ella completaba sus gestos, cuando ella gesticulaba él completaba sus palabras. Eran dos individuos complicados que parecían haber logrado juntos una milagrosa armonía.
En cuanto empezó a hablar con él, Armanoush pasó a su inglés como lengua aprendida, como hacía cada vez que conocía a alguien nuevo en Estambul. Así se presentó lo más despacio posible, hablando a cámara lenta, de forma rítmica, casi infantil. Le sorprendió oír a Aram hablar inglés con fluidez y un sutil acento británico.
– ¡Hablas inglés muy bien! -no pudo evitar exclamar-. ¿Cómo es que tienes acento británico?
– Gracias. Estudié en Londres toda la carrera. Pero podemos hablar armenio si quieres.
– No hablo armenio -dijo Armanoush-. De pequeña aprendí un poco con mi abuela, pero como mis padres se separaron, nunca pasaba mucho tiempo en el mismo sitio y siempre había interrupciones. Aunque luego, entre los diez y los trece años, iba todos los veranos a un campamento armenio. Me lo pasaba muy bien y aprendí bien el idioma, pero luego se me olvidó de nuevo.
– Yo también aprendí armenio con mi abuela -sonrió Aram-.
La verdad es que tanto mi madre como mi abuela querían que fuera bilingüe, solo que no se ponían de acuerdo en cuál tenía que ser mi segundo idioma. Mi madre pensaba que sería mejor para mí que hablara turco en el colegio y luego inglés en casa, puesto que estaba destinado a salir del país cuando fuera mayor. Pero a mi abuela no había quien la convenciera. Tenía que ser turco en el colegio y armenio en casa.
A Armanoush le intrigaba el aura de Aram, pero todavía le fascinaba más su humildad. Hablaron un rato sobre abuelas armenias, unas en la diáspora, otras en Turquía y otras en Armenia.
A las seis y media la tía Zeliha dejó el estudio a cargo de su ayudante y los cuatro se dirigieron a una taberna cercana.
– Antes de que te vayas de Estambul, Aram y la tía Zeliha nos quieren llevar a una taberna, para que vivamos una típica noche de copas -le había explicado Asya.
En una calle bastante oscura pasaron junto a un edificio desde cuyas ventanas las prostitutas travestís miraban a los transeúntes. Las dos del primer piso estaban tan cerca que Armanoush podía distinguir hasta los detalles de sus muy maquillados rostros. Una de ellas, una fornida mujer de gruesos labios y el pelo tan rojo y brillante como los fuegos artificiales en la oscuridad, dijo entre risas algo en turco.
– ¿Qué ha dicho? -preguntó Armanoush a Asya.
– Dice que mis pulseras son preciosas y que llevo demasiadas.
Para sorpresa de Armanoush, Asya se quitó una de las pulseras de cuentas y se la dio al travestí pelirrojo, que la aceptó contentísimo, se la puso y, con una mano de uñas perfectamente cuidadas y pintadas de escarlata, levantó una lata de Coca-Cola Light como ofreciéndole un brindis.