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A Heinrich le divertía jugar a tirar las gorras de los prisioneros a las alambradas como les había enseñado el comandante el primer día.

Había tardes en las que con este método mataba a decenas de hombres desesperados, algunos de los cuales avanzaban hacia la muerte como si se tratase del camino de la liberación.

También hicieron buena amistad con algunos de los médicos del campo que gustaban de experimentar con los prisioneros.

– La ciencia avanza gracias a que aquí disponemos de material de sobra para conocer mejor los secretos de nuestro cuerpo -le contaba Alfred a Greta durante la sobremesa en las largas noches del invierno, explicándole con todo lujo de detalles cómo se inoculaba a hombres, mujeres y niños aún sanos distintos virus para ver el desarrollo de la enfermedad. También les operaban de enfermedades inexistentes para conocer mejor los entresijos de la máquina que es el cuerpo humano.

Greta asentía sumisa a cuanto le decía su marido sin cuestionar ni una de sus palabras. En Mauthausen, y en el resto de los campos que con tanta frecuencia Alfred tenía que visitar, no había seres humanos, al menos no había gente como ellos, sólo judíos, gitanos, comunistas, homosexuales y delincuentes, de los que bien podía prescindir la sociedad. Alemania no necesitaba a gentuza como aquélla, y si sus cuerpos servían para que avanzara la ciencia, al menos sus vidas habrían tenido un sentido, pensaba Greta, mirando entusiasmada a su marido.

– Heinrich, hoy he hablado con Georg. Dice que Himmler está satisfecho con los acuerdos a que estamos llegando con los grandes industriales. Nosotros les proveemos de mano de obra y ellos hacen más grande a Alemania y a nuestra causa. Las fábricas necesitan obreros, nuestros hombres están en el frente. Además, Himmler quiere que estemos preparados para que después de la guerra, las SS seamos económicamente autosuficientes. Aquí tenemos gente de sobra que nos sirva para ese fin.

– Vamos, Alfred, aquí la mano de obra no sirve más allá que para cargar con piedras desde la cantera. Además, no estoy de acuerdo con esa política. Debemos acabar con ellos o nunca solucionaremos el problema de Alemania.

– Podemos utilizar más a las mujeres… -sugirió Alfred.

– ¿Las mujeres? Debemos exterminarlas a ellas primero, es la única manera de evitar que tengan hijos, y que éstos vuelvan a chupar la sangre de Alemania -argumentó Heinrich.

– Bueno, pues lo queramos o no, las órdenes son las órdenes, y debemos cumplirlas. Tienes que seleccionar a los prisioneros que estén en mejor estado. Nuestras fábricas necesitan obreros y Himmler quiere que se los proporcionemos.

– Yo también he hablado con Georg.

– Lo sé, Heinrich, lo sé.

– Entonces sabrás que llegará en un par de días con su padre.

– Llevo horas organizándolo todo, Zieris no quiere fallos. El padre de Georg es uno de los médicos preferidos por el cuartel general y el tío de Georg, que también viene, es un ilustre profesor de Física. El resto de la expedición está formada por otros civiles que cuentan con el aprecio del Führer y tienen mucho interés por conocer los experimentos de los médicos de Mauthausen.

– ¿Sabes, Alfred?, estoy deseando ver a Georg…

– Yo también, Heinrich; pero además Georg nos prepara una sorpresa: puede que traiga a Franz. No me lo ha dicho, pero me ha anunciado que nos va a dar una sorpresa, y la mejor sorpresa sería que volviéramos a reunirnos los cuatro.

– La última carta de Franz era desoladora, las cosas no van bien en el frente ruso.

– Las cosas no van bien en ninguna parte, tú y yo lo sabemos. Bueno, pero no hablemos ahora de política.

– Alfred, ¿sabes de qué experimento se trata el que quieren mostrar al padre de Georg y a los médicos de Berlín?

– Esas perras son una carga difícil de soportar. Han llegado al campo embarazadas, no podemos gastar el dinero del Estado en mantener a ese gente. Los médicos quieren ver el nivel de resistencia de las mujeres en circunstancias extremas. El doctor cree que las muy zorras pueden aguantar más de lo que parece.

»Les he sugerido que las traigan aquí, y que sean ellas las que bajen a la cantera y suban con las piedras cargadas a la espalda. Veremos cuántas aguantan y cuántas buscan las balas de los guardias, aunque ya sabes que creo que es un error permitirles morir tan fácilmente. Es una muerte rápida, demasiado rápida para esa gentuza. Creo que también las abrirán para estudiar los fetos, no sé qué quieren comprobar, pero según el doctor, eso servirá para ampliar los conocimientos científicos de la humanidad.

– ¿Y sus hijos? -preguntó Heinrich-. A algunas las han llevado a los campos con sus bastardos.

– También les llevaremos a la cantera, y después, que asistan al tratamiento médico que daremos a sus madres. Ven, vamos a hablar con el doctor. Es él quien ha desarrollado la fórmula para la inyección. Veremos el efecto que les produce cuando les clave la aguja en el corazón. Claro que antes a algunas les daremos un baño.

– ¿Con cuántas van a experimentar?

– He seleccionado a cincuenta, entre judías, gitanas y presas políticas. Algunas ya están más muertas que vivas, de manera que agradecerán llegar al final.

El día había amanecido gris, perlado con una lluvia fina, y un viento helado que se colaba por las rendijas, pero el mal tiempo no parecía afectar a los dos oficiales de las SS que miraban impacientes el reloj a la espera de ver abrirse las puertas del campo para dar entrada a la hilera de coches procedentes de Berlín.

De pie, alineadas en filas y sin moverse, cincuenta mujeres aguardaban en silencio el destino que aquellos oficiales habían pensado para ellas. Sabían que el día era especial porque así lo habían escuchado a los kapos del campo, que entre risotadas unos, y miradas de conspiración otros, les anunciaban que nunca se olvidarían de lo que iba a suceder.

Algunas llevaban dos años en el campo, trabajando para las fábricas que surtían de material a la máquina de guerra alemana; otras apenas llevaban unos meses, pero en el rostro de todas se dibujaba con igual aspereza el hambre y la desolación.

Habían sufrido toda clase de torturas y abusos por parte de sus guardianes, qué las hacían trabajar de sol a sol mostrándose inmisericordes ante cualquier signo de cansancio o debilidad.

Cuando alguna paraba de trabajar y caía agotada recibía una buena tanda de golpes con los vergajos y los bastones a los que eran tan aficionados los guardianes del campo.

Pero estaban vivas en medio de aquella pesadilla en la que transcurría su existencia porque habían sido muchas las compañeras a las que habían visto morir sin poder socorrerlas.

Algunas caían rendidas al suelo, donde eran rematadas a patadas por los más crueles de los kapos; otras caían fulminadas de un ataque al corazón después de haber llegado al límite de su resistencia; también estaban las que desaparecían, las más extenuadas, las que ya no podían trabajar, y cualquier mañana llegaban para llevárselas. Nunca más volvían a verlas, no llegaban a conocer la suerte que habían podido correr.

Cuando dejaban hijos, el resto de las mujeres, haciendo un esfuerzo sobrehumano, procuraban protegerlos como a los propios, hasta que éstos crecían y eran llevados con los hombres a otro komando o a otro campo.

Los coches llegaron a la explanada lentamente. El grupo de civiles que descendió de ellos parecía impaciente, mirando con curiosidad a su alrededor. Mauthausen estaba considerado como uno de los campos más importantes del Reich, un modelo seguido por otros campos.

Georg y Alfred se fundieron en un abrazo después de saludarse con el brazo extendido y decir el preceptivo «Heil, Hitler!». Antes de que los dos amigos se separaran, escucharon la exclamación alegre de Heinrich:

– ¡Franz! ¡Dios santo, has venido!

– ¡Franz! -Alfred se abrazó de inmediato a su amigo.

Los cuatro demostraron sin pudor la alegría que les producía el encuentro, sin importarles las miradas críticas del comandante de Mauthausen, Zieris, ni de los otros jefes de las SS. Se sabían seguros, intocables, favoritos del régimen.

El padre de Alfred fabricaba buena parte de los uniformes que necesitaban los soldados; el de Franz, abogado, se había convertido en un consumado diplomático a las órdenes de Hitler, habiendo conseguido, años atrás, convencer a un buen número de países para que participaran en los juegos Olímpicos de Berlín, lo que le había convertido en un hombre de la máxima confianza del círculo del Führer; el padre de Heinrich era uno de los abogados que había puesto su talento para construir el entramado legal de la nueva Alemania, mientras que el padre de Georg era médico de confianza de los altos mandos de las SS.

Las mujeres observaban a esos cuatro jóvenes oficiales que destacaban sobre todos los demás, mientras algunas se estremecían y apretaban las manos de sus hijos, a los que les habían obligado a llevar a la explanada del campo junto a ellas.

Los niños apenas se sostenían en pie, agotados como estaban, pero obedecían a sus madres conscientes del horror que se podía desatar si contrariaban a aquellos hombres de negro.

Los cuatro oficiales que parecían tan contentos se acercaron a mirar a las prisioneras. El desprecio y el asco se reflejaba en los ojos de aquellos jóvenes ante la visión de aquellas mujeres que eran poco más que ruinas humanas.