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En realidad, el anciano no hablaba ni apenas podía moverse. A veces parecía reconocer a Clara, otras su mirada parecía perdida en territorios inabordables para quienes le rodeaban.

– El señor necesita salir de este hospital -aseguraba la vieja Fátima, convencida de que Tannenberg estaría mejor bajo sus cuidados en la pequeña casa que en aquel hospital de campaña, pero el doctor Najeb se mostró inflexible al respecto.

Lo que más le dolía a Clara era no poder acompañar a su abuelo por las geografías donde parecía habitar. Aun así no se separaba de su lado; no se atrevía a ir a la excavación, aunque sabía todo lo que sucedía por lo que le contaba Marta.

Una tarde en la que Clara velaba a su abuelo cogiendo sus manos entre las suyas éste empezó a balbucear palabras que no alcanzó a comprender. Creyó reconocer alguna palabra en alemán, su lengua materna, pero no podía entenderle.

Tannenberg parecía agitado e intentaba moverse, y en sus ojos afloró la ira. El doctor Najeb no supo explicar lo que le sucedía, y Clara se negó a que le pusiera ningún calmante, convencida de que su abuelo aún sería capaz de recuperar el habla. Persuadió al doctor Najeb para sentar al enfermo en un sillón y sacarle a respirar el aire cálido de la tarde. Eso, como decía Fátima, le vendría bien.

Sentada a su lado, le sorprendió ver a su abuelo mirar con interés cuanto le rodeaba, parecía como si lo viera por primera vez. Luego rió al verle esbozar una sonrisa.

– Abuelo, abuelo, ¿me escuchas? Abuelo, ¿sabes quién soy? Abuelo, por favor, háblame. ¿Me escuchas? ¿Me escuchas?

Alfred Tannenberg abrió mucho los ojos y dejó vagar la mirada a su alrededor. En la puerta de alguna de las tiendas los arqueólogos charlaban despreocupadamente. Había gente que no conocía, no les había visto nunca, pero tanto le daba.

Miró a la mujer que estaba a su lado y que parecía hablarle, aunque no alcanzaba a escucharla. Sí, era Greta, aunque no recordaba que le hubiera acompañado a aquel viaje. Cerró los ojos y respiró el aroma del aire de la tarde; se sintió pleno de vida, por más que alguien insistía en hablarle, arrancándole del estado placentero en que se encontraba.

32

– Tannenberg, ¿me escucha? ¡Tannenberg, le estoy hablando! ¿Me escucha?

El joven abrió los ojos y observó con indiferencia al hombre que le había hablado.

– ¿Qué quiere, profesor?

– Debería estar trabajando con el resto de sus compañeros; le he encargado que acudiera a trabajar junto al muro oeste, y usted está aquí durmiendo.

– Estoy descansando, descansando y esperando el correo. Estoy impaciente por saber qué pasa en Berlín.

– ¡Regrese a la excavación! ¡Usted no es diferente a los demás!

– ¡Claro que lo soy! Estoy aquí porque mi familia le paga a usted y paga esta expedición. Todos son mis empleados.

– ¿Cómo se atreve?

– ¡Usted, profesor, es un judío insolente! Mi padre no debería haberle confiado esta misión arqueológica.

– ¡Su padre no me ha confiado nada, es la universidad quien nos ha enviado!

– Vamos, profesor, ¿y quién es el donante más generoso de nuestra universidad? Usted y el profesor Wesser llevan dos años en Siria gracias a las aportaciones de la universidad. ¿Por qué no regresan? Deberían estar donde están todos los judíos. Algún día el director de la universidad tendrá que responder por tenerles a ustedes aquí.

El profesor, un hombre de aspecto severo, ya entrado en años, iba a responder cuando se vio interrumpido por los gritos de un muchacho que corría hacia él.

– ¡Profesor Cohen, venga! ¡Deprisa!

El profesor aguardó a que el chico llegara.

– ¿Qué pasa, Ali?

– El profesor Wesser quiere que vaya usted, dice que en las tablillas hay algo extraordinario.

El joven Ali sonreía, se le notaba contento. Había tenido suerte al ser contratado por aquellos locos que excavaban la tierra en busca de estatuas y parecían contentarse con trozos de arcilla con extrañas inscripciones.

El profesor Wesser y el profesor Cohen dirigían a aquel grupo de jóvenes que se había instalado en Jaran. No tardarían en marcharse puesto que acababa de comenzar septiembre, y el año anterior se habían ido en esas fechas. «Pero volverán -se dijo Ali-, volverán a buscar esos trozos de arcilla por los que muestran tanto interés.»

El profesor Cohen siguió a Ali hacia el pozo situado a unos cientos de metros del sitio arqueológico donde excavaban en los últimos meses. Ni siquiera se dio cuenta de que Alfred Tannenberg le seguía, intrigado por el descubrimiento que pudiera haber hecho el profesor Wesser.

– ¡Jacob, mira lo que dice aquí! -indicó el profesor Wesser al profesor Cohen tendiéndole un par de tablillas.

Jacob Cohen sacó las gafas de un estuche metálico que guardaba en un bolsillo de la chaqueta y comenzó a pasar el dedo índice por las líneas de signos escritas en una tablilla de unos treinta centímetros. Cuando terminó de leer miró a su colega y se abrazaron.

– ¡Alabado sea Dios! Aaron, no puedo creer que esto sea cierto.

– Lo es, amigo mío, lo es, y lo hemos encontrado gracias a Ali.

El muchacho sonrió con orgullo. Había sido él quien le había contado al profesor Wesser que cerca de allí había un pozo hecho con ladrillos que tenían los mismos dibujos que esas tablillas tan apreciadas por él. Aaron Wesser no se lo pensó dos veces y se dejó guiar por el joven hasta el pozo, sabiendo que no era extraño que los campesinos hubieran utilizado restos de tablillas en su construcción, del mismo modo que lo hacían en sus propias casas.

El pozo no llamaba la atención por nada y sólo unos ojos expertos se habrían fijado en que algunos ladrillos en realidad no eran tales.

El profesor Wesser empezó a examinarlos uno por uno, descifrando el contenido de aquellos signos que tanto fascinaban a Ali, que no podía entender cómo aquellos extranjeros decían que aquello eran las letras que utilizaban sus antepasados.

De repente el profesor Wesser había gritado; Ali se sobresaltó, preocupado porque hubiera sufrido alguna mordedura de serpiente o la picadura de algún escorpión. Pero lo único que quería el profesor Wesser es que le llevara sus herramientas para desprender un par de ladrillos, operación que, según comprobó Ali, en nada afectaría a la estructura del pozo.

Así que corrió hacia la casa donde dormía el profesor Wesser, se hizo con sus herramientas y se las llevó tan rápido como fue capaz.

– Ahora sabemos que cuando el patriarca Abraham marchó hacia la Tierra Prometida llevó consigo la historia del Génesis. Dios se lo reveló -afirmó Aaron Wesser.

– Pero ¿quién sería ese Shamas? -preguntó el profesor Cohen-. En la Biblia no hay ninguna referencia a ningún Shamas, y el relato de los patriarcas es minucioso…

– Tienes razón, pero estas tablillas no dejan lugar a dudas. Ahora debemos buscar ese relato, las tablillas donde ese Shamas escribió el Génesis contado por Abraham -apuntó el profesor Wesser.

– Tienen que estar aquí. Abraham pasó largo tiempo en Jaran antes de emprender viaje a Canaán; debemos encontrarlas -exclamó entusiasmado el profesor Cohen.

– De modo que nuestros antepasados conocieron el Génesis a través de Abraham -murmuró Aaron Wesser.

– Pero lo más importante, amigo mío, es que si estas dos tablillas no mienten hay una Biblia, una Biblia escrita en barro, una Biblia inspirada por Abraham.

– La Biblia de Barro. ¡Dios mío, si encontramos esas tablillas éste será el descubrimiento más importante que se haya hecho nunca!

Alfred Tannenberg observaba fascinado la conversación de los dos profesores, que en su entusiasmo no reparaban en su presencia. Iba a arrancar las tablillas de las manos del profesor Cohen cuando uno de sus compañeros de expedición, otro joven universitario como él, llegó corriendo agitando un telegrama.

– ¡La guerra! ¡La guerra! ¡Alfred, hemos entrado en guerra; vamos a quitar a los polacos lo que nos robaron! ¡Danzig volverá a ser parte de nuestra bendita patria! ¿Te das cuenta, Alfred? Hitler devolverá la dignidad a Alemania. Ten, tú también has recibido un telegrama.

– Gracias, Georg, ¡hoy es un gran día! Debemos celebrarlo -dijo el joven Tannenberg comenzando a leer ávidamente su telegrama ante la mirada preocupada de los dos profesores, que habían enmudecido al escuchar a los dos jóvenes.

– Mi padre dice que les estamos dando una buena paliza a los polacos -afirmó Georg.

– Y el mío me dice que Francia y el Reino Unido nos van a declarar la guerra. Georg, debemos de regresar, no quiero perderme este momento, debemos estar con Hitler; él devolverá la grandeza a Alemania y yo quiero participar.

– ¡Están locos!

Los dos jóvenes miraron con odio al profesor Cohen.

– ¿Cómo se atreve a insultarnos? -le dijo Alfred Tannenberg mientras agarraba por la pechera de la camisa al viejo profesor.

– ¡Suelte al profesor Cohen! -le ordenó Aaron Wesser.

– ¡Cállate, judío de mierda! -dijo el joven llamado Georg.

Ali contemplaba aterrado la escena que se desarrollaba ante sus ojos. Temía lo que pudieran hacerle los dos jóvenes, que habían comenzado a golpear a los profesores que apenas podían defenderse.