Cuando los dos hombres cayeron al suelo cubiertos de sangre, Georg y Alfred repararon en Ali. Intercambiaron una mirada maligna y después arremetieron a patadas con el niño, que no alcanzaba a cubrirse la cabeza de los golpes que le propinaban.
– ¡Basta! ¡Basta! ¡Le están matando! -gritaba el profesor Cohen.
Alfred Tannenberg sacó una pequeña pistola que llevaba guardada en el pantalón y disparó al profesor Cohen. Luego se volvió a donde estaba el profesor Wesser y le disparó entre los ojos. La última bala fue para el pequeño Ali, que yacía agonizando por la paliza recibida.
– Eran unos cerdos judíos -alegó Alfred Tannenberg a su amigo Georg, que le miraba con ojos divertidos.
– Me da igual que les hayas matado -respondió Georg-; pero ya me dirás cómo lo explicamos.
Alfred Tannenberg se sentó en el suelo y encendió un cigarrillo, deleitándose con las volutas de humo que dejaba escapar y deshacer por la brisa de la tarde.
– Diremos que los hemos encontrado muertos.
– ¿Así de sencillo?
– Así de sencillo. Cualquiera puede haberles matado para robarles, ¿no?
– Si tú lo dices, Alfred… Bien, tracemos un plan para no contradecirnos. ¿Sabes?, tienes razón. Alemania tiene que hacer realidad el sueño de Hitler; estos extranjeros están chupándonos la sangre y contaminando nuestra patria.
– Tengo algo que contarte, algo importante, que sólo compartiremos con Heinrich y con Franz.
– ¿Qué es? -preguntó Georg, interesado.
– Mira el pozo.
– Lo estoy viendo.
– Observa que faltan dos trozos, dos ladrillos. Son esos de ahí.
– ¿Y qué hay de extraordinario en esos ladrillos?
– Según los viejos, son dos tablillas con una revelación extraordinaria. Al parecer el patriarca Abraham fue quien transmitió el Génesis a… a su pueblo. Es decir, que lo que cuenta la Biblia de la Creación lo habríamos sabido por las revelaciones de Abraham.
Georg se agachó y recogió las dos tablillas sin alcanzar a comprender el secreto de la escritura cuneiforme. Al fin y al cabo, ése iba a ser su segundo curso en la universidad.
Los dos querían ser arqueólogos, bueno, los cuatro, porque Franz y Heinrich eran sus mejores amigos. Habían ido a la misma escuela, tenían las mismas aficiones, habían elegido la misma carrera, y además sus padres eran amigos de la infancia. Habían cimentado su amistad, tan profunda como indestructible, en una de las napolas auspiciadas por Adolf Hitler, en la que una de las condiciones para entrar eran las características físicas y raciales, el ser jóvenes y robustos alemanes sin sangre contaminada.
Haber sido aceptados en la napola había sido un honor para ellos y sus familias, puesto que sólo se admitía a aquellos chicos cuyo aspecto físico y expediente académico estuvieran a la par.
Historia, geografía, biología, matemáticas, música y deporte, sobre todo deporte, eran entre otras las actividades de estas escuelas especiales que se habían montado sobre las antiguas instituciones de cadetes donde se formaba a los oficiales de la Alemania imperial y de Prusia. Por eso también se ejercitaban como paramilitares jugando a «capturar» un puente, saber leer un mapa topográfico, desalojar un bosque ocupado por otro grupo o caminar toda la noche a la intemperie.
Pero nada tenían que ver aquellas escuelas con las napolas inspiradas por Hitler, encaminadas a formar a la élite de la Alemania que él soñaba. Por eso los hijos de las clases adineradas compartían educación con los chicos de la clase obrera que habían destacado en sus escuelas locales y que tenían el porte físico que tanto gustaba al Führer.
Cuando Alfred, Georg, Heinrich y Franz acabaron su período de formación en la napola y pasaron el examen de grado tuvieron que decidir hacia dónde encaminaban su futuro, si hacia el ejército, el partido, la administración y la industria o hacia la vida académica. En el caso de los cuatro no hubo dudas, sus padres no les dejaron opción y acordaron que debían incorporarse a la universidad y obtener un doctorado.
Los cuatro ansiaban contribuir a cambiar la empobrecida Alemania, aunque ninguno de ellos carecía de nada.
El padre de Alfred era empresario textil. El de Heinrich abogado, al igual que el de Franz, mientras que el de Georg era médico.
Adolf Hitler era su héroe, también el de sus padres y el de la mayoría de sus amigos. Creían en aquel hombre como si de un dios se tratara, y vibraban con sus arengas convencidos de que cuanto decía haría grande a Alemania.
Se pusieron de acuerdo sobre lo que iban a decir y guardaron las tablillas cuidadosamente. Le pedirían al profesor Keitel, un fiel seguidor de Hitler y miembro como ellos de aquella expedición arqueológica, y un estudioso de la escritura cuneiforme, que les desvelara el contenido exacto de aquellas tablillas.
El profesor Keitel estaba en deuda con el padre de Alfred. Su familia había trabajado en la fábrica textil, y él mismo lo había hecho hasta lograr ingresar en la universidad gracias al señor Tannenberg, que también le había apadrinado moviendo influencias para conseguirle un puesto de profesor ayudante. Desgraciadamente le habían colocado junto al profesor Cohen, un judío al que despreciaba con toda su alma, pero el profesor Keitel aguantó la humillación que suponía trabajar con un judío a la espera del día en que éstos fueran desplazados de la sociedad.
Con paso apresurado y gesto compungido llegaron al campamento instalado cerca del lugar donde estaban desenterrando restos milenarios.
Interpretaron a la perfección el papel de jóvenes sorprendidos por la tragedia.
Relataron, sin dar muchos detalles, cómo habían encontrado los cuerpos de los profesores y del pobre Ali.
El profesor Wesser les había avisado de que iba a ir a echar un vistazo a la zona donde estaba el viejo pozo.
El profesor Cohen le comentó a Alfred que estaba preocupado por la tardanza de su colega y que iba a buscarle acompañado por el pequeño Ali. Como no regresaban Alfred se había acercado al pozo seguido de Georg, que quería entregarle el telegrama que había recibido de su casa. Cuando llegaron se encontraron con los profesores muertos lo mismo que Ali. No sabían qué había pasado, pero, dijeron, estaban conmocionados.
Acompañados de otros arqueólogos y estudiantes regresaron al pozo para ayudar a recoger los cadáveres del profesor Cohen y del profesor Wesser. Algunos de los miembros de la expedición no pudieron soportar el espectáculo de los dos ancianos muertos y no hicieron nada por ocultar sus emociones.
Alfred y Georg interpretaron el papel de discípulos compungidos sin perder la compostura. Para ninguno de sus condiscípulos y del resto de los profesores era un secreto que a ellos no les gustaban los judíos, pero hicieron pública manifestación de dolor porque dijeron que no deseaban que los dos hombres hubieran encontrado ese final.
El profesor Keitel, a instancia de los jóvenes, se convirtió en un improvisado jefe de la expedición arqueológica. Fue él el encargado de dar cuenta del crimen a las autoridades locales y de enviar un mensajero al cónsul alemán para explicar los desgraciados hechos y recabar su ayuda para que se comunicase a la familia de los desgraciados la fatal noticia.
El profesor Keitel anunció además que daba por terminados los trabajos de la expedición, puesto que Alemania estaba en guerra y la patria les podía necesitar.
Cuando a finales de octubre llegaron a Berlín, el profesor Keitel ya había logrado descifrar el secreto de las tablillas: un tal Shamas aseguraba que el patriarca Abraham le iba a contar la historia de la creación del mundo. Antes de salir de Jaran habían intentado la búsqueda de esas tablillas misteriosas sin encontrar su rastro, pero los cuatro amigos juraron que pronto regresarían para dar con ellas, aunque tampoco volvieron a su país con las manos vacías. Bien es verdad que el profesor Keitel hizo la vista gorda ante el robo de sus cuatro protegidos, que escondieron en su equipaje algunos de los objetos desenterrados en la arena de Jaran.
– No, Alfred, no, no permitiré que te alistes en el ejército. Debes continuar tus estudios, hay otros cuerpos donde puedes ser igualmente útil.
– Alemania me necesita.
– Sí, pero no combatiendo. Aún debes de terminar tu formación.
– Georg se va a incorporar esta misma semana, y Franz y Heinrich lo mismo.
– ¡Vamos, hijo! ¿No creerás que sus padres se lo van a permitir? Piensan lo mismo que yo, que primero debéis de obtener doctorados en la universidad. Alemania necesita hombres bien formados.
– Alemania necesita hombres dispuestos a morir.
– Para morir sirve cualquiera, y Alemania no se puede permitir que mueran sus mejores jóvenes.
Herr Tannenberg clavó la mirada en su hijo sabiendo que no había logrado vencer su tozudez. Obedecería, claro, pero sin rendirse, insistiendo y argumentando su obligación de servir a la patria en el frente.
– De acuerdo, padre, haré lo que dices, pero me gustaría que reconsideraras tu decisión; al menos piénsalo.
– De acuerdo, Alfred, lo pensaré. Ahora habla con tu madre. Está organizando una velada musical y quiere que asistas. Vendrán los Hermann con su hija Greta. Ya sabes que pensamos que esa joven es idónea para ti. Sois iguales, arios puros, fuertes e inteligentes, una pareja que dará los mejores hijos a nuestro país.