– ¡Perfecto! ¡Perfecto! ¡En las SS podréis desarrollar lo mejor de vuestra inteligencia y cualidades!
Aquella tarde los cuatro amigos salieron del despacho de Hermann convertidos en miembros de las SS. Fritz Hermann se había mostrado ciertamente eficaz, y en poco menos de dos horas les había encontrado a cada uno un destino dentro del cuartel general; así podrían continuar con sus estudios en la universidad además de pertenecer a las SS.
– ¡Bebamos por Alemania! -dijo Alfred alzando una jarra de cerveza.
– Bebamos por nosotros -le respondió Georg.
Fue una noche larga, tanto que no regresaron a sus casas hasta que no despuntó el alba. Comenzaban una nueva etapa de sus vidas, pero los cuatro juraron que nada ni nadie destruiría su amistad, no importa dónde estuviera cada uno en el futuro. Tenían dos años por delante antes de que Fritz Hermann se encargara de enviarles a su destino. Un destino que en el caso de Alfred Tannenberg sería Austria, como enlace de la Oficina Central de Seguridad del Reich.
Heinrich acompañaría a Alfred a Austria como supervisor de la Oficina Central de Administración y Economía de las SS, un organismo encargado de la supervisión de los campos, y en el caso de Austria estaba el de Mauthausen, uno de los campos preferidos de Himmler. Franz se incorporó a una de las unidades especiales de comandos de las SS y Georg fue admitido en la SR, el servicio de información controlado por el temido Reinhardt Heydrich, que era un servicio que competía con otro servicio de información no menos eficaz, el del Abwer, controlado por el almirante Canaris.
Franz Zieris, el comandante de Mauthausen, recibió con cautela a los dos jóvenes enviados por Berlín, sobre todo a Alfred Tannenberg. Llegaba del cuartel general, y además era un protegido de Fritz Hermann, con cuya hija, Greta, se acababa de casar. Por tanto, no hacía falta que nadie dijera a Zieris que la carrera de Tannenberg debía de ser meteórica. Tanto Alfred como Heinrich eran oficiales de las SS de una categoría especial, la de los universitarios, en contraste con el jefe Zieris, cuya profesión había sido la de carpintero.
Lo cierto es que Tannenberg resultó ser un oficial más competente de lo que Franz Zieris había imaginado. Además, tenía ideas ingeniosas para llevar a cabo las órdenes de Himmler de deshacerse de los detenidos que no resultaban de ninguna utilidad. Pero, sobre todo, tanto Alfred como Heinrich sabían cómo conseguir el objetivo de su Reichführer con los prisioneros: hacerles trabajar hasta la extenuación durante unos meses y, una vez que estuvieran convertidos en auténticas ruinas humanas, eliminarlos.
La vida en aquel pueblo, situado en el corazón del valle del Danubio y rodeado de abetos, resultó tan placentera como ambos amigos deseaban. El lugar no podía ser más pintoresco, con las granjas diseminadas por los prados y el río caudaloso abriéndose paso entre los árboles. El paisaje apacible contrastaba con la máquina de la muerte que era el campo de Mauthausen, que se había ampliado con filiales por todo el territorio habida cuenta del volumen de prisioneros que llegaban semana tras semana.
La organización del campo de Mauthausen era similar a la de otros campos. Constaba de una Oficina Política, del Departamento de Custodia de los detenidos, el servicio sanitario, la administración y la jefatura de la guarnición.
Zieris les acompañó durante su visita a Mauthausen, pero después encargó a uno de sus hombres, el comandante Schmidt, que les explicara el funcionamiento del campo.
– Para distinguir a los deportados llevan cosido un triángulo que nos indica su delito. El verde es el de los delincuentes comunes, el negro el de los asociales, los gitanos, mendigos, rateros, el rosa es el de los homosexuales, el rojo el de los delincuentes políticos, el amarillo el de los cerdos judíos y el morado el de los objetores de conciencia.
– ¿Hay intentos de fuga? -preguntó Heinrich.
– ¿Quieres ver un intento de fuga? -le preguntó a su vez el comandante Schmidt.
– No le entiendo…
– Venid, os voy a ofrecer un espectáculo de fuga en directo. Acompañadme a la cantera.
Heinrich y Alfred se miraron extrañados, pero siguieron al comandante. Bajaron los ciento ochenta y seis escalones de la que se conocía como «escalera de la muerte», que separaba la cantera del campo. Schmidt llamó a uno de los kapos encargados de la vigilancia de los prisioneros. El kapo llevaba un triángulo verde y, según les contó el comandante, aquel hombre había asesinado a varios hombres. Alto, fornido y tuerto, el kapo inspiraba un profundo temor a los prisioneros, que habían experimentado su brutalidad en no pocas ocasiones.
– Hans, elige a uno de estos miserables -le indicó el comandante Schmidt al kapo.
El asesino no lo pensó dos veces y fue en busca de un hombrecillo de pelo cano, con las manos desolladas y un estado de delgadez tal que parecía imposible que le quedaran fuerzas para moverse. El triángulo que llevaba era rojo.
– Es un maldito comunista -aseguró el kapo mientras le empujaba hacia donde estaba el comandante y los dos nuevos oficiales de las SS.
El comandante Schmidt no dijo ni una palabra; le quitó la gorra que llevaba y la tiró hacia las alambradas.
– Recógela -ordenó al prisionero.
Éste se puso a temblar y dudó si obedecer la orden, aunque sabía que no tenía opción.
– ¡Ve a por la gorra! -gritó Schmidt.
El hombrecillo empezó a caminar hacia la alambrada con paso lento hasta que de nuevo la voz imperiosa del comandante, instándole a correr, le obligó a iniciar una cansina carrera. Cuando llegó cerca de la alambrada donde había caído su gorra, ni siquiera tuvo tiempo de agacharse para recogerla. Una ráfaga de subfusil disparada por uno de los centinelas acabó con lo que le quedaba de vida.
– En ocasiones la gorra cae sobre la alambrada, y al recogerla el prisionero recibe una descarga de alta tensión que acaba con él. Una boca menos que alimentar.
– Impresionante -aseguró Heinrich.
– Demasiado fácil -sentenció Alfred.
– ¿Demasiado fácil? -preguntó preocupado el comandante Schmidt.
– Sí, es una manera muy simple de acabar con la escoria.
– En realidad, señor, tenemos otros métodos.
– Enséñenoslos -pidió Heinrich.
Aparentemente aquélla era una sala con unas duchas, pero el olor que impregnaba las paredes indicaba que no era agua lo que salía de las tuberías.
– Utilizamos gas Cyclon B, que es un compuesto de hidrógeno, nitrógeno y carbono -les informó el comandante Schmidt.
– ¿Y con eso bañan a los prisioneros? -preguntó Heinrich soltando una risotada.
– Efectivamente. Les traemos aquí, y cuando se quieren dar cuenta ya están muertos. Aquí nos deshacemos de los recién llegados. Cuando el mando envía más prisioneros de los que debemos deshacernos inmediatamente, nada más llegar al campo les traemos a darse una ducha de la que nunca salen.
»El resto de los deportados no tiene ni idea de lo que pasa aquí; de lo contrario podrían tener la tentación de amotinarse si les traemos a ducharse. Cuando llevan un tiempo en Mauthausen y ya no sirven para nada les enviamos a Hartheim. Claro que también hay otras duchas no menos eficaces.
– ¿Otras duchas? -quiso saber Heinrich.
– Sí, estamos experimentando un nuevo sistema para deshacernos de los indeseables. Cuando terminan de trabajar en la cantera les mandamos ducharse ahí, en ese estanque, al final de la explanada. Se desnudan y durante media hora tienen que aguantar el agua helada. La mayoría caen muertos, según el doctor por problemas de circulación.
Por la tarde la visita continuó. Schmidt les acompañó al castillo de Hartheim. El lugar parecía encantador, y el servicio del castillo amable y eficiente.
El comandante les condujo hacia las antiguas mazmorras que se cerraban con trampillas y escotillones. En realidad, en aquel subsuelo se había instalado otra cámara de gas, para los prisioneros que llevaban tiempo en Mauthausen.
– Cuando están muy enfermos les decimos que les trasladamos aquí, a este castillo, que en realidad es un sanatorio. Ellos suben confiados a los transportes. Una vez aquí les mandamos desnudarse, les fotografiamos y les conducimos a este subterráneo. Después de haberles gaseado, se les quema en el crematorio. Eso sí, tenemos un buen equipo de dentistas, tanto aquí como abajo, en Mauthausen, para retirar a estos desgraciados los dientes de oro.
»Además, en Hartheim también se recibe para su liquidación a esos seres que envilecen nuestra sociedad: nos hemos deshecho de más de quince mil enfermos mentales llegados de toda Austria.
– Impresionante -afirmó Alfred.
– Sólo cumplimos con las disposiciones del Führer
Alfred Tannenberg y Heinrich aprendieron a conocerse a sí mismos en Mauthausen. Descubrieron que les proporcionaba placer quitar la vida a otros hombres. Alfred prefería, como Zieris, el comandante supremo de Mauthausen, matar disparando a la nuca de los prisioneros.