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– Creía que querías que me concentrara en mis estudios.

– Y es lo que tu madre y yo queremos, pero ya tienes edad de empezar a cortejar a una muchacha con la que casarte un día. Nos gustaría que esa muchacha fuera Greta.

– No tengo interés en casarme con nadie.

– Comprendo que a tu edad todavía no quieras comprometerte, pero con el tiempo lo tendrás que hacer, y es mejor que vayas pensando en lo que es mejor para ti.

– ¿Tú elegiste a mi madre o tu padre la eligió por ti?

– Esa pregunta es una impertinencia.

– No, no lo es, padre, sólo quiero saber si es tradición familiar el que los padres decidan con quién deben casarse sus hijos. Pero no te apures, tanto me da Greta que cualquier otra. Al menos Greta es bonita, aunque rematadamente tonta.

– ¿Cómo te atreves a decir eso? Algún día será la madre de tus hijos.

– Yo no he dicho que quiera casarme con una mujer inteligente, prefiero a Greta, ¿sabes?, incluso creo que tiene una cualidad: siempre está callada.

Herr Tannenberg dio por terminada la conversación con su hijo. No quería seguir escuchándole arremeter contra la hija de su amigo Fritz Hermann.

Fritz era un destacado oficial de las SS, un hombre cercano a Himmler, que había compartido con él muchas jornadas en el castillo de Wewelsburg, cerca de la histórica ciudad de Paderborn, en Westfalia.

Allí se reunía una vez al año la élite de las SS, el capítulo secreto de la orden. Cada miembro tenía un sillón con una placa de plata en donde estaba grabado su nombre. A Herr Tannenberg le constaba que su amigo Fritz tenía su propio sillón, porque formaba parte del grupo de los elegidos.

Gracias a su amistad con Fritz Hermann, su pequeña fábrica textil tenía beneficios y no sufría las consecuencias de la crisis en la que estaba inmersa la economía alemana.

Fritz Hermann había recomendado a sus superiores que encargaran algunas prendas de ropa del ejército a la fábrica de su amigo Tannenberg, y éste había comenzado a confeccionar las corbatas y camisas de los SS.

Pero Tannenberg quería hacer aún más estrecha la relación ventajosa que mantenía con Fritz Hermann; para ello, nada mejor que sellar su alianza con una boda, la de su hijo mayor Alfred con la hija mayor de Hermann.

Greta no era la más agraciada de las jóvenes aunque tampoco era fea. Rubia, con ojos azules demasiado saltones y piel blanquísima, la muchacha tenía tendencia a la gordura, que se reflejaba en sus manos regordetas. Su madre, la señora Hermann, sometía a su hija a estrictos regímenes para controlar su tendencia al sobrepeso, y su padre la obligaba a hacer ejercicio físico con la vana esperanza de estilizar sus miembros.

Lo que nadie podía negar a Greta es que era una virtuosa del violonchelo. Sus padres habían intentado en vano que aprendiera a tocar el piano como el resto de las jóvenes de su posición, pero Greta se había mostrado inflexible hasta conseguir el permiso paterno para recibir clases de chelo. Por lo demás, era una hija obediente que jamás había dado el más mínimo problema a sus progenitores. Sus tres hermanos, de diez, trece y quince años, la adoraban porque, a pesar de que sólo tenía dieciocho años, tenían en ella a una segunda madre.

En la universidad ya no quedaban profesores judíos. La mayoría había tenido que huir dejando atrás todas sus pertenencias; los que se habían quedado convencidos de que al final la razón se impondría puesto que nada habían hecho y eran tan buenos alemanes como el que más, ahora estaban en campos de concentración. Por eso no importó a nadie que no regresaran de Jaran ni el bueno del profesor Cohen ni el bueno del profesor Wesser. En realidad los dos ancianos, aunque máximas autoridades de la lengua sumeria, estaban apartados de toda actividad docente, y si fueron a Jaran fue porque el director de la universidad, del que los alumnos sospechaban que pudiera tener sangre judía, había logrado sacarles dos años antes de Alemania haciéndoles participar de esa misión arqueológica.

Les había mantenido en Jaran durante los dos últimos años, aun cuando los participantes de la misión regresaban a Alemania una vez terminados los meses previstos de trabajo. Desgraciadamente, los dos ancianos profesores habían encontrado la muerte en aquella región del norte de Siria.

Alfred había invitado a sus amigos a la velada musical organizada por su madre. Pensaba que así se le haría menos gravosa la obligación impuesta por su padre. Le gustaba la música, pero no aquellos conciertos en casa, en los que su madre se ponía al piano y sus amigas y sus hijas tocaban otros instrumentos intentando sorprenderles con piezas que habían ensayado durante semanas.

Admiraba a su madre; en realidad creía que no había ninguna mujer más hermosa que ella. Alta, delgada, con el cabello castaño y los ojos de color gris azulado, Helena Tannenberg era una mujer con una elegancia natural que siempre despertaba murmullos de admiración por dondequiera que fuera.

Verla junto a Greta era recordar el cuento del patito feo y el cisne. Naturalmente el cisne era la señora Tannenberg.

– Así que tu padre quiere que te cases con Greta. ¡Menuda suerte! -bromeaba Georg pinchando a Alfred.

– Veremos a quién te elige tu padre para ti.

– Sabe que es inútil siquiera que lo intente. No me casaré nunca -afirmaba Georg.

– Tendrás que hacerlo, todos tendremos que hacerlo, nuestro Führer nos quiere a todos casados y procreando hijos de la verdadera raza aria -dijo riendo Heinrich.

– Ya, pues vosotros podéis tener cuantos hijos os venga en gana, y uno más por mí. Yo no tengo ganas de reproducirme -insistía Georg.

– ¡Vamos, Georg, seguro que te gusta alguna de estas jóvenes! No están del todo mal… -terciaba Franz.

– ¿Aún no os habéis dado cuenta de mi desinterés por las mujeres?

El tono entre cínico y amargo de su amigo les hizo desviar la conversación hacia otros temas menos comprometidos. Ninguno quería escuchar lo que Georg les pudiera decir al respecto. Si lo hacía, la amistad que le profesaban no podría ser igual.

El padre de Alfred se acercó con Fritz Hermann al grupo formado por su hijo y sus amigos.

Hermann se interesó por los estudios de los muchachos y les instó a empezar a colaborar en la defensa de Alemania.

– Estudiad, pero no olvidéis que el Reich necesita jóvenes como vosotros en primera línea.

– ¿Podrían admitirnos en las SS?

La pregunta de Alfred cogió de improviso a su padre y también a sus amigos.

– ¿Vosotros en las SS? ¡Pero eso sería fantástico! Nuestro Reichführer se sentiría orgulloso de contar con jóvenes como vosotros. Yo puedo facilitar vuestro ingreso en las SS de manera inmediata. Mañana por la tarde os espero en mi despacho, ya sabéis dónde está el cuartel general de la ESHA (Oficina de Seguridad del Reich), en la Prinz Albrechtstrasse. ¡Esta velada está resultando mucho mejor de lo que esperaba! -exclamó un satisfecho Fritz Hermann.

Una vez que el señor Tannenberg y el señor Hermann fueron reclamados por otro grupo de invitados, Georg increpó a Alfred.

– ¿Se puede saber qué pretendes? ¡No tengo ninguna gana de incorporarme ni a las SS ni a la Gestapo ni a ninguno de los gloriosos cuerpos del Reich! Mi intención es ayudar a mi padre y seguir excavando allá donde nos dejen. Quiero ser arqueólogo, no soldado, y pensaba que vosotros queríais lo mismo.

– ¡Vamos, Georg! Sabes que no podemos estar mucho tiempo más sin incorporarnos al ejército, a las SS o algún otro cuerpo. A nuestros padres les empiezan a mirar mal; el mío no quiere que vaya al ejército, pues bien, entraré en las SS, donde espero que mi futuro suegro me busque un destino cómodo donde no tenga que preocuparme de nada. Vosotros deberíais hacer otro tanto de lo mismo -se excusó Alfred.

– ¿Sabes, amigo? -terció Heinrich-, tienes razón. Yo te acompañaré a la cita con Hermann. No me vendrá mal un buen puesto en las SS y dejar de depender de mi padre.

– O sea, que vamos a ser SS -admitió Franz.

– ¿Se te ocurre algo mejor? -le preguntó Alfred.

– No, realmente no. Yo también estoy contigo -asintió de nuevo Franz.

– ¡Sois unos estúpidos! ¿A qué viene esto? -En la voz de Georg se percibía cierto tono de desesperación.

– Viene a que estamos en guerra y tenemos la obligación de hacer algo por Alemania. Mi padre tiene razón, para morir vale cualquiera, de manera que hemos de estar donde podamos ser útiles sin que nos maten, y que además el lugar nos pueda ser útil a nosotros mismos. Creo que le pediré a Hermann que me envíe a alguno de los campos, quizá a Dachau. Es un buen lugar para pasar la guerra.

El secretario de Fritz Hermann les pidió que esperaran en una sala contigua al despacho, y les dio a entender que su jefe estaba en aquel momento con el mismísimo Himmler.

Los cuatro amigos aguardaron pacientemente durante media hora antes de ser recibidos por Hermann.

– ¡Pasad, pasad! Qué alegría teneros aquí. Le he hablado al Reichführer de vosotros, y en cuanto hayáis cumplido con todas las formalidades y pertenezcáis a las SS os llevaré a conocerle.

Fritz Hermann escuchó pacientemente las pretensiones de los jóvenes, con las que estuvo de acuerdo: Alfred y Heinrich querían ser destinados a la oficina política de algunos de los campos donde tenían prisioneros a los enemigos de Alemania, Franz prefería ir al frente en alguna de las unidades de las SS, las Waffen, y Georg pidió incorporarse a alguna unidad de los servicios de información.